Por Edgar Allan García
Los
quiteñismos que, como todo, han ido cambiando a medida que la sociedad se
transforma, son por lo general palabras y expresiones provenientes del kichwa,
así como reelaboraciones lingüísticas fruto del ingenio y las taras de sus
habitantes.
He
vivido en Quito por más de cuatro décadas y conozco a fondo las
particularidades de ciertos quiteñismos, algunos de los cuales se encuentran en
franca vía de extinción. En Quito, por ejemplo, no es lo mismo decirle a
alguien "chancho" (irritante cargoso, quisquilloso, molesto), que
"puerco" (el que emite gas butano sin importarle los que estén junto
a él), o "cochino" (que no se baña casi nunca o que, por el
contrario, habla de temas tabúes con impasible soltura), o
"cerdo" (tipejo capaz de vender hasta a su madre por un beneficio
para este o de traicionar un ideal sin que se le mueva un pelo).
El
kichwa -que es un idioma aglutinante- ha influenciado la forma en que se
construyen ciertas frases, pues los quiteños de cepa no dicen "ha sido
chismoso", sino "chismoso ha sido"; no dicen "ha de estar
enfermo", sino "enfermo ha de estar". O, estirando el
"chicle": "linda ha sabido ser la ciudad, no ve."
En
Quito muchos no dicen "tu mamá está malgenio" sino "tu mamá anda
malgenia", y el adverbio de modo "medio" suele comportarse como
adjetivo: "media loca", dicen, en lugar de "medio loca", o
"la pared está media descascarada" en vez de "la pared está
medio descascarada". Ese uso del "medio" sirve también para
atenuar la crítica ("medio ratero ha sido tu taita") o la alabanza
("medio guapa dizque es su guagua").
También
el leísmo se lo encuentra a pedir de boca: para hacer más suave la frase, un
quiteño no dice "lo voy a llamar en la noche" sino "le voy a
llamar en la noche", pero a veces se exagera al punto de decir: "le
fui a saludarle", o echando mano del "laísmo" y el
"loísmo": "la mamá lo habló", "el profe la pegó".
En los estratos menos favorecidos también es frecuente escuchar una especie de
habla infantil que nunca se corrigió y llegaron a la adultez diciendo:
"tengo que pagale" en vez de "tengo que pagarle" y
"estábanos" en lugar de "estábamos".
Nunca
dejaré de preguntarme cómo fue que el "columpio" devino en
"gulumbio", o si el hermoso "elé" no es más que una forma
derivada del "voilá" francés (he ahí, ahí está), así como tampoco
dejaré de cuestionar cómo es que las víctimas históricas de la conquista
española terminaron convirtiéndose en "verdugos": aquí no caben
los diminutivos, tan queridos por el pueblo quiteño, sino un arrastre de erres
que lleva veneno: veshhdugos.
Y
ya que hablamos de los diminutivos, he notado que estos a veces alternan con
extraños gerundios ("vente corriendito") o, por el contrario, se
turnan con superlativos inventados, como cuando alguien pasa de un súper diminutivo
("ahoritita mismo voy") a un superlativo con mucho ingenio
("llegué tardazo"), o ("el Antoño está gordazazaso"...
"la Soña está flaquititita"), lo que solo revela que el clima
cambiante de la capital influencia a quienes la habitan.
Y
es que también las "eñes" han jugado un papel en el habla quiteña:
las que le quitan a "companía", "estrenimiento" o
"desenganio", se la ponen, con mucha gracia, a "demoño",
Soña, o "ñiño". Y así como muchos costeños no pueden decir
"pepsi" sino "pecsi", a muchos quiteños les cuesta decir
"coctel" y prefieren pronunciar "coptel".
Muchas
son las expresiones que tienden a desaparecer, sobre todo en el norte donde los
anglicismos y las jergas llegadas de todos lados están creando nuevos códigos.
En medio de la marejada, hasta la palabra "longo" se ha
re-contextualizado: si durante décadas le ha servido a los mestizos -que se
autodenominan "blancos"-, para señalar a los que, pese a su
vestimenta "occidental", se les nota su origen indígena, ahora, en
ciertos estratos sociales, "longo" es todo aquel que no sea parte de
su grupo exclusivo, tenga o no ojos azules. Es así como "longuear" se
ha transformado en una batalla cotidiana en la que ni los "blancos
leche" están a salvo.
Mientras
en unos sectores, a manera de identificación con "lo autóctono",
intentan continuar con la costumbre de arrastrar las erres (bisibilación que
llaman) hasta el punto de convertir "rural" en "rrurral",
en otros sectores sociales, por el contrario, parecen avergonzarse de todo lo
que suene a kichwa y en sus filas no se escucha ni un solo
"achachay", "guagua" o "mushpa", tan común en
otros tiempos y espacios (para no arrastrar las erres, algunos prefieren
decir "caro" en vez de "carro"). Sin embargo, entre tantas
joyas quiteñas, una expresión ha sobrevivido y promete continuar con fuerza:
"se fue a volver", en lugar del españolísimo "se marchó pero
dijo que volvería".
La
sociedad quiteña, con sus nortes "occidentalizados" y sus sures
"pueblerinos", con sus "niños bien" y sus
"longos", con sus "monos" y sus "chagras", con
sus "liguistas" y sus "nachos", con sus
"atatayes" y sus "ananayes" es un mosaico donde están
representadas tanto nuestras taras como nuestras particularidades relevantes
como pueblo. Entrar en ella a través de su lenguaje, es en entrar a su
contradictoria esencia. Ni soy lingüista ni mucho menos semiólogo, no tengo
esas desviaciones, por lo que este cuasi-proto-diccionario no pretende ser otra
cosa que mi homenaje a la tierra donde nacieron mis hijos.
Exelente analisis, lo he disfrutado como tienes idea. Muchas gracias, por la dedicacion a estos temas que, generalmente, los hemos encasillado en la cotidianidad.
ResponderEliminarUn artículo interesante, sabroso y quiteñísimo. Gracias por este llamado de atención sobre nuestra habla, es decir, sobre nosotros mismos.
ResponderEliminar