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miércoles, 6 de febrero de 2013

ELECCIONES ECUATORIANAS: ENTRE LA DEMAGOGIA, EL PATERNALISMO Y LA DISCRIMINACIÓN



Por Leonardo Parrini

Hay un viejo dicho que sentencia: yo te ofrezco busca quien te dé. Ese silogismo popular del que hablaban los abuelos parece ser la fórmula electoral más ocurrente y recurrente en la campaña electoral ecuatoriana, como expresión de la cultura de la demagogia tan arraigada en nuestro país.

A pocas semanas de iniciada la campaña el país presenció una suerte de disputa entre quienes se atribuían la paternidad responsable del bono solidario, y más aun, de su incremento como promesa electoral típicamente clientelar. El candidato banquero Guillermo Lasso, el candidato coronel Lucio Gutiérrez y el candidato oficial Rafael Correa se entreveraron en una carrera por demostrar quién era el autor de la idea de dar bonos de la pobreza y de cómo y cuánto elevar el monto de dicho bono de forma inmediata. Cándidos, el banquero y el coronel, cayeron en la ingenuidad de competir con el candidato-presidente que, no sólo sabe cómo mejorar el monto del bono, sino que además cuenta con los recursos petroleros para hacerlo.

El clientelismo electoral ha sido practicado por casi todos los políticos latinoamericanos, y en particular por los ecuatorianos, que encuentran en la oferta fácil del toma y daca, un resorte que dispare la votación su favor. A las viejas fórmulas del populismo clásico de Velasco Ibarra que pedía “un balcón para ser presidente”, seguro del influjo de su verbo populachero y oferente, se suma la presencia del magnate candidato bananero Álvaro Noboa que ha prometido convertir al Ecuador en “un país de clase media”, es decir, terminar con los pobres. Como bien apunta Juan Cuvi: “Antes, las promesas quedaban en el plano de las expectativas e ilusiones propias de nuestro sistema político. Hoy corremos el riesgo de que cualquier candidato, con una adecuada dosis de elocuencia y entusiasmo, fuerce al Presidente a tomar medidas improvisadas para contrarrestar la puesta de mano”

La demagogia y el clientelismo dominante en las contiendas electorales ecuatorianas es una constante que surge en cada proceso electoral, como un componente de nuestra cultura política. En ese sentido, es acertada la lectura que hace Cuvi: “El baratillo de ofertas ha sido un ingrediente consustancial de nuestra sazón electoral. No de otro modo se explica que Álvaro Noboa reincida en su estrategia de prometer imposibles. A fin de cuentas, la maniobra le ha dado resultados entre exitosos y pasables”

La vieja nueva fórmula

A pocos días de los comicios del 17 de febrero, a la demagogia electoral se suma un elemento inusitado que, de no ser porque resulta trivial reconocerlo en los discursos del candidato-pastor Nelson Zavala y del candidato-bananero Álvaro Noboa, debería preocuparnos que a estas alturas de la vida el engaño y la exclusión sean campantes fórmulas de promesa electoral en el Ecuador.

En reciente decisión el CNE, Consejo Nacional Electoral, aplicó sendas advertencias a Zabala y a Noboa por sus prácticas de campaña. En el primer caso, el organismo electoral fue categórico con el pastor evangélico del Partido Roldocista Ecuatoriano, PRE, en advertirle que no puede usar “un lenguaje discriminatorio contra la comunidad de Gays, Lesbianas, Bisexuales, Transgéneros e Intersexos GLBTI)”. A lo que el candidato pastor respondió “Parece ser que el CNE piensa que el Ecuador es corrupto, es inmoral y es homosexual. Ustedes están equivocados. Los ecuatorianos somos gente decente… ser homosexual no es digno…por eso este 17 de febrero vamos a silenciar a todos estos inmorales, en el nombre de nuestro Señor”. No contento con aquello, el pastor amenazó con impedir el ingreso al Ecuador de la cantante pop Madona, en caso de ser elegido presidente.

La amenaza del candidato pastor, al más puro estilo de los intolerantes regímenes totalitarios, resulta un despropósito en un país donde la diversidad es el signo de nuestro tiempo. Sin embargo, es pertinente recordar que el jefe de la campaña del pastor, el defenestrado ex presidente Abdala Bucaram, cuando fue Gobernador del Guayas, ya las emprendió contra el uso de las minifaldas en la ciudad y contra el filme La Luna del italiano Bertolucci, que prohibió en las carteleras en Guayaquil “por inmoral”.

El organismo electoral ecuatoriano también observó la práctica electoral del magnate Álvaro Noboa quien recurre con frecuencia a la dadiva por doquier. Diario El Comercio al respecto reportó: “Como pruebas, se entregaron los videos de tres canales de televisión, en los cuales se observa a Noboa entregar víveres, colchones, implementos de aseo, entre otros obsequios. Por ello, el TCE determinó que el candidato habría incurrido en la prohibición establecida en el artículo 204 de la Ley Orgánica Electoral.”.

Estos viejos y nuevos procedimientos electorales, se explican en la falta de tolerancia y sentido democrático, propio de los regímenes y movimientos populistas que oscilan y asientan su existencia entre el autoritarismo y el clientelismo. Prácticas que corresponden a los estilos políticos de una clase dirigente desplazada del poder en el Ecuador en la última decada. Por eso que no sorprende que a falta de tesis ideológicas y políticas en favor de resolver las necesidades populares, en un desesperado intento de recuperación del poder perdido, se impongan en la campaña electoral ecuatoriana fórmulas marcadas por la demagogia, el paternalismo y la discriminación, salpicados de una buena dosis de moralismo cuartelero que les caracteriza.

jueves, 17 de enero de 2013

LOS EXTREMISMOS DEL PREDICADOR INTOLERANTE



Por Leonardo Parrini

Que los extremos se tocan, es una verdad que manejaba mi madre con mucha convicción. Igualmente compartía la idea que quien pregona, lo hace alardeando de aquello que adolece. Parafraseando a mi madre, diré que quien predica cojea del lado que moraliza. En política estas luminosas verdades de mi madre se expresan en una figura intolerante en la campaña presidencial ecuatoriana: la retórica moralista como argumento político. No deja de ser curioso que en un país con una Constitución archidemocrática, un individuo pretenda ser elegido Presidente de la República con argumentos que contradicen, diametralmente opuestos, a las tesis sociales incluyentes y garantistas de dicha carta constitucional.

Pero, como mi madre tenía razón, quien predica a los cuatro vientos su condición, oculta bajo la manga aquello que no es, puesto que, aquel que tiene conciencia de sus valores no necesita pregonarlos a destajo. Pero en política no hay lógica; tanto así, que la demagogia pone en boca del más recatado expresiones como las que estos días oímos en boca de un candidato predicador evangélico que denosta a sus semejantes en nombre de Dios, con el más recalcitrante absolutismo ideológico, en tiempos en que la diversidad de opinión es cada día más valorada en el Ecuador democrático de hoy.

Escuchar por una emisora de radio, a estas alturas de la vida, en boca de un candidato que los homosexuales son el fruto de un acto sodomita de sus padres causa, por decir lo menos, estupor. Puesto que en Ecuador corren vientos de inclusión y de respeto a las más diversas opiniones, acciones y omisiones de cada ciudadano y ciudadana, sorprende que la intolerancia sea promesa de campaña electoral y práctica de quien, desde un inaceptable fundamentalismo, pretende dirigir los destinos del país. Más allá de que las encuestas no reflejen ninguna posibilidad para que el susodicho candidato sea elegido Presidente, sus expresiones invitan a reflexionar sobre el carácter extremista de estas perlas: “Que si en Europa este tipo de relaciones (homosexuales) están permitidas, pues que se vayan todos para allá, recomendó. Y algo no menos indignante que lo anterior: que sus recursos económicos provienen de la creación de siete iglesias. Y que fue el mismísimo Dios quien le pidió que sea candidato y salve a los ecuatorianos”

Intolerancia neofascista

La historia de la humanidad registra, no pocas ocasiones, versiones del discurso nazi fascista. Entre los argumentos manidos de los dictadores está la alusión demagógica a ciertos talantes humanos como el sentido obsesivo del deber, la homofobia, el furibundo desprecio por las razas de color o la misoginia extrema. No es casual constatar, entonces, que las dictaduras son intransigentes con la diversidad. Los dictadores son moralistas. Los dictadores maniqueistas dividen al mundo entre el bien y el mal, como expresión de una sospechosa moralina cuartelera.

Los dictadores, Adolfo Hitler y Augusto Pinochet las emprendieron contra los homosexuales en una forma de autoafirmación de género machista que refleja la génesis violenta del comportamiento político y social de sus dictaduras. El primero los exterminó junto a los judíos, y el segundo los echó al mar desde un barco-mazmorra. Todo moralista es violentamente fundamentalista y todo fundamentalismo es irrespetuoso de los derechos y matices humanos.  

Andar aferrado a sus dioses, es otro acto de absolutismo ideológico de quienes adolecen de aquello que predican. Algo así, como decía mi madre, el diablo vendiendo cruces. Siempre con la fatua misión de pastorear ovejas descarriadas, estos fanáticos dan en la cabeza con la biblia a todo el mundo, sin mirar la paja en el ojo propio. Las fobias son una característica de los dictadores. Fobias contra esto y aquello, contra el negro, el amarillo y el gay. Fobia, como rechazo neurótico de aquello que no alcanzan a comprender. Hablar en nombre de Dios y negar, en la práctica, el principio de universalidad, es un clamoroso contrasentido. Pretender salvar a la humanidad despreciando al hombre, es obra de esquizofrénicos. No hay peligro mayor que cuando se mezclan, en una amalgama de intolerancia, fanatismo religioso, intransigencia política y fuerza bruta. El balance de esta funesta trilogía, en algunas naciones del mundo, se ha escrito siempre con sangre. Ecuador está a tiempo de impedirlo y mi madre lo sabe.