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lunes, 16 de noviembre de 2015

VITRINA Y VARIACIONES

Fotografía Leonardo Parrini
Por Abdón Ubidia

Al cristal llegan todos los reflejos. Las gentes que pasan. Los rostros que se detienen absortos y se asoman a la vitrina. Dentro de ella, los arreglos más diversos muestran todas las mercancías del mundo. Allí están. Relucientes. Refulgentes. Se brindan al transeúnte como vivas promesas.  La vitrina es un recinto misterioso. Es el espacio de lo Ajeno. De lo que aún no tenemos. O de lo que no tendremos nunca.

El cristal de la vitrina refleja muchas cosas. Pero también refleja nuestro deseo de lo que no tenemos. Es la imagen cabal de la seducción. Hay una coquetería propia de la vitrina. Allí las mercancías piden ser apropiadas, poseídas. Se ofrecen como esclavas animosas. Puede que no sean lo que parecen ser. Pero ese es el viejo oficio de la seducción. Las niñas bellas lo saben bien. Deben embellecerse más. Para eso se inventaron los cosméticos y las modas. Las niñas feas lo saben mejor: tendrán que redoblar sus artificios. Rellenos, máscaras faciales, perfumes insinuantes les ayudarán. Al igual, las mercancías se enmascaran con oropeles y embelecos fastuosos. Y requieren de un escenario no menos insinuante: la vitrina.

Pero el juego seductor es elusivo. Precisa de resistencias que vencer. Objetos al fin, las mercancías solo oponen una condición: su precio. Entonces aparece en escena el dinero. El siempre escaso dinero. Ni todo el oro del mundo podrá comprar todas las mercancías de ese mundo. La ley de la oferta y la demanda falla desde el principio. Siempre la demanda superará a la oferta. Tal el secreto de la economía: la escasez. Porque lo que se demanda (un mendrugo o un diamante) es lo que no tenemos. Por el contrario, "la ley del deseo", es implacable y perfecta: deseamos lo que no tenemos. Los ricos la experimentan en carne propia: quieren ser más ricos. Del otro lado del cristal de la vitrina, los pobres la sufren doblemente.

La verdad de la vitrina cunde por el mundo. La sociedad de consumo propaga esa verdad por los medios más diversos. Cada avance tecnológico es aprovechado por ella de inmediato. Las impresiones de alta calidad y el full color instalaron vitrinas fijas en periódicos y revistas, pues eso son los anuncios publicitarios. Luego, el televisor se convirtió en una vitrina viviente en el mismo espacio íntimo del hogar, en la cual las ciudades, los mares y los continentes son solo la escenografía de un mercado avasallante. El Internet potenciará ese modelo. Es la vitrina infinita de mercancías infinitas. Frente a otro cristal -la pantalla electrónica-, el individuo moderno cree poseer el mundo. Pero solo imágenes tiene a su haber. Ni todo lo que ve son mercancías. Ni todas esas mercancías son mucho más que un embrujo hipnótico. A veces son innecesarias, otras, ni siquiera existen. Son la imagen virtual de una economía virtual en la que, en todo el planeta, el valor de cada transacción mercantil genera valores financieros de casi 400 veces más, es decir, puros papeles. Acaso la verdad de la vitrina del mundo actual sea, en el fondo, tan imaginaria, como el sueño. Y tan frágil como el cristal.

Hoy he visto un niño de espaldas a una vitrina de juguetes y llena de adornos navideños, con Papá Noel y guirnaldas verdes y rojas. Mendigaba. Más allá de que este ya es un lugar común, muy aprovechado por la buena y mala literatura, hay que reconocerle a ese niño una sabiduría cierta. Sabe que la vitrina no le concierne. No es para él. Pero sabe además que, a sus espaldas, se yergue un muro poderoso que separa los ámbitos de los pocos integrados y los muchos marginados. Es un muro de vidrio. Y la historia de los grandes muros ya se sabe. O no sirvieron de mucho como la gran muralla china, o se cayeron como el de Berlín. La interminable frontera que resguarda el mundo actual y que separa ricos de pobres; que muestra a los ricos dentro de la vitrina y a los pobres fuera de ella, acaso sea, lo repetimos,  tan frágil como su mismo cristal. Vale la pena, aunque fuese por navidad, pensar en ello.

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