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viernes, 11 de septiembre de 2015

HOMENAJE A SALVADOR ALLENDE

 

Un día como hoy, el martes 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende Gossens, Presidente Constitucional de Chile, moría en el Palacio de la Moneda combatiendo contra la arremetida, por aire y tierra, del Ejército chileno, durante el golpe de Estado más cruento de la historia de la humanidad. El Presidente mártir ofrendó su vida a la causa de la revolución y con su ejemplo marcó un derrotero de dignidad y consecuencia política para el futuro de las generaciones venideras.

Hoy al conmemorar 42 años de ese suceso, LAPALABRABIERTA rinde homenaje al dirigente de la Revolución chilena en la voz de tres grandes latinoamericanos: Eduardo Galeano, Pablo Neruda y Gabriel Garcia Márquez. Tres voces imperecederas, testigos de nuestro tiempo, que relievan la figura y memoria de Salvador Allende con palabras que permanecen grabadas en el atrio de la historia de la patria grande.  

SALVADOR ALLENDE EN LA MONEDA, EL 11 DE SEPTIEMBRE DE 1973.
Por Eduardo Galeano

Por valija diplomática llegan los verdes billetes que financian huelgas y sabotajes y cataratas de mentiras. Los empresarios paralizan a Chile y le niegan alimentos. No hay más mercado que el mercado negro. Largas colas hace la gente en busca de un paquete de cigarrillos o un kilo de azúcar; conseguir carne o aceite requiere un milagro de la Virgen María Santísima.

La Democracia Cristiana y el diario «El Mercurio» dicen pestes del gobierno y exigen a gritos el cuartelazo redentor, que ya es hora de acabar con esta tiranía roja; les hacen eco otros diarios y revistas y radios y canales de televisión. Al gobierno le cuesta moverse; jueces y parlamentarios le ponen palos en las ruedas, mientras conspiran en los cuarteles los jefes militares que Allende cree leales.

En estos tiempos difíciles, los trabajadores están descubriendo los secretos de la economía. Están aprendiendo que no es imposible producir sin patrones, ni abastecerse sin mercaderes. Pero la multitud obrera marcha sin armas, vacías las manos, por este camino de su libertad. Desde el horizonte vienen unos cuantos buques de guerra de los Estados Unidos, y se exhiben ante las costas chilenas. Y el golpe militar, tan anunciado, ocurre.

Le gusta la buena vida. Varias veces ha dicho que no tiene pasta de apóstol ni condiciones para mártir. Pero también ha dicho que vale la pena morir por todo aquello sin lo cual no vale la pena vivir. Los generales alzados le exigen la renuncia. Le ofrecen un avión para que se vaya de Chile. Le advierten que el palacio presidencial será bombardeado por tierra y aire. Junto a un puñado de hombres, Salvador Allende escucha las noticias. Los militares se han apoderado de todo el país. Allende se pone un casco y prepara su fusil. Resuena el estruendo de las primeras bombas. El presidente habla por radio, por última vez: Yo no voy a renunciar…

Una gran nube negra se eleva desde el palacio en llamas. El presidente Allende muere en su sitio. Los militares matan de a miles por todo Chile. El Registro Civil no anota las defunciones, porque no caben en los libros, pero el general Tomás Opazo Santander afirma que las víctimas no suman más que el 0,01 por 100 de la población, lo que no es un alto costo social, y el director de la CIA, William Colby, explica en Washington que gracias a los fusilamientos Chile está evitando una guerra civil. La señora Pinochet declara que el llanto de las madres redimirá al país. Ocupa el poder, todo el poder, una Junta Militar de cuatro miembros, formados en la Escuela de las Américas en Panamá. Los encabeza el general Augusto Pinochet, profesor de Geopolítica. Suena música marcial sobre un fondo de explosiones y metralla: las radios emiten bandos y proclamas que prometen más sangre, mientras el precio del cobre se multiplica por tres, súbitamente, en el mercado mundial.

El poeta Pablo Neruda, moribundo, pide noticias del terror. De a ratos consigue dormir y dormido delira. La vigilia y el sueño son una única pesadilla. Desde que escuchó por radio las palabras de Salvador Allende, su digno adiós, el poeta ha entrado en agonía.













MI PUEBLO HA SIDO EL MÁS TRAICIONADO DE ESTE TIEMPO
Por Pablo Neruda

De los desiertos del salitre, de las minas submarinas del carbón, de las alturas terribles donde yace el cobre y lo extraen con trabajos inhumanos las manos de mi pueblo, surgió un movimiento liberador de magnitud grandiosa. Ese movimiento llevó a la presidencia de Chile a un hombre llamado Salvador Allende, para que realizara reformas y medidas de justicia inaplazables, para que rescatara nuestras riquezas nacionales de las garras extranjeras.

Donde estuvo, en los países más lejanos, los pueblos admiraron al presidente Allende y elogiaron el extraordinario pluralismo de nuestro gobierno. Jamás en la historia de la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, se escuchó una ovación como la que le brindaron al presidente de Chile los delegados de todo el mundo.

Aquí en Chile se estaba construyendo, entre inmensas dificultades, una sociedad verdaderamente justa, elevada sobre la base de nuestra soberanía, de nuestro orgullo nacional, del heroísmo de los mejores habitantes de Chile. De nuestro lado, del lado de la revolución chilena, estaban la Constitución y la ley, la democracia y la esperanza. Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, payasos a granel, terroristas de pistola y cadena, monjes falsos y militares degradados.

Unos u otros daban vueltas en el carrusel del despecho. Iban tomados de la mano el fascista Jarpa con sus sobrinos de “Patria y Libertad”, dispuestos a romperles la cabeza y el alma a cuanto existe, con tal de recuperar la gran hacienda que ellos llamaban Chile. Junto con ellos, para amenizar la farándula, danzaba un gran banquero y bailarín, algo manchado de sangre; era el campeón de rumba González Videla, que rumbeando entregó hace tiempo su partido a los enemigos del pueblo. Ahora era Frei quien ofrecía su partido demócrata – cristiano a los mismos enemigos del pueblo, y bailaba además con el ex coronel Viaux, de cuya fechoría fue cómplice.

Estos eran los principales artistas de la comedia. Tenían preparados los viveros del acaparamiento, los “miguelitos”, los garrotes y las mismas balas que ayer hicieron de muerte a nuestro pueblo en Iquique, en Ranquil, en Salvador, en Puerto Montt, en la José Maria Caro, en Frutillar, en Puente Alto y en tantos otros lugares. Los asesinos de Hernán Mery bailaban con naturalidad santurronamente. Se sentían ofendidos de que les reprocharan esos “pequeños detalles”.

Chile tiene una larga historia civil con pocas revoluciones y muchos gobiernos estables, conservadores y mediocres. Muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende. Es curioso que los dos provinieran del mismo medio, de la burguesía adinerada, que aquí se hace llamar aristocracia. Como hombres de principios, empeñados en engrandecer un país empequeñecido por la mediocre oligarquía, los dos fueron conducidos a la muerte de la misma manera.

Balmaceda fue llevado al suicidio por resistirse a entregar la riqueza salitrera a las compañías extranjeras. Allende fue asesinado por haber nacionalizado la otra riqueza del subsuelo chileno, el cobre. En ambos casos la oligarquía chilena organizó revoluciones sangrientas. En ambos casos los militares hicieron jauría. Las compañías inglesas en la ocasión de Balmaceda, las norteamericanas en la ocasión de Allende, fomentaron y sufragaron estos movimientos militares.

En ambos casos las casas de los presidentes fueron desvalijadas por órdenes de nuestros distinguidos “aristócratas”. Los salones de Balmaceda fueron destruidos a hachazos. La casa de Allende, gracias al progreso del mundo, fue bombardeada desde el aire por nuestros heroicos aviadores.

Sin embargo, estos dos hombres fueron muy diferentes. Balmaceda fue un orador cautivante. Tenía una complexión imperiosa que lo acercaba más al mando unipersonal. Estaba seguro de la elevación de sus propósitos. En todo instante sé vio rodeado de enemigos. Su superioridad sobre el medio en que vivía era tan grande, y tan grande su soledad, que concluyó por reconcentrarse en sí mismo.

El pueblo que debía ayudarle no existía como fuerza, es decir, no estaba organizado.Aquel presidente estaba condenado a conducirse como iluminado, como un soñador: un sueño de grandeza se quedó en sueño. Después de su asesinato, los rapaces mercaderes extranjeros y los parlamentarios criollos entraron en posesión del salitre: para los extranjeros, la propiedad y las concesiones; para los criollos las coimas.

Recibidos los treinta dineros todo volvió a su normalidad. La sangre de unos cuantos miles de hombres del pueblo se secó pronto en los campos de batalla. Los obreros más explotados del mundo, los de las regiones del norte de Chile, no cesaron de producir inmensas cantidades de libras esterlinas para la City de Londres.

Allende nunca fue un gran orador. Y como estadista era un gobernante que consultaba todas sus medidas. Fue el anti dictador, el demócrata principista hasta en los detalles. Le tocó un país que ya no era el pueblo bisoño de Balmaceda; encontró una clase obrera poderosa que sabía de qué se trataba. Allende era dirigente colectivo; un hombre que, sin salir de las clases populares, era un producto de la lucha de esas clases contra el estancamiento y la corrupción de sus explotadores. Por tales causas y razones, la obra de que realizó en tan corto tiempo es superior a la de Balmaceda; más aún, es la más importante en la historia de Chile.

Sólo la nacionalización del cobre fue una empresa titánica, y muchos objetivos más se cumplieron bajo su gobierno de esencia colectiva. Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación.

El simbolismo trágico de esta crisis se revela en el bombardeo del Palacio de Gobierno; uno evoca la Blitz Krieg de la aviación nazi contra indefensas ciudades extranjeras, españolas, inglesas, rusas; ahora sucedía el mismo crimen en Chile; pilotos chilenos atacaban en picada el palacio que durante siglos fue el centro de la vida civil del país.

Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte de mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras de visible suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A reglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el Presidente de la República de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su corazón, envuelto en humo y llamas.

Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque nunca renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en si misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las metralletas de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile.”









LA VERDADERA MUERTE DE UN PRESIDENTE
Por Gabriel García Márquez

La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado, y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa. La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno, sino desde el poder.

Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni siquiera era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano construyó para fábrica de dinero y terminó convertida en el refugio de un Presidente sin poder.
Resistió durante seis horas con una metralleta que le había regalado Fidel Castro y que fue la primera arma de fuego que Salvador Allende disparó jamás.

El periodista Augusto Olivares que resistió a su lado hasta el final, fue herido varias veces y murió desangrándose en la asistencia pública. Hacia las cuatro de la tarde el general de división Javier Palacios, logró llegar hasta el segundo piso, con su ayudante el capitán Gallardo y un grupo de oficiales. Allí entre las falsas poltronas Luis XV y los floreros de Dragones Chinos y los cuadros de Rugendas del salón rojo, Salvador Allende los estaba esperando. Llevaba en la cabeza un casco de minero y estaba en mangas de camisa, sin corbata y con la ropa sucia de sangre. Tenía la metralleta en la mano. Allende conocía al general Palacios. Pocos días antes le había dicho a Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso, que mantenía contactos estrechos con la Embajada de los EE.UU. Tan pronto como lo vio aparecer en la escalera, Allende le gritó: Traidor y lo hirió en la mano.

Allende murió en un intercambio de disparos con esa patrulla. Luego todos los oficiales en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo. Por último un oficial le destrozó la cara con la culata del fusil. La foto existe: la hizo el fotógrafo Juan Enrique Lira, del periódico El Mercurio, el único a quien se permitió retratar el cadáver. Estaba tan desfigurado, que la Sra. Hortensia Allende, su esposa, le mostraron el cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara. Había cumplido 64 en el julio anterior y era un Leo perfecto: tenaz, decidido e imprevisible.

Lo que piensa Allende sólo lo sabe Allende, me había dicho uno de sus ministros. Amaba la vida, amaba las flores y los perros, y era de una galantería un poco a la antigua, con esquela perfumada y encuentros furtivos. Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que lo había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la voluntad de los partidos de la oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro.

El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo, que se quedó en nuestras vidas para siempre.

lunes, 9 de septiembre de 2013

A CUARENTA AÑOS DEL DERROCAMIENTO DE SALVADOR ALLENDE


Por Leonardo Parrini

Han trascurrido cuarenta años desde que el 11 de septiembre de 1973 los militares chilenos dieron el golpe de Estado que terminó con la vida del Presidente Salvador Allende. Fecha mítica, marcada con sangre en el calendario de los chilenos, que mantiene viva la evocación de ese martes de invierno cuando los aviones de la fuerza aérea, en sobrevuelo rasante sobre La Moneda, bombardearon con cohetes las ventanas del despacho presidencial y provocaron el dantesco incendio que precedió el asalto de las tropas golpistas al palacio de gobierno.

En los interiores de la sede gubernamental en llamas, un puñado de hombres liderados por el Presidente Allende resistió el asedio, por aire y tierra, de las FF.AA. que pocos días antes habían jurado lealtad al sistema democrático vigente. Mitológicos, como son Chile y los chilenos, no advirtieron que detrás de la metáfora democrática acechaba la traición castrense a un país fracturado por irreconciliables odios de clases. Un enfrentamiento exacerbado por el proceso revolucionario que se propuso transformar la estructura política y social de Chile, considerado el país más excluyente del mundo.

Al momento del golpe militar del 73 habían transcurrido mil días desde que Allende asumiera el poder el 4 de septiembre de 1970, sorteando toda clase de obstáculos legalistas y políticos. Allende, al no obtener la mayoría absoluta de votos, tuvo que ser ratificado en el Congreso por las fuerzas de izquierda, con apoyo de parlamentarios derechistas y democratacristianos que condicionaron el reconocimiento del triunfo electoral de la Unidad Popular a la firma de un estatuto de garantías que dejó a Allende con las manos atadas para gobernar, conforme su programa de gobierno.

Salvador Allende asumió el poder como presidente de un gobierno popular, antiimperialista y democrático que se propuso “echar las bases del socialismo”. En esa línea de acción creó un área estatal de la economía mediante expropiaciones de las industrias estratégicas del cobre, textiles, metalmecánicas, alimentarias y petroquímicas, entre otras, que pasaron a control de comités de obreros y empleados. Una profunda reforma agraria expropió los latifundios superiores a las 10 mil hectáreas y puso las tierras productivas en manos de los campesinos. En el plano político, el mayor logro de la revolución liderada por el Presidente Allende -con “sabor a empanadas y vino tinto”-, fue el fortalecimiento de las organizaciones de trabajadores, estudiantes y pobladores. Nunca antes el país vivió un proceso de participación ciudadana de mayor envergadura.  

En el campo cultural, el Estado fomentó la producción artística, literaria, musical y cinematográfica, y la editorial estatal Quimantú inundó el país de libros de autores chilenos y extranjeros. Un proyecto docente revolucionario quedó sin efecto por la oposición tenaz de los sectores eclesiásticos que veían disminuidos sus privilegios, como propietarios y regentadores de gran parte del negocio educativo privado.     

El régimen de Allende ostenta un antecedente inédito: ser el primer gobierno chileno que crece, electoralmente, luego de dos años de ejercicio en el poder. En las elecciones parlamentarias de marzo de 1972, la Unidad Popular obtuvo un 43,6% de la votación, superando el 36,3% de los sufragios que llevaron a Salvador Allende a la presidencia. Ese resultado fue una nítida muestra de la aceptación popular al proceso que conducía a la sociedad chilena hacia el socialismo por la vía pacífica. Las fuerzas reaccionarias lo entendieron con claridad y, a partir de entonces, se entregaron a la subversión armada en busca de un golpe de Estado violento y sanguinario.

En octubre de 1972, un paro nacional de transportistas paralizó Chile y abrió las puertas a la desestabilización que concluyó en el golpe militar del 11 de septiembre del 73. Desde ese momento las sonadas fascistas, organizadas por partidos y movimientos de ultra derecha, se tomaron las calles hasta convertirlas en escenario de batallas campales entre la oposición y las fuerzas revolucionarias que defendían al régimen de Allende.

¿Por qué cayó Salvador Allende?

El gobierno de la Unidad Popular no pudo sostenerse porque no creó condiciones de consolidación política, económica y social. La principal causa del derrocamiento de Allende fue el efecto de la estrategia norteamericana de desestabilizar al régimen financiando, a través de la transnacional International Telephone and Telegraph ITT, a movimientos de ultra derecha que generaron las condiciones para el golpe militar dirigidos por la CIA. La segunda causa directa de la caída del gobierno de Allende, fueron las acciones contrarrevolucionarias perpetradas, con odio visceral, por la clase política desplazada del poder y que jamás había abandonado sus privilegios en Chile. Acción política que siempre contó con el eco favorable de una prensa alineada, históricamente, a los intereses de los grandes grupos económicos de Chile, y que orquestó una estruendosa campaña terrorista mediática en contra del régimen de Allende.

La tercera causa fue la permanente división política al interior del movimiento revolucionario, estimulada por sectores ultraizquierdistas y fracciones socialistas que no comprendieron que la unidad y la organización de masas era la única garantía del proceso revolucionario y que en cambio practicaron el foquismo político con acciones opositoras al gobierno de Allende. La falta de cohesión política se convirtió en trampa mortal para el proceso revolucionario chileno.

En el terreno económico el sistema estatal de abastecimiento fue insuficiente a la hora de satisfacer las necesidades básicas de la población que hacía largas colas para conseguir víveres, que eran acaparados y escondidos por comerciantes mayoristas y minoristas opuestos al gobierno. Estos hechos crearon un creciente descontento popular. En términos sociales e ideológicos, la revolución chilena logró convencer a la mitad de la población; la otra mitad mantuvo una rabiosa oposición al primer experimento socialista latinoamericano que llegaba al poder por la vía electoral en Chile.

A la luz de la historia la enseñanza del episodio revolucionario chileno continúa vigente. El actual proceso de cambios que tiene lugar en países como Ecuador, Venezuela y Bolivia, puede enriquecerse con una transparente lección: el enemigo principal de la revolución no descansa en su objetivo de hacer reversible la transformación estructural de la sociedad y, junto a ese enemigo, los quintacolumnistas de ultraizquierda que no entienden el imperativo de la unidad, provocan tanto o más daño al proceso a nombre de la propia revolución.

Chile experimentó hace cuatro décadas una revolución profunda, en cuando a la implementación de un programa de gobierno popular, antiimperialista y democrático que construía las bases de una sociedad socialista por la vía pacífica. ¿Por qué ese programa no contempló la defensa del proceso revolucionario en términos armados? La respuesta divide hasta hoy a los chilenos. En el escudo de Chile reza airosa la consigna: por la razón o la fuerza. La razón del pueblo chileno no fue defendida, en su momento, por la fuerza. ¿Estuvo allí la mayor debilidad de la revolución chilena? La historia tiene la palabra.