Por Leonardo
Parrini
Cuando los chinos
iniciaron la revolución cultural de los años sesenta se propusieron romper
esquemas en una sociedad milenaria, basada en la trama social de una vida
esencialmente colectiva. Y lo hicieron en medio de la purga más insospechada
que el poder revolucionario chino pudo protagonizar por esos años. Para mediados del 60 se
produjo en China fuertes impulsos de un sector del Estado, del Partido Comunista
y de otros elementos hostiles a la revolución, de quitar derechos a las masas
trabajadoras, y en general restaurar el capitalismo. Este estado de cosas
conllevo a que Mao Tse Tung emprendiera uno de los mayores movimientos de masas
de la historia, la llamada Gran Revolución Cultural Proletaria. Hoy,
cuando el Ecuador se habla de la necesidad de una revolución cultural que
trasvasije los modelos de vida y genere en su lugar una cultura basada en el
conocimiento, la planificación y la soberanía estatal sobre los recursos, viene
a mi mente los rasgos de esa cultura china.
Los chinos están
en todos los rincones del planeta imponiendo su modelo de vida -y Ecuador no es
una excepción-, basta visitar el complejo hidroeléctrico en construcción Coca
Codo Sinclair, en El Chaco, Provincia del Napo, para ver entre los 6,896
trabajadores una cuadrilla de mil chinos trabajando. Simplemente, un
espectáculo nunca antes visto en territorio ecuatoriano. Y la mayoría fumando
como chino, según la acertada constatación de un periodista amigo. El caso Coca
Codo Sinclair en Ecuador es un símbolo que rebasa las fronteras con una inversión
de 2,000 millones de dólares financiado por la empresa Eximbank China y el
Estado ecuatoriano y ejecutado por la constructora Sinohydro Corporation de
China.
Para entender el
fenómeno de la presencia china en el mundo hay que remitirse al nuevo orden
económico que está teniendo lugar con la hegemonía asiática en los mercados
mundiales y en los países que requieren de inversión foránea, como es el caso
de Ecuador. Los chinos en esa nueva realidad ocupan el lugar número uno,
hegemónico, por sobre los EE.UU y los europeos, controlando mercados de consumo
masivo y proyectos de inversión de gran magnitud estratégica para los países
que reciben sus capitales provenientes de entidades financieras chinas.
Uno de los
rasgos más notables de la cultura oriental es su carácter plural. Una cultura
más “interdependiente y holística” que la occidental, considerada
individualista y analítica, según los observadores. Los chinos actúan formando
redes de inteligencia colectiva similar a las abejas, con un comportamiento colectivo
que rige la vida de la colonia o del equipo laboral en el que cada miembro
conoce su posición en el entramado del que forma parte con roles perfectamente
claros. Se trata de un intelecto comunal en
el que todos participan de algún modo en el diseño y ejecución de proyectos
colectivos de grandes envergaduras. ¿Cómo explicar las megas construcciones
como la célebre Muralla China y hoy día las obras hidroeléctricas colosales en
territorio chino y fuera de sus fronteras?
Detrás de
esa realidad fulgurante se desentraña la real situación de la matriz productiva
china y de la clase obrera de ese país. Un hecho significativo marcó la actual
realidad industrial china. Con la muerte de Mao Tse Tung, se produjo en el año 76 el golpe de Teng Siao
Ping, restableciendo el capitalismo y con el nuevo sistema se implantó una
nueva política económica. En los años
cincuenta China paso de 3 millones de obreros en 1952 a 18 millones para la década del 70. China
es hoy el mayor país con personas empleadas en el sector manufacturero con 112
millones de trabajadores, pero el salario que reciben no les permite llevar una
vida digna.
Según un reciente informe de la BBC, el salario promedio mundial
anual es de $1.480, y China, con un salario promedio de $656 no llega ni al 50%
de ese promedio. Un estudio de la
Alianza Global Jus Semper, entre el 2002 y 2006 ha habido un aumento del
salario real para los obreros, pero que este ha sido a un ritmo muy lento. Un
empleado chino, contando las horas extras, trabaja hasta 60 horas
semanales, llegando muchas veces a sobrepasar la jornada diaria de 11 horas.
Además la contratación temporal está cada vez aumentando, llegando en la
actualidad al 50% de la fuerza laboral. Otro informe señala que el 65% de la
mano de obra en China es migrante, fenómeno importante y dramático.
En contraste, las cifras de producción chinas son significativas: entre
1995 y el 2006 el mapa de producción global de artefactos electrónicos se ha
inclinado en Asia, pasando de fabricar un 20% del total mundial al 48%. En ese mismo periodo el porcentaje de artefactos
electrónicos ensamblados por China con respecto al mundo se ha disparado,
pasando del 3% al 20.5%, lo que ha impulsado el motor de la economía china. Y
esto también se refleja en el empleo, donde 7 millones laboran en este sector.
Ya para el 2007, según la OMC, China ha pasado a ser el mayor exportador de
tecnología. Hoy este país asiático produce el 30% de acero del mundo.
Este fenómeno tiene
un nombre en China: capitalismo colectivista. Un panfleto distribuido por obreros
chinos en la ciudad de Zhengzhou en el 2004, denunciaba: “Un sector del pueblo
trabajador labora para las llamadas empresas paraestatales, pero el verdadero
significado de la palabra paraestatal
es propiedad de los capitalistas, porque la clase capitalista ya es
dueña del Estado. Mao ya lo había previsto: “Nunca
he dejado de creer que en China exista la posibilidad de una restauración del
capitalismo en gran escala. A escala de todo el país. Si esa restauración
viene, las cosas irán mal. Volverán los sufrimientos, pero también volverá
inevitablemente la revolución”.
La teoría del arroz
Los
investigadores se preguntan si esta dinámica laboral china tiene algo que ver
con las redes neuronales de la
inteligencia artificial, que imita los prodigios del cerebro en su arquitectura
basada en una “maraña de agentes autónomos” que no atienden a un controlador, sino a su
propia experiencia. Esa dinámica grupal hoy ha vuelto de moda el pensamiento
holístico, una entrada teórica que niega que todo cuanto ocurre en una
sociedad, sea explicable -o reducible- por los comportamientos de los individuos
que la forman.
No existe un
punto de acuerdo sobre las causas del colectivismo chino, un rasgo que está presente
en su cultura milenaria mucho antes de que Mao Tse Tung hablara de comunismo.
La interdependencia, como uno de los rasgos organizacionales chinos, acaso
explicaría esa inteligencia plural que ponen en marcha los chinos en cada rasgo
de su vida social. Si partimos de la premisa de que el individualismo es un
signo de nuestro tiempo postmoderno, aquello no encaja con el hecho de que Japón,
Corea del Sur y Hong Kong, culturas asiáticas, sigan mostrando rasgos de
colectivismo aun cuando ya han superado a la Unión Europea en sus ingresos per
cápita. ¿Se podrá defender Occidente del embate asiático con un comportamiento
social individualista?
Las causas del colectivismo chino se
encuentran, para algunos analistas, en la teoría del arroz. La gramínea
cultivada en el sur de China requiere de mucha cooperación para organizar
sistemas de regadío en canales, sembrar y cosechar; mientras que el trigo,
producto occidental, supone un estilo más individualista de cultivo. Los
granjeros gringos montados en un tractor cosechan en solitario, mientras que
los chinos lo hacen en una mancomunidad de obra manual. Y todo esto no es un cuento chino, sino una
realidad que la estamos palpando ya en el Ecuador.
Para desentrañar el misterio que subyace
entre el colectivismo y el individualismo habría que aproximarnos a una
reflexión: mientras que los grandes sueños pueden ser concebidos en la mente
lúcida de un individuo, la realización de los grandes proyectos son ya una obra
siempre colectiva. Y aquello no disminuye la capacidad singular del soñador,
por el contrario, lo conecta con su entorno al cual pertenece y al que se debe en sociedad.
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