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E c u a d o r - S u d a m é r i c a

sábado, 14 de febrero de 2015

TELEVISIÓN INTERCULTURAL: CON NEGROS, INDIOS Y MONTUBIOS…NI A MISA


 
Por Leonardo Parrini

Alguna vez un crítico de televisión me comentó que es más fácil que un negro sea elegido Presidente del Ecuador a que un afrodescendiente aparezca en la pantalla del televisor presentando noticias. Lapidaria afirmación que me obligó a un zapping por toda la basura televisiva en busca del anchor de color para desmentir la afirmación. Y, ¡oh sorpresa! en la pantalla abundan rubias naturales y a contra natura, trigueños guapísimos, fornidos de esteroides anabolizantes, uno que otro enano contrahecho, divas que exhalan atmósferas de prostíbulo, algún indígena desplazado, escleróticos que se eternizaron en la pantalla chica con un ego grande, liposuccionadas de la farándula, payasos sin gracia alguna, agoreros del desastres, brujas del charot, recaderos del poder, etc., etc., pero ningún representante de las etnias de color, que en el último censo se reconocieron como tal en una ínfima minoría. Apagué el televisor, miré un puntito indefinido de la pantalla, y me dije ¿qué está pasando con la mentada interculturalidad mediática? Me respondí, nada pues, carajo.

En el país de la Constitución garantista y de los derechos naturales, colectivos y sagrados como la Patria, los medios de infodifusión audiovisual –léase canales abiertos y de cable- se pasan por la galleta este precepto constitucional de ser el país “plurinacional e intercultural” que tanto enorgullece al poder sabatino. Y esta constatación no la hago yo, sino el súper organismo de control denominado Superintendencia de Información y Comunicación (Supercom) en un estudio realizado recientemente, y que supervisa el cumplimiento del artículo 36 de la Ley Orgánica de Comunicación. La ley en mención obliga a un 5% diario de componente afrodescendiente, indígena y montubio en la programación de la franja horaria familiar que va de 6:00 a 24:00 horas. La Supercom reporta que en 851 contenidos de la pantalla chica “la interculturalidad en la TV es casi nula”. El informe constata que, pese a que la ley sanciona la discriminación étnica, social y económica con una multa equivalente al 10% de la facturación promediada de los últimos 3 meses presentada en sus declaraciones al Servicio de Rentas Internas, los programas de televisión no reflejan dicha interculturalidad en pantalla.

Los pueblos y nacionalidades indígenas, afroecuatorianas y montubias con derecho a producir y difundir su realidad, son soslayados olímpicamente de los contenidos de los nueve canales investigados de la televisión ecuatoriana, según el periodo en estudio desde febrero a noviembre del 2014. De este modo, “la propia lengua, contenidos sobre su cosmovisión, cultura, tradiciones, conocimientos y saberes de los pueblos y nacionalidades” son invisibilizados. Las causas, según los directivos y creativos de los canales, se debe a que estos contenidos son aburridos y atentan al rating y, por tanto, decaen el negocio televisivo. El estudio considera que si no hay contenidos interculturales “se incumplen también los artículos 1 y 2 de la Constitución. El primero refiere a que Ecuador es un país intercultural y plurinacional y que el castellano, el Kichwa y el shuar son los idiomas oficiales de relación intercultural”

¿Dónde radica el problema?

El problema radica en que el Estado y los canales privados hablan idiomas distintos, tienen miradas diametralmente opuestas para ver el tema de lo intercultural y lo plurinacional. El Estado habla un lenguaje ajeno a la empresa privada, y ésta no muestra interés en comprender las nuevas exigencias de la ley estatal por simple postura intransigente. Pero más allá del marketing televisivo y de las exigencias del mercado y su rentabilidad, existe una cultura enquistada en la cabeza de los diseñadores de programación que no les permite entender que interculturalidad es mucho más que poner a un negrito en pantalla en un llamado “programa cultural” de entretenimiento. 

El paternalismo televisivo comunitario de andar denunciando baches en las calles -contra un alcalde que no se imagina otra realidad citadina que la que aprendió en una universidad foránea-, no es suficiente. No es suficiente que un canal considere que poner a un negro en pantalla o a un indio ocasionalmente, es cumplir con programación intercultural, aunque ese negro y ese indio sean, nada más y nada menos, que una caricatura grotesca de programas cómicos de clamoroso mal gusto. No es suficiente aquel “informativo de la comunidad” que “da pantalla” a un hijo de vecino, o una madre vecina, para que mande al carajo al Alcalde de mentalidad foránea, ajeno a la ciudad, que no da pie con bola con ordenanza alguna. No, no es suficiente.

Los analistas han señalado que “desde la escasa oferta de contenidos interculturales en el mercado ecuatoriano, hasta los altos costos de producir por sí mismos y de manera exclusiva un porcentaje tan considerable de contenidos interculturales", es un impedimento para cumplir la Ley de Comunicación. Pero, la calentura no está en las sabanas, a la falta de sensibilidad social de los canales, se suma una evidente carencia de creatividad en sus guiones de programación nacional. Ese y no otro parece ser el problema de la poca de aceptación del público a los “programas culturales”. Si el televidente ve algo técnicamente bien hecho, lo acepta; así se trate de basura. Esto está demostrado en el género de la telenovela, talk shows y concursos que saturan la pantalla chica. Entonces el tema de la aceptación del público a los programas interculturales pasa por una exigencia de calidad y no de cantidad.  

Los medios de comunicación y el Estado persisten en permanecer incomunicados en un diálogo de sordos. Es deber de Estado definir con claridad sus políticas interculturales, plurinacionales y de Educomunicación. Es deber de la empresa privada televisiva ser socialmente más sensible y responsable para reflejar en el producto en pantalla la diversidad de un país que, precisamente, se enriquece de su variedad cultural. Así no sea un lucrativo negocio, pero sí un imperativo de justicia social.

jueves, 12 de febrero de 2015

NI DE CHISTE


Por Leonardo Parrini

Una cosa es el humor otra es el escarnio, sinónimo de innobleza. El sentido del humor es esa otra capacidad que empieza con la valentía de reírse de sí mismo y que no tiene parangón con la mofa rastrera disfrazada de chiste. La caricatura del dibujante ecuatoriano Xavier Bonilla, Bonil, abrió una polémica entre el derecho a la libertad de expresión y la actitud discriminatoria de quien hace uso de un medio impreso -y que se vale de un texto montado a una fotografía- para aludir, socarronamente, a la condición socioeconómica del ex seleccionado nacional de fútbol Agustín Delgado, hoy asambleísta del bloque oficialista.

El dibujante Bonilla fue denunciado al Consejo de Regulación de la Comunicación (Cordicom) por organizaciones de afroecuatorianos por discriminación racial, figura sancionada en la Ley de Comunicación vigente en el país. El Consejo, acogiendo la denuncia, se pronunció en un informe técnico, en el que concluye “que hay discriminación por condición socioeconómica, debido a la referencia peyorativa que, en general, se hace de los pobres y, en específico, sobre el origen del asambleísta Agustín Delgado. El humor transfigurado en distinción inferiorizante puede perpetuar las diferencias sociales y menoscabar el derecho de las personas”.

La mencionada publicación de Bonil señalaba textualmente junto a una foto del futbolista Delgado, mientras éste daba lectura a un discurso en la Asamblea Nacional: “Com…con…m…mi…diii…scurso todos diccen pobretin, pobretin. ¡Pero con mi sueldo de asambleísta nadie dice pobretón, pobretón!” El juego fonético de la frase que alude al diminutivo de Tin, con el que es conocido el futbolista, es considerado discriminatorio por cuanto se burla de la lectura entrecortada que hiciera el asambleísta Tin Delgado en una reunión plenaria al tartamudear mientras leía el texto. El doble escarnio, por el origen humilde del futbolista que ahora accede a un sueldo que le permite vivir sin los apremios de su infancia, y por la deficiente lectura que Delgado hizo de un discurso, se convierte para el Cordicom en leiv motiv, en condumio de una burla de corte segregacionista.

¿Qué hace que un talentoso dibujante se mofe de un profesional del fútbol ecuatoriano, cuyo origen en las barriadas del Chota, en el norte del país, conoció la marginalidad y postergación socioeconómicas? Seguramente la frase tiene una hilarante carga de humor al burlarse de la condición paupérrima de un ser humano al que se le negó el derecho a la educación en su infancia. El Cordicom aclara al respecto: “La desigualdad estructural impidió que ciertos grupos sociales no accedieran a satisfacer ni siquiera las necesidades básicas y tampoco pudieran ejercer sus derechos fundamentales a la salud o la educación. Este escenario no es de burla, sino de vergüenza para un Estado que negó esas oportunidades”.

Cierto es que el prejuicioso sentido de rechazo a todo lo que huela a oficialista, la intolerancia ideológica de no aceptar la realidad política vigente en el Ecuador, da pábulo al caricaturista Bonil para esbozar una caricatura de sí mismo, declarándose enemigo y perseguido de un régimen que ha demostrado, por lo demás, un permanente conflicto con los medios informativos opositores. Esa forma de practicar la política, amparado en el derecho a la libre expresión aún vigente en Ecuador, se convierte en una provocación para generar un hecho mediático de trascendencia incluso internacional. En este mismo contexto, la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF) publicó este 12 de febrero su Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa 2015. En el informe Ecuador, ubicado en el puesto 108, retrocedió 13 puestos. Este retroceso –señala la información- se debería a "Ley Orgánica de Comunicación (LOC) que mostró rápidamente sus limitaciones. “La rectificación forzada de información se ha convertido en un modo de censura institucionalizada", según la organización internacional.

Lenin decía que el humor es revolucionario cuando transforma la realidad develando aspectos que, de otro modo, pasarían desapercibidos u ocultos, para suscitar la reacción de los públicos hacia el cambio social. En el caso de Bonil, su humor es reaccionario porque se opone en el fondo a un proceso político –que, gústele o no- refleja la voluntad mayoritaria del país y que se sustenta sobre una Constitución que ampara, incluso, el derecho del señor Bonilla a burlarse de sus semejantes, bajo una libertad de expresión plenamente vigente. Es hora de hablar en serio y rechazar los malos humores que alientan posiciones de discriminación entre los habitantes de este país. Como, seguramente, a la mayoría de los ecuatorianos, ni de chiste me causa risa esta situación.

viernes, 6 de febrero de 2015

SOY PUTA…Y QUE


 
Por Leonardo Parrini

Yo soy puta, entiéndase bien, puta, no meretriz. No pacto mi cuerpo en el negocio de la prostitución. Soy una mujer como todas. Una mujer con el estigma de ser puta en la sociedad de los adjetivos machistas y de los verbos prohibidos: Ser yo misma. Decidir sobre mi propio cuerpo. Administrar mis ilusiones. Elegir el compañero de cama, de mesa y de sofá.

Soy esa puta que conjuga el verbo amar con la misma decisión que conjuga el verbo luchar. Pelear por mi derecho a la vida, a la maternidad responsable, a una profesión, a un trabajo digno en el mercado laboral administrado por acosadores. Una puta que defiende la libertad de decidir cuándo y con quién tener sus hijos. Mi historia es la historia de tantas. Un día nos dijeron que todas íbamos a ser reinas o princesas en el país de las maravillas. Y ahora, en el país de los derechos, apenas nos aceptan ser mujer.

Sí, soy la puta que no se doblega ante el calificativo agresivo de machos indolentes y la que no se persigna cada día frente a un altar. Soy, simplemente, la mujer que decide el largo de su falda y el ancho de su escote, por eso me llaman puta. Soy puta porque se parar los acosos y aceptar los halagos. Puta porque ejerzo, sin intimidarme, mi defensa personal contra la violencia machista. Soy puta porque no soy la hipócrita ni la provocadora frente al sexo. Manifiesto, naturalmente, lo que deseo para mi cuerpo y lo que anhelo para mi espíritu.

Soy puta y no prostituta porque ese no es mi oficio, respetable en todo caso, como cualquier otro. Porque yo me rindo al deseo y al amor, sin mediar el dinero. Soy puta y no meretriz, porque no tengo un pasado de abusos infantiles, ni mi padre me violó a los trece años, ni tengo un hijo pequeño que mantener con el sudor de mi cuerpo desnudado.

Soy la puta que no aguanta al marido pegador. Al jefe lascivo, o al agencioso oportunista. Soy la puta que camina por la calle atrayendo miradas morbosas que la desnudan, sin volverse a ver. No soy la puta vulnerable, sino la mujer independiente que decide la intensidad de su vida. No soy una estadística archivada, sin esperanza, en la Comisaria de la Mujer, porque cuando un cabrón me puso un dedo encima lo denuncié, sin temor ni favor. Este calificativo desmedido de puta no me quita ni me agrega, no me avergüenza ni me engrandece. Es un estigma que llevo en la frente siempre levantada. 

Soy la puta que no abriga falsas esperanzas en los hombres. Conmigo no se equivocan, saben a qué atenerse. Los súper machos y los varones, saben que soy una mujer en todo el sentido de la palabra. Una puta con mayúsculas. Los primeros me desean, los segundos me anhelan. Para unos soy la hembra, para otros la posible compañera. 

Soy puta porque no me callo ante la violencia contra mis semejantes. Puta porque denuncio, marcho y me rebelo. Contra el silencio, contra la indiferencia y la impunidad. Pego el grito en el cielo por nuestros derechos. Por nuestra condición de mujer sin feminismos tardíos. Porque la mal diferencia es discriminatoria y toda pose termina en clisé. No soy puta de nacimiento: la sociedad vergonzante me emputeció el alma. Soy puta…y que.

jueves, 5 de febrero de 2015

CULTURA: ¿MERCANTILISMO PRIVADO O PATERNALISMO ESTATAL?

Por Leonado Parrini

El dilema de la cultura en la sociedad capitalista -y asumimos que la formación social del Ecuador ostenta esos rasgos-, oscila entre  la necesidad de subvención de la obra frente a la libertad de creación del gestor cultural. En esta disyuntiva existe una bifurcación entre el rol del Estado como entidad financiera y el cometido mercantil de la cultura. En ambos casos subyace, en el contenido de la gestión cultural, otro dilema: qué ofrecer al consumidor de arte, música, literatura, cine, etc. para hacer de la cultura una actividad rentable. O, en el caso de la subvención estatal, qué contenidos deben prevalecer como un gesto de creación, sin cortapisas ideológicas. El punto de partida es para ambos casos el mismo: ¿hasta dónde debe la obra mantener una libertad absoluta de creación como arte puro, sin dejarse coartar por exigencias mercantilistas o pre censuras estatales?

La política de ausencia practicada tradicionalmente por el Estado, o la ausencia de una política pública cultural, deja en manos de la iniciativa privada el comercio de la cultura como medio de sobrevivencia. Una actividad marcada por las exigencias de las lites culturales que en diferentes épocas enclaustraron la cultura y sus manifestaciones artísticas en galerías y museos, como en un mausoleo. Por consiguiente, debido a la orfandad provocada por el Estado capitalista, la sociedad resignó en el emprendimiento privado el fomento de la producción cultural.

¿Es esto tan grave? En opinión de Gilles Lipovetsky, filósofo de la posmodernidad, el capitalismo ha permitido al arte “entrar en la vida cotidiana y liberarse de su encierro en museos”, a través de lo que llama la desjerarquizacion de la cultura. Pero este proceso no necesariamente es sinónimo de democratización cultural, puesto que como el mismo autor advierte, “muy pocos tienen el dinero para disfrutarlo; pocos que cada vez son menos, mientras el resto luchamos contra la ansiedad que el híper consumo y la híper estimulación, la inmediatez y la falta de educación, nos generan”.

Esta afirmación de Lipovetsky es el reflejo de una cuestión más de fondo: la cultura y su expresión artística, se ha convertido en puro negocio de mercado; entienda que «la motivación económica no mata la creación» sino todo lo contrario”. Entonces ¿dónde radica el punto de encuentro entre la creación cultural, entendida como una señal humanista que da sentido a la vida, en tanto cultivo del espíritu, y el imperativo de sobrevivir materialmente de la cultura? La respuesta de Lipovetsky no tiene ambages: Nuestro objetivo de futuro…es comprometernos con la calidad. Para mí, esta es la gran cuestión humanista hoy: la modernidad ganó la batalla de la cantidad, el bienestar para la mayoría, y la híper modernidad debe ganar la batalla de la calidad o la estilización del mundo; este es el ideal de futuro.

La reflexión de Lipovetsky, de por sí audaz, tiende a considerar al capitalismo como una máquina de ingeniería de sueños y emociones, ya que lo emotivo ha penetrado todos los ámbitos de nuestra vida, incluida la política, todo quiere hacernos reír o llorar. Y en la era de la emotividad, vivida en lo cotidiano, la gente busca nuevas emociones y las encuentra en su diario vivir, puesto que el capitalismo ha conseguido "que el arte no permanezca envasado en los museos sino que impregne nuestro mundo común, tal y como hoy sucede". Que si nuestras emociones se han convertido en un arma que el comercio maneja como hilos de marioneta, pues mejor que mejor dice Lipovetsky, porque "esto nos ha dado la libertad de elegir e innovar» -elegir el atuendo, por ejemplo-. Y donde dice que el "capitalismo artístico" ha estetizado nuestro alma, han de entender "estética" en su sentido original griego: tocado por las emociones, la percepción, la sensibilidad. Es decir, que vivimos en un mundo estupendo”

A diferencia de lo que piensan los críticos del mercantilismo en el arte, Lipovetsky sugiere que el valor humanista pervive en la cultura pese a su utilización mercantilista. Siempre ha habido intereses detrás del arte, -dice- si piensas por ejemplo en el Renacimiento, la dimensión del arte no era humanista, sus valores eran religiosos y de poder. Es en la era moderna cuando se impone la idea de que el arte excluye lo comercial, de que el beneficio económico lo pervierte; pero llegados a la híper modernidad, esta diferenciación estricta se erosiona. Y, en consecuencia, su sinceridad no se hace esperar y concluye: la motivación económica no mata la creación, la democratiza. Y en esa dinámica –sostiene-el sistema capitalista estetiza el mundo con la idea de que vivimos mejor rodeados de belleza, tocados por la emoción de la belleza, y consigue producir y comercializar las emociones, integrándolas en el engranaje económico.

La misión del Estado

El Estado se ha quedado en la hipérbole de la fruición del arte y la cultura a través de las ideas. Lo que funciona ideológicamente para sus fines, sirve; y en ese servilismo termina reduciendo la creación cultural a un aliento propagandístico, promocional en el exacto sentido de promover las ideas y sentires del proyecto político oficial. En el Ecuador de hoy, el Estado mantiene una deuda con la sociedad traducida en un déficit de política pública para lo cultural. ¿Pero en qué consistiría, al final del día, una política cultural? La respuesta supone actuar sin los complejos que nos impiden ver con realismo el hecho cultural en el país: el gestor cultural es un hombre o una mujer de carne y hueso que tiene familia y que necesita comer. Para ello no se trata de darle pensando o sintiendo la emoción de la creación o fruición estética. Eso es prerrogativa del artista, en primera y última instancia. El Estado debe remitirse a administrar, coordinar y asignar los recursos necesarios para la gestión cultural, sin la pretensión de alinear al artista a ningún prospecto oficial. 

Pero más allá la política cultural implica -según el teórico mexicano Arturo Chavolla- el conjunto de todas aquellas acciones o intenciones por parte del Estado, la comunidad o instituciones civiles tendientes a orientar el desarrollo simbólico, satisfacer las necesidades culturales de una sociedad y obtener consenso para la transformación social o el establecimiento de un nuevo tipo de orden entre las personas. Además, ese esfuerzo debe poseer como meta la socialización de los productos y la democratización de sus resultados para que toda la población, independientemente de su credo religioso, su posición social, edad o postura política, tenga acceso al patrimonio generado por la sociedad en su conjunto.

Los objetivos de una política cultural para Chavolla pueden enumerarse de manera general como ampliar los espacios de libertad a la producción artística y a las manifestaciones de la cultura; recuperar espacios públicos como lugares no sólo de encuentro y recreación ciudadana sino también de información, diálogo e intercambios; expandir la actividad artística; mejorar la gestión, producción y comercialización de las industrias culturales; ampliar la comprensión del patrimonio cultural más allá de criterios de carácter exclusivamente histórico y estético, incentivando la valoración, protección y difusión del mismo; mejorar la sociabilidad y el papel educativo de museos, bibliotecas, archivos, monumentos y otros espacios semejantes; contribuir al desarrollo del pluralismo y la tolerancia; estimular la creación y difusión de las culturas de los pueblos originarios; mejorar el rendimiento de la institucionalidad pública; incrementar el intercambio y la cooperación cultural entre las naciones.

En definitiva, la mejor política cultural de un país es un plan económico que lleve al bienestar colectivo e individual.  Pero sin paternalismos de ninguna especie, sino como un deber ser del Estado incluyente, intercultural y plurinacional bajo el cual la Constitución asegura que vivimos como una realidad perentoria y cotidiana. Para poner un ejemplo, la política pública en salud, que se traduce en servicio, debe ser análoga a la política pública cultural: establecer un acercamiento del hecho cultural al público consumidor del mismo modo que la salud pública acerca el servicio al usuario. Y esto pasa por garantizar los recursos sin exigencias políticas o afinidades ideológicas, tal y cual lo hace el sistema de salud a un paciente al que no se le pregunta si es de izquierdas o de derechas para brindarle la atención médica que es un derecho, por lo demás, consagrado en la Constitución como los derechos culturales proclamados en esa disposición legal.

No es realista tampoco exigir al Estado una revolución cultural si los actores de la cultura están en otra cosa. La cultura no es un pretexto para otros fines, es un fin existencial de los pueblos en sí misma como su forma de ser, pensar y de sentir. En tal sentido, la cultura como tejido social  que abarca las distintas formas y expresiones de una sociedad determinada reclama del Estado recursos como un derecho inalienable, y servicio como una gestión inherente a su rol incluyente. Ya la política del chantaje cultural farandulero – se supone- quedó atrás, aquella que nos daba pan a cambio de circo. Hoy día, mañana y siempre, la cultura sobrevivirá como un hecho posible al amparo de su propia dignidad material y de su propia libertad incondicional.