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sábado, 18 de julio de 2015

Y, ¿A QUÉ VINO FRANCISCO?

Fotografia Leonardo Parrini
Por Omar Ospina.

¿Quién es en realidad el Papa Francisco, antes Arzobispo de Buenos Aires Jorge Mario Bergoglio, y cuáles las razones de su visita a la América Latina? Supongamos que el Papa argentino que estuvo entre nosotros del 5 al 12 de julio, aún fuera quien fue en la diócesis de Buenos Aires: El Arzobispo Jorge Mario Bergoglio. Y que hubiese elegido un nombre cualquiera, excepto Francisco. Digamos, Jorge… O Juan Pablo, o Pío, tan socorrido por los pontífices. Entonces, creo, el Papa no habría visitado Ecuador, Bolivia y Paraguay. Intuyo que sí México, Perú, Colombia, tal vez Chile y, por cierto, Paraguay también. Periplo evangelizador y político más acorde con el prelado Jorge que calló ante los crímenes de la dictadura argentina; que fue cómplice por omisión y silencio ante el secuestro de recién nacidos de mujeres embarazadas, torturadas y asesinadas durante los años de terror; que dejó en manos de la dictadura a los jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics en 1976, luego de presionarlos para que abandonasen la Compañía; en fin, el Jorge Mario que rechazó y llamó creyentes a agredir la exposición del artista León Ferrari en el Centro Cultural La Recoleta, en 2004. Ese Jorge I, o Juan Pablo III, o Pío XIII, hubiera regresado al Vaticano desde Santiago, no desde Asunción.

Ahora, ¿por qué ese cambio evidente del Jorge Mario silencioso ante la dictadura, del alto dirigente jesuita, más reflexivo y pensador que práctico, y del Arzobispo coadjutor de Buenos Aires, titular desde 1998 por muerte del Arzobispo actuante? Es posible que, como autoridad eclesial, Jorge Mario Bergoglio, hombre sencillo y modesto –quizás no humilde–, haya tomado contacto más cercano y profundo con su grey bonaerense. Con el pueblo marginado de la Gran Capital.

Sin embargo del oscuro episodio de la entrega, tortura y excarcelación posterior de los jesuitas Yorio y Jalics en 1976, Bergoglio, ya para 2005 y como Presidente de la Conferencia Episcopal, ordenó la investigación del asesinato de los seis integrantes de la Sociedad Civil Apostólica, crimen perpetrado por el régimen militar. Este hecho, y su paulatino acercamiento al pueblo de las Villas miseria de Buenos Aires, en las cuales incrementó el número de sacerdotes, llamados “curas villeros”, debieron ponerlo en contacto real con la pobreza de esos años de crisis económica y elevada inflación, ese impuesto a los pobres que suele enriquecer más a los grandes empresarios capitalistas.

Vale recordar que, como estudiante, a fines de los años sesentas, estuvo vinculado a la Filosofía de la Liberación del teólogo jesuita Juan Carlos Scannone, rama argentina independiente de la Teología de la Liberación que por esos años circulaba por América Latina al impulso del Concilio Vaticano II. Y que, ya como obispo de Bs.As., Jorge Mario Bergoglio procuró el diálogo con otras religiones y propició una tarea pastoral en los barrios marginales, apoyándose incluso en colectivos sociales no católicos, en un gesto de ecumenismo que reforzaría los sectores progresistas de la Iglesia, y ejerciendo su actividad pastoral entre los marginados de la sociedad, incluso con sectores de la delincuencia y la prostitución. Eso, y su sencillez de hábitos de vida, su insistencia en no utilizar para visitar los barrios el transporte privado sino el autobús general, y una simpatía personal que lo llevó incluso a reconocer su amor por el fútbol, deporte popular por excelencia, le fue haciendo ganar, despacio pero con convicción, el título de “Obispo de los pobres”.

Con tales antecedentes pre papales, el nombre elegido por Jorge Mario Bergoglio, Francisco, para dirigir como Papa una Iglesia que con Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger había deshecho los últimos vínculos con la Teología de la Liberación, denostada y marginada por ambos pontífices, tuvo justificación ideológica, política y eclesiástica, y el nuevo Papa una misión que justificara el nombre escogido: volver a mirar hacia los pobres y los marginados, recoger los retazos del Vaticano II, enfrentar la competencia de las numerosas sectas protestantes que, ante el retroceso de la Iglesia entre las masas populares, habían no sólo proliferado sino incrementado su poder y su influencia. Es decir, en su nuevo pensamiento socialmente progresista y avanzado, recuperar la Verdadera Iglesia de Cristo: la de los pobres…

En términos comerciales, irreverentes pero exactos, la Iglesia Católica ha perdido clientela en los últimos 30 años, a pasos agigantados. Y si el Papa tiene un compromiso con su Institución, es ese justamente: recuperar a los creyentes emigrados a otros cultos, y evangelizar y reacristianar a las masas nativas jóvenes.       

Sin embargo, si se analizan las frases del Papa, no las sacadas de contexto por una oposición manipuladora y mendaz o por el analista de marras y sus discípulos,  sino las que en verdad dijo en su contexto completo, el Papa Francisco se paseó por la América más profunda para concordar con los esfuerzos de cambio que los gobiernos progresistas de la región intentan desde hace poco más de doce años. Su discurso en todos los escenarios, coincidió casi al milímetro con el pensamiento social de los nuevos líderes de la región, especialmente Rafael Correa y Evo Morales.  

No fue gratuita la frase de respuesta al discurso inicial del Presidente Correa:
“En el presente, también nosotros podemos encontrar en el Evangelio las claves que nos permitan afrontar los desafíos actuales, valorando las diferencias, fomentando el diálogo y la participación sin exclusiones, para que los logros en progreso y desarrollo que se están consiguiendo garanticen un futuro mejor para todos, poniendo una especial atención en nuestros hermanos más frágiles y en las minorías más vulnerables, que son la deuda que todavía América Latina tiene. Para esto, Señor Presidente, podrá contar siempre con el compromiso y la colaboración de la Iglesia, para servir a este pueblo ecuatoriano que se ha puesto de pie con dignidad”.

Ese discurso, conociendo como se conoce la preparación política e ideológica a la par que religiosa que tienen los discursos de un Papa, es atrevido y grosero asumirlo como aval de unos hechos que sucedieron, casi con seguridad, mucho después de preparado y redactado un texto que había planificado, no gratuitamente, referido a una realidad que se viene construyendo desde hace más de 7 años. Es lo que se llama, en buen romance, oportunismo político y periodístico de la peor laya. Sí, a esto vino Francisco a los países más vulnerables a la ceguera oposicionista y a las maquinaciones de un Imperio en decadencia, que no se resigna a perder su patio trasero. A fortalecer desde su autoridad religiosa, un proceso político con el que concuerda plenamente. No se engañen los ciegos voluntarios.

martes, 7 de julio de 2015

LAS CONSONANCIAS CON EL PAPA


 
Por Leonardo Parrini     

“Le agradezco, señor Presidente, sus palabras. Le agradezco sus consonancias con mi pensamiento”. Con esta expresión de reconocimiento espontáneo -que no estaba escrita en el discurso oficial del protocolo papal a su arribo al Ecuador-, Francisco subrayó un hecho significativo: Rafael Correa, Presidente del Ecuador, es consonante con el ideario del Pontífice.

Y esta consonancia no implica que las palabras papales tengan un sentido político utilitario. Las expresiones de Francisco no deben servir de pábulo a mezquinos intereses ideológicos, según sugiere cierto medio digital opositor cuando publica que “si el Papa insiste en la corrección política, su visita no servirá para nada”. Menuda miopía intelectual y supino astigmatismo político que distorsiona la realidad. ¿A qué vino el Papa? Pues a coincidir con las esperanzas de un continente aplastado por la inequidad y miseria endémicas. El Papa eligió como entrada a Sudamérica, precisamente, la ruta de Ecuador, Bolivia y Paraguay, tres países históricamente postergados en la geografía continental. Vino a recordarnos que el mensaje de Cristo en la región no es con el poderoso, sino junto a los humildes. Vino acercar el pensamiento social de la iglesia católica con el ideario de pueblos latinoamericanos que buscan redimirse del pecado social de la pobreza. Vino a subrayar la necesidad de vivir en unidad, justicia e inclusión humana. En ese sentido, la consonancia del pensamiento del Papa con nuestro pueblo no es casual, ni premeditada.  

Un ideario de justicia

"El gran pecado social de nuestra América es la injusticia", dijo el Presidente Rafael Correa. El mandatario ha recordado que el pensamiento papal reconoce que "la inequidad, la injusticia, la injusta distribución de las riquezas y de los recursos es fuente de conflictos entre los pueblos, porque supone que el progreso de unos se construye sobre el necesario sacrificio de otros, y que para poder vivir dignamente hay que luchar contra los demás. El bienestar así logrado es injusto en su raíz y atenta contra la dignidad de las personas”.

En consonancia con ese pensamiento, Francisco ha subrayado que  “en el presente, nosotros también podemos encontrar en el evangelio las claves que nos permitan afrontar los desafíos actuales, valorando las diferencias, fomentando el diálogo y la participación sin exclusiones, para que los logros y todo este progreso en desarrollo que se está consiguiendo se consolide y se garantice un futuro mejor para todos, poniendo una especial atención en nuestros hermanos más frágiles y en las minorías más vulnerables que son la deuda que todavía toda América Latina tiene. Para esto, señor presidente, podrá contar siempre con el compromiso y la colaboración de la Iglesia, para servir a este pueblo ecuatoriano que se ha puesto de pie con dignidad".

Motivado por la unidad de criterios con el Pontífice, el Presidente Correa destacó que “la Iglesia latinoamericana nos ha dado extraordinarios pastores, como Monseñor Óscar Arnulfo Romero, mártir de nuestra América…nuestro Leonidas Proaño, el obispo de los indios, quien luchó por la verdad, por la vida, por la libertad, por la justicia, los valores del reino de Dios como él los llamaba. Nos dio un Hélder Cámara. Ahora esa iglesia nos la da usted, Francisco, el primer papa latinoamericano”.

Francisco manifestó con notoria convicción: Nuestra fe siempre es revolucionaria, ese es nuestro constante grito. Una revolución que empieza en la intimidad de su pensamiento arraigado a la lucha por erradicar el pecado social de la miseria. Una doctrina unitaria y creativa de nuevas formas de armonía entre los seres humanos. Una enseñanza poderosa resumida en una verdad innegable: La vida es un tesoro precioso, pero solo lo descubrimos cuando lo compartimos con los demás, concluye Francisco.