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domingo, 9 de diciembre de 2012

EL ABORTO: ¿LA IDEOLOGIA DE UN CRIMEN O DE UN DERECHO HUMANO?


Por Leonardo Parrini

¿Mamá, si no decidiste tenerme, por qué decidiste matarme? Escrita así esta pregunta atribuida a una niña o niño abortado suena estremecedora. Como todas las cosas que relacionamos en la vida, bajo un prisma emocional, que confiere a nuestras convicciones el carácter moral de verdad absoluta. Me explico. Sugiero que la discusión sobre la permisividad legal y moral del aborto está contaminada por las ideologías imperantes como un pretexto, precisamente, para defender o satanizar dichas ideologías. Frente al aborto, abortamos primero nuestra capacidad reflexiva de entender un tema nada fácil, pero urgente de rescatar de las manos de los moralismos extremos.

El aborto, como toda práctica humana, responde a una decisión individual, o social de carácter histórico, determinada por la concepción ideológica de quien lo practica o rechaza. El meollo de la discusión se centra en torno a la idea de la vida como un hecho y como un derecho. Las posturas opuestas al aborto parten de la premisa que el embrión es vida, y esa idea concede de entrada una ventaja moral a los opositores del aborto. La pregunta es: ¿dónde empieza y termina la frontera de la vida y si ésta es una mera relación micro celular o, por el contrario, responde a un estado desarrollado de células vivientes en capacidad de relacionarse con el entorno en niveles de auto conciencia propia? Una segunda cuestión tiene que ver con la idea de reconocer el poder sobre la vida a un ser superior, a una deidad, -como ente creador de la misma- en tal sentido, automáticamente, se entiende que sólo Dios tiene potestad de generar y quitar la vida. Y el tercer aspecto es el que dice relación con el énfasis moral que la sociedad cristiana occidental pone en el aborto como un crimen, frente a otros crímenes legalmente castigados, pero moralmente menos sancionados que la práctica abortiva clandestina.

La discusión por ese cauce se encamina a defender, con prioridad, la posición ideológica antes que aquello que dicha ideología sanciona o defiende, sin profundizar las motivaciones que tiene la mujer para abortar como sujeto de derechos reproductivos. Así el aborto aparece como un pretexto moral para la defensa de una ideología alineada con la postura antiabortiva. Postura que arranca de una concepción diferencial de los roles de género, que otorga el carácter matricial al género femenino, es decir, la mujer es esencial y prioritariamente mater, cuya obligatoriedad y responsabilidad gestacional sobre la vida, recae exclusivamente en ella. La mater, en sus orígenes etimológicos, es el ser nutriente, que deriva de esencia o vida. El páter, por el contrario, tiene asignado, desde la antigüedad, un rol como homo sui iuris, bajo cuyo control estaban todos los bienes y personas que pertenecían a la casa familiar. El páter ejecuta patria protestas sobre los hijos y resto de personas alieni iuris que estaban sujetos a su voluntad, sobre la mujer casada, los esclavos y otros hombres. Filio o hijo, producto de la unión páter mater, significa etimológicamente el ser amamantado por la mater y gobernado por el páter familia.

Por eso es que el tema del aborto bajo la óptica de inamovilidad en los roles de género, implica aceptar que el hombre provee y la mujer reproduce. Así la sociedad, automáticamente, quita el derecho a la mujer sobre su vida reproductiva y la voluntad autónoma de tener o no hijos, dejando estos aspectos en manos del hombre y las instituciones creadas por él. En la polémica del aborto no se discute sólo el tema de la vida; en el fondo se está discutiendo quién la administra.

La frontera de la vida fetal es difusa, no es fácil definir con precisión dónde la vida, en el sentido moral más que biológico, comienza y termina. Puesto que vida no es la mera relación biológica intercelular, sino que supone la existencia de condiciones avanzadas de auto conciencia en capacidad de interactuar con el medio.  Hasta donde la ciencia responde, el embrión adquiere ese estado de conciencia a partir del tercer mes de permanencia intrauterina.

La discusión ética del aborto ha estado dominada por dos posiciones extremistas. Éstas son identificadas por los eslóganes de ‘la vida’ y ‘la elección’. La vida como un hecho o como un derecho, divide a los abortistas de aquellos que no lo son. En este aspecto interviene un tercer elemento. Si el aborto es un crimen contra la vida, ¿por qué es más execrable que otros crímenes contra un ser vivo, y cómo es que entonces está legalmente menos sancionado por las condenas establecidas en el código penal? Extrañamente, aparece como un acto moralmente menos censurable el crimen, o la violación una niña de cinco años, que el aborto. Esto responde al hecho de que ante el aborto se activan mecanismos de censura moral de fuerte carga ideológica, que vienen prejuiciados y establecidos frente a los roles de género y la necesidad de preservar el ideario hegemónico, occidental cristiano, en este lado del mundo.

La santidad de la vida es el corazón de nuestra conciencia moral, diría un cristiano. Etiquetar al aborto como ‘asesinato’ es una estrategia sumamente emotiva, señala con lucidez el monje budista Bhikkhu Sujato: Cuando un soldado mata a otro en tiempos de guerra, sólo lo llamamos ‘matar’, no asesinar. Cuando un Estado mata a un criminal, lo llamamos ‘ejecución’. Cuando una persona se mata a sí misma lo llamamos ‘suicidio. Por tanto, el etiquetar al aborto como ‘asesinato’ es absolutista y simplista. La aceptación de esta teoría es dependiente de la fe en dogmas revelados como se definen dentro de una comunidad religiosa en particular, y no tiene relevancia fuera de esa comunidad.

Consideraciones morales o derechos reproductivos

¿Cuándo el feto merece consideración moral? Cuando tiene un estado de conciencia, porque la vida es inherente a la conciencia activa o al alma; por tanto, un embrión sólo a partir de ese estado animado, -que aparece al tercer o cuarto mes-, es considerado un ser viviente, según estudios científicos y concepciones que los respaldan. Ese estado de conciencia es tan rudimentario que antes de surgir no podía permitirle conciencia del dolor, que es lo que moralmente nos incomoda de la muerte física. Cierto es que el primer trimestre de surgimiento de la vida, es éticamente una fecha arbitraria que refleja el límite de la ciencia sobre el conocimiento del embrión, pero que no nos dice nada sobre el estatus moral del feto.

La oposición al aborto viene acompañada de la postura machista que determina que el hombre es quien decide sobre los derechos reproductivos de la mujer. También la posición antiabortista tiene estrecha vinculación ideológica con la defensa, a ultranza, de la familia como institución base del sistema económico y cultural, mediante el cual es posible la reproducción del orden social vigente.

El hecho de asumir la defensa de una institucionalidad que no da paso al aborto legal, da cuenta del mismo principio moral que boga por la predominancia inamovible de los roles de género, que otorga a la mujer la maternidad prioritaria, postura que al final de día conculca derechos a la pareja. De este modo, queda vulnerada la prerrogativa a la libre determinación reproductiva y asociativa parental, entre otros derechos, la unión matrimonial de ciudadanos homosexuales y lesbianas y la adopción de menores en el seno de una pareja de orientación sexual alternativa a la convencional.

Sin pretender la última palabra, consideramos necesario superar la oposición al aborto como un pretexto para consolidar la idea global del dios creador de materia y espíritu que permite la vida y del páter omnipresente que la administra. En última instancia, cuestión de fe, y por lo mismo inexplicable e irreductible por la vía de la razón.  La discusión sobre la legalidad o no del aborto, es un tema contaminado de ideología entre quienes defienden, o censuran, la posibilidad de un cambio en la inamovilidad del rol de género que restituya los derechos femeninos sobre la vida sexual y reproductiva de la mujer. Esta misma concepción de inmutabilidad social es contraria al estatus actual de nuestra especie como realidad en constante cambio, e incluso, a sus posibilidades de evolución futura. Ya cierta sociología posmoderna ha anticipado la idea de que la mutación de la familia, como ente matriz de la sociedad, se encamina a un núcleo no necesariamente unido por relaciones de consanguinidad. Esa idea deja abierta la opción a la existencia de comunidades familiares congregadas por lazos afectivos, más no necesariamente biológicos.

Si el aborto en la mayoría de los países ha sido técnicamente ilegal, aunque practicado y generalizado de manera no oficial, mantenerlo en la ilegalidad hace criminales a mujeres que a menudo han pasado por una experiencia traumática. Al mismo tiempo, esa ilegitimidad viene a consentir la muerte de la madre y del hijo cuando en la mayoría de las veces la clandestinidad no garantiza la seguridad quirúrgica del aborto y deja el mercado con puertas abiertas a los médicos abortistas sin escrúpulos. Para tomar posiciones frente a la permisividad legal o no del aborto, antes, debemos abortar nuestros propios prejuicios y abordar el tema desnudos de ropajes ideológicos a ultranza y  reflexionar qué está en juego, si la vida del feto o el entramado ideológico que sustenta al ordenamiento social vigente.

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