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E c u a d o r - S u d a m é r i c a

martes, 15 de octubre de 2013

PROHIBIDO VIRAR A LA IZQUIERDA


Por Leonardo Parrini

Un buen amigo me decía el otro día -conversando un café- que aquello de las izquierdas y de las derechas se está volviendo un tema más geo referencial que político. Que en el país de la revolución ciudadana o citadina, como prefiero llamarla, porque aún no penetra en los bosques nublados amazónicos, ni en los montes manabas y tampoco en las cumbres andinas con una verdadera revolución agraria-, ese país de Rafael se parece mucho al Macondo de García Márquez: colorido, metafórico, surreal, luchando aun sin conseguirlo por romper su vocación sentimental y agraria. Volviendo al punto. Mi amigo me reiteraba una idea suya recurrente, pero siempre aguda: hay políticos para quienes la dicotomía izquierda derecha, la lucha de clases, es apenas un eufemismo añejo, trasvasijado en el baúl romántico de los marxistas-leninistas de los años sesenta.

Y en seguida me vino a la mente el discurso ortodoxo de la izquierda-izquierda, no aquella que quizo posar de democrática o de ecologista o, simplemente, de izquierda ciudadana. No. Esa izquierda latinoamericana que no se avergonzaba, como ahora, de andar con el Manifiesto Comunista bajo el brazo y de pegar la foto del Che en la pared de su dormitorio. Esa izquierda donde todavía subyacen algunos de mis mejores amigos, mientras que los otros ya han defeccionado de la amistad y de la revolución. Esa izquierda que sigue convencida en teoría, que el pueblo unido jamás será vencido, pero que al interior de sus filas nunca logró la unidad para vencer.

Y recién entonces discrepé con mi amigo, cuando caí en cuenta que entre la izquierda y la derecha sigue habiendo diferencias: el gusto por las reminiscencias y su atribularia conducta frente al poder perdido o jamás conseguido. La misma izquierda que hoy deambula por el espectro político sin rumbo cierto, con más nostalgia que utopías futuras, y convencida de que la actual revolución ciudadana, no es revolucionaria ni popular. Y que por lo mismo, esa izquierda es la que con una habilidad sorprendente el Presidente Rafael Correa empujó hacia una oposición, tan aguda como la escuálida derecha ecuatoriana que se debate entre escupitajos y flatulencias coprolalias, políticamente coyunturales.

Y de pronto recordé a ese lúcido exponente de la izquierda-izquierda, el sociólogo Alejandro Moreano, quien con su habitual agudeza política da siempre en el clavo allí donde otros se machacan los dedos. Moreano en su cuenta de Facebook pintó un retrato muy exacto de como la izquierda marxista ve la figura del Presidente Correa: “Gobierno autoritario por que el Presidente es ególatra, y de temple despótico”. Y se pregunta si esa cualidad ha sido transferida al estilo de gobernanza del régimen.  

Su observación, -cargada de amargo sentido, como el café que sorbíamos con mi amigo- vino matizada de una apuntación de Gramsci en la certera afirmación de que una cosa es la conducta personal de un líder, y otra, las acciones orgánicas del movimiento que lidera. No obstante, Moreano puntualiza que “los errores de Correa se están convirtiendo en el contenido central de la política”. Y en seguida sacó de la manga una retahíla de ejemplos: la decisión de producir petróleo en el Yasuní, el área de mayor diversidad del mundo, luego de varios años de propaganda en contra de la explotación, lanzar denuestos contra las asambleístas de Alianza País que se pronunciaron en contra de la penalización del aborto y por reconocer los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Y a renglón seguido, esgrime una colección de adjetivos calificadores: “Prepotencia, egolatría, soberbia, arrogancia, intemperancia, megalomanía, intolerancia, despotismo…. sin duda. Pero también ofuscación, perturbación, ceguera, testarudez, obstinación, obcecación, torpeza, ineptitud, incapacidad que está ahondando diferencias con su propio partido”.

Y todo aquello en el preciso momento en que el Presidente Correa “parecía haber alcanzado la plenitud del poder- y, sobre todo, incrementando el descontento general de la población y la fortaleza de una oposición de izquierda con un programa mínimo: no al Yasuní y al extractivismo en general, por la despenalización de aborto y el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, contra el Código penal y otras medidas que están gestando un estado policíaco, por la soberanía alimentaria, la reforma agraria y el agua para los campesinos, el desconocimiento de las leyes de Educación que conculcan la autonomía universitaria y otras conquistas docentes y estudiantiles”.

En el decir de Moreano, Correa está uniendo a la oposición de izquierda, “cuya intransigencia expresa de modo concentrado las contradicciones estructurales actuales de la sociedad”. Una coyuntura en cuyo epicentro persiste un “síntoma del cambio de una política de estabilidad del régimen -en base a ciertos programas sociales- a una política de grandes negocios en torno al petróleo y la minería y con el respaldo de nuevos grandes consorcios económicos como los Eljuri, y que marcan la consolidación de la agroindustria como eje de la estructura agraria, las importaciones para sostener la llamada seguridad alimentaria en contra de los pequeños productores interesados en la soberanía alimentaria”.

He ahí que descubro otra discrepancia con mi amigo, mientras compartimos el cafecito: la izquierda no es lo mismo que la derecha, porque ésta última no tiene vela en este entierro y tampoco tiene nada que hacer en esta lucha, salvo tratar de pescar a río revuelto. Será por eso, acaso, que el Presidente les tiene tan terminantemente prohibido a sus partidarios virar, precisamente, a la izquierda.  

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