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domingo, 17 de abril de 2016

EL SISMO DE LA DESINFORMACIÓN

Por Leonardo Parrini

El terremoto del sabado 16 de abril en Ecuador deja enseñanzas que, por terribles, se aprenden enseguida. Una hora vespertina aciaga vivió el país ayer ante un terremoto de intensidad grado 7.8 con epicentro en la costa central ecuatoriana, que devastó seis provincias con un saldo que bordea centenares de muertos y el millar de heridos. El terremoto en sus entretelones, provocó un colapso en la información del país. Había transcurrido más de una hora del temblor y los ecuatorianos permanecían absolutamente desinformados de la tragedia, sea porque un sistema de restricción oficial debía dar la versión inicial de los hechos, sea porque los medios de comunicación no son capaces de abastecer las necesidades informativas con sus equipos de turno durante un fin de semana. La falta de información, pública y privada, provocó una avalancha de versiones improvisadas en redes sociales con el consecuente pánico popular, por falta de conocimiento sobre el terremoto y su impacto en el territorio ecuatoriano.

¿Qué sentido tiene demorar la información si las redes sociales se convierten, en forma espontánea, en medios de difusión de lo que está ocurriendo en el país? El terremoto deja al descubierto los cimientos de un sistema de información nacional restringido que decide informar la versión oficial, debido a la conocida y tradicional pérdida de confianza en los medios informativos que especulan, alarman y finalmente contribuyen al pánico colectivo en circunstancias de desastres nacionales. Los medios fueron sacudidos por su incapacidad de informar ampliamente o al menos contribuir a mantener conectado al país ante el colapso de los sistemas telefónicos y otros canales de circulación de noticias. No obstante, al fragor de la confusión popular provocada por los efectos dramáticos del terremoto, periodistas locales o independientes hacían esfuerzos denodados para mantener una línea de comunicación con el resto del país. Un ejemplo destacable es el portal periodístico Amazonia Viva y la gestión del periodista Marco Cabezas que desde la ciudad amazónica del Puyo, provincia de Pastaza, localizada a varios cientos de kilómetros del epicentro, mantenía una línea de información con imágenes y detalles de la magnitud de la tragedia al instante de ocurrir el sismo. En otro ángulo del tema, la información acerca del terremoto ecuatoriano circuló con mayor efectividad a nivel internacional, al punto que las agencias informativas extranjeras entregaban datos de lo que estaba sucediendo en Ecuador, mientras que familiares en el exterior se comunicaron a pocos minutos del sismo con sus pariente en el país.

El sismo llama a reflexionar seriamente si es garantía de calidad y oportunidad informativa restringir la información a la versión oficial. Y consecuentemente, amerita pensar si los medios están en capacidad de jugar un rol informativo adecuado y responsable en casos de desastre nacional. A la ciudadanía no le interesa medir quién es más creíble ante la tragedia, si el gobierno o la oposición mediática. Los ciudadanos, víctimas, damnificados y familiares, tienen el derecho irrenunciable a una información oportuna, clara y responsable durante un desastre natural por elemental sentido humanitario. Debemos estar muy claros si frente una catástrofe nacional es preferible el silencio agobiante, antes que una orientadora información distribuida con la mayor agilidad posible. El sismo derrumbó la credibilidad de nuestros sistemas informativos, porque confirma la falta de confianza mutua que prima entre el régimen oficial de información y las empresas mediáticas. Es hora urgente de reconstruir la fe informativa del país. La duda es una réplica que derrumba la seguridad del Ecuador en sí mismo.

Es hora de posponer la baja política de hacer zancadillas al oponente para sacar réditos electorales y hacerlo caer en el descredito popular. Que no se diga en los siguientes días que la ayuda a los damnificados no llega oportunamente, que no hay libre circulación de la información o que cada cual lleva el agua a su molino electoral ante el desastre. Que no se diga que la empresa de construcción nacional está en entredicho por el colapso de edificaciones modernas que no tienen un solo ladrillo antisísmico. Que no se piense que los sistemas de construcción criollos son un fraude nacional. Cuidado con sacar mezquinas cuentas de campaña tratando de provocar desazón nacional para acorralar aún más a un régimen de por sí disminuido ante el país.

Ante esta nueva tragedia  que atormenta al Ecuador es hora de la serenidad y unidad nacional. Es la hora de la solidaridad incondicional con los cientos de compatriotas que perdieron la vida y sus familiares y con los miles de damnificados que deja el terremoto. La activación del sistema nacional de emergencia implica un mecanismo ágil y completo de información que oriente a la ciudadanía. Es hora de revisar los sistemas  de telefonía celular que colapsaron más rápido de lo imaginado y exigir un óptimo servicio en casos de emergencia. Lo más terrible se aprende en seguida. Somos un pueblo que sabe sobrevivir a sus desgracias nacionales. Es hora de demostrarnos que somos ese país que permanece unido, solidario y bien informado, como cimientos inamovibles ante los desastres naturales.

lunes, 15 de julio de 2013

FRANCOTIRADORES EN LA RED


Por Leonardo Parrini

Los francotiradores en la red podemos ser más efectivos que armados de un rifle y apostados sobre el techo de un edificio. Esta deliberada afirmación pretende exaltar el sentido del derecho ciudadano a comunicarnos y a estar informados. A propósito de que la Ley Orgánica de Comunicación ecuatoriana está siendo estigmatizada por la prensa internacional y local como una “mordaza" a la que hay que desconocer, es pues la oportunidad de buscar nuevos espacios mediáticos ciudadanos. Si los linderos legales de la información en el Ecuador de hoy no permiten una fluida comunicación social en los medios “amordazados”, es hora de ir al encuentro de formas alternativas de intercambio informativo y relación interpersonal.  Es el momento de la desobediencia mediática, de la rebeldía contra el producto informativo y sus productores unidireccionados por el sólo afán de hacer negocios y hacer política, conforme sus intereses.

Si los agoreros de la muerte de la comunicación en el cadalso de una ley que no representa sus propósitos empresariales e ideológicos, se niegan taxativamente a observarla, pues la prerrogativa de lectores, radioescuchas y televidentes salta a la vista: buscar nuevas opciones mediáticas para hacer de la comunicación un derecho ciudadano colectivo, efectivo y proactivo.

Donde pongo el ojo, pongo el mensaje

Un “brusco shock de banalización en la prensa masiva” caracteriza los contenidos del producto mediático ofertado a diario por las empresas de comunicación. Y es bajo esa visión distorsionadora que se quiere satanizar un cuerpo legal que, precisamente, exige desbanalizar las funciones que la prensa se arroga a sí misma. Las empresas mediáticas han convertido esas funciones en un mito, en su afán desestabilizador del orden informativo pregonado por una teoría de la comunicación que se nos enseñó como una verdad absoluta en las facultades de comunicación y escuelas de periodismo. Los consabidos fundamentos de informar, entretener y educar o los mentados principios de objetividad, veracidad e imparcialidad ¿no son acaso afirmaciones ficticias o baladíes en boca de los voceros empresariales de la comunicación?

Frente a esta realidad, ciudadanos lectores, televidentes y radioescuchas nos queda otra alternativa: convertirnos en francotiradores en la red, desde los espacios sociales cibernéticos. De este modo, toca contrarrestar la tozuda actitud de los medios de negarse y negarnos a practicar y recibir una comunicación menos manipuladora, menos escandalosa y menos parcializada.

¿Qué sucedería si, al menos por un día, ningún ciudadano encendiera la radio o el televisor, ni leyera la prensa? Pues, con toda seguridad, la comunicación social acentuaría sus prácticas en medios alternativos. Ensayemos no leer periódicos, escuchar emisoras o ver televisión y comprobaremos cómo la espontánea necesidad de intercomunicarnos nos hará libres de manejar nuestros propios medios comunitarios, digitales y personales.

Seguramente surgirían más blogs personales en los cuales publicar noticias con libertad e intercambiar, sin cortapisas, textos e imágenes representativas de nuestra realidad inmediata. La urgente necesidad de exigir calidad a los contenidos mediáticos ya no dependería de terceros, cada cual desarrollaría su estilo personal de decir las cosas y, de este modo, mejoraría su capacidad de comunicarse. Se acrecentaría el espíritu crítico y propositivo de las personas, puesto que sin censura y sin la intermediación de un aparato de comunicación, hoy incontrolable, apuntaríamos con mayor certeza y efectividad a señalar lo bueno, lo malo y lo feo de la sociedad.  

Es muy probable que leyendo menos periódicos, viendo menos televisión o escuchando en menor medida las radios, se produzca un mayor intercambio informativo por chateo en las redes sociales. Los tuiteros se multiplicarían como comunicadores de novedades cotidianas y el muro del Facebook podría ser el principal medio comunitario y personal por excelencia. Ahora que en Argentina ha surgido la alternativa del Facepopular, como opción válida para los latinoamericanos de tener nuestra propia red social, es la inmejorable ocasión para convertirnos en francotiradores en la red, apostados en un lugar estratégico y privilegiado de practicar la comunicación como un derecho individual y colectivo.

Claro, no importa que esta idea forme parte de una hermosa utopía, pero ¿no es así como surgen las grandes transformaciones sociales? Las prácticas de comunicación comunitaria digital, están llamadas a ser el espacio de restauración del maltratado principio que dice que comunicar es poner en común los sentimientos e ideas de las personas. A partir de entonces, la comunicación devolvería al ciudadano común la potestad de ser -desde sus propios intereses-, el motor para el retorno de grandes causas colectivas, sin intermediarios.