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jueves, 24 de diciembre de 2015

LA INCONSECUENTE NAVIDAD

Por Lucrecia Maldonado

Cuando en ocasiones y en ciertos ámbitos afirmo que no creo en la existencia histórica del personaje de Jesús de Nazaret, las personas en mi entorno reaccionan de maneras un poco más insólitas que mi afirmación. Algunos responden, como en un acto reflejo: “Sí existió”. Hay quien simplemente me mira con algo muy cercano a la repulsión y luego cambia abruptamente de tema, como si no mereciera la pena detenerse en algo tan aberrante como mi afirmación. Corre por el mundo a mi alrededor no la creencia, sino la certeza de que soy atea. Porque en el Quito en donde yo me desenvuelvo solo caben tres posibilidades: católica, evangélica o atea… ah, y una cuarta que no se menciona por temor reverencial a las oscuras fuerzas del universo dark: satánica.

En realidad, estas incidencias me divierten un poco. No creo en la existencia histórica de Jesús de Nazaret, pero me parece que, al menos desde mis intenciones, me esfuerzo por seguir sus enseñanzas con mucho mayor empeño que bastantes de aquellos que se perturban cuando lo afirmo.

Hace algunos años llegó a mis manos la obra del filósofo inglés Bertrand Russell, Por qué no soy cristiano, en donde la premisa básica dice que en realidad, en el mundo en que vivimos, nadie puede llamarse cristiano ni cristiana. Y recuerdo una frase, un poco despiadada, como todas las suyas, de mi amigo Ramiro Diez, quien exclamaba en su programa de radio: “Si existe un cristiano, yo le quiero conocer”. Porque las enseñanzas del personaje cuyo nacimiento celebramos en estos días no se han hecho carne ni realidad en nuestro mundo de los albores del siglo XXI. Al menos no de la manera notoria y transformadora que él pretendió. Dos mil quince años de cristiandad no han logrado algo tan simple, por ejemplo, como que quienes se dicen cristianos amen a su prójimo como a sí mismos… por comenzar por un mandato sencillo. Mucho peor si nos fuéramos por temas como uno citado por Russell: “Si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrece la izquierda”… o viceversa. ¿Quién lo haría?, pregunta el filósofo inglés, y repreguntamos muchos. Nadie. Ni el mismo Jesús, cuando fue el momento, lo hizo, según el relato evangélico, pues cuando uno de los esbirros de los miembros del sanedrín le golpeó una mejilla él no ofreció la otra, sino una inteligente respuesta, impropia de un hombre en pánico ante la inminencia del suplicio: “Si he hablado mal, dime en qué me equivoqué; y si no, ¿por qué me pegas?”

Las fiestas navideñas (en realidad celebración camuflada del solsticio de invierno) son la prueba más fehaciente de la traición descarada a las enseñanzas de Jesús. Comenzando porque se celebra el nacimiento de un líder espiritual con un despliegue de bienes materiales que no veas. El supuesto aniversario de aquel que no tenía dónde reclinar la cabeza, según menciona el mismo texto doctrinal, se hace en medio del boato y del derroche monetario y económico más grande del año. Y sí: así funciona el mundo y de hecho mucha gente asegura buena parte de la economía del año siguiente en estas épocas. Sin embargo, ¿por qué se hace todo en nombre de Jesús, el rebelde de Galilea, el defensor de los pobres, el que proclamó que “más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja antes que un rico entre en el reino de los cielos”?

Por supuesto que también son fiestas de amor al prójimo y calor familiar. Lo que, en muchas circunstancias hace que quienes se encuentran solos la pasen doblemente mal. Sin embargo, tal vez por ahí se podría rescatar esa sencillez de las fiestas navideñas en familia: no la ostentación de las novenas repletas de especialidades culinarias, sino la sencilla reunión familiar en donde se compartía el calor del ágape cotidiano; no la competencia por quién da el regalo más ostentoso, sino el don de sí mismo, el abrazo, el calor de la compañía y el compartir con los seres queridos. La música de los villancicos acompañando el arquetipo del niño renacido. La flor de la inocencia. La ternura de una pareja que se apoya mientras busca un lugar donde dar a luz a su niño. La sencillez de los animalitos que acompañan, la solidaridad de los pastores, la integridad de los Magos de Oriente… Todos valores arquetípicos y profundos que sobrepasan la objetividad histórica del mito. 

Si se recuperara la sencillez de una celebración entrañable y familiar tal vez la navidad dejaría de ser el inmenso y contundente contrasentido al que nos enfrentamos cada fin de año. Y también si es que quienes se dicen cristianos, en lugar de juzgar a quienes tenemos la valentía de confesar que no lo somos, supieran practicar honestamente lo que enseñó el hermoso arquetipo de un líder al que muchos dicen amar, pero cuyo ejemplo casi nadie sigue.

martes, 24 de diciembre de 2013

CUENTO DE NAVIDAD

Por Leonardo Parrini
 
Evocar el primer juguete es tan emocionante como recordar el primer amor. Las conmociones pueden ser las mismas, el recuerdo del estremecimiento corporal por la emoción de sentirlo cerca es igual. El primer juguete y el primer amor tienen en común el descubrimiento lúdico, prodigioso del mundo. Pero además van unidos a esa provocación irrefrenable de los sentidos. 

El primer juguete pudo oler a madera, a plástico, a lata; el primer amor huele a fruta, a cuerpo tierno y chocolate. El primer juguete emerge a través de sonidos y susurros de la infancia. Suele tañer a matraca, a roce de maderas, a desenrollar un mecanismo a cuerda que lo impulsaba de un lado a otro. El primer amor tiene el eco de una risa, la armonía de una melodía lejana, el zumbido de un moscardón atrapado en un visillo en una tarde de siesta. El recuerdo de aquellos primeros afectos siempre viene asociado a resonancias íntimas, secretas. 

El primer juguete, probablemente, fue hecho por las manos hábiles y febriles de algún artesano. Mago de la madera y de la cola blanca, hacedor de artefactos que se animan por la mano de un niño. Mi primer juguete era una catapulta de madera. Mi primer amor era una muchacha de porcelana. Ambos alborotaron mi infancia de distinta y similar manera. Con esa emoción de las cosas amadas, que advienen, se quedan y van en un juego de ser y no ser. Esas cosas queridas sobre las cuales no alcanzas a sentir posesión ni pertenencia, por la sencilla razón de que son fugaces, como si fuesen prohibidas. 

Con el primer juguete jugaba en solitario, al primer amor amaba a escondidas. Ambos sabían de rincones y penumbras, de escondites secretos. La catapulta era de color verde y disparaba unos pequeños dardos de madera. Olía como huele la madera recién lijada y aroma de pintura al agua. Mi primer amor era una niña del barrio que olía como huelen las flores silvestres. 

Solía yo pasar las tardes jugando con la catapulta, disparando a monstruos imaginarios con la emoción que te confiere el poder sobre las cosas que dan o quitan la vida. Esa sensación de ser un pequeño dios, con el don de la ubicuidad en el mundo, que me hacía sentir poderoso. Con la misma plenitud que me provocaba estar junto a mi chiquilla amada. Ella solía asomarse a la ventana de su casa, tras los visillos como una imagen etérea, difusa, con un blazer marrón sobre una blusa turquesa. El cabello recogido sobre un rostro pálido y angelical, incorpóreo. 

Con el recuerdo de lo amado el tiempo quiso ensañarse y sepultar en el olvido a mi primer juguete y a mi primer amor, sin conseguirlo. Perviven como un antiguo anhelo, como una vivencia extinguida que, por lo mismo, perdura como estigma en la memoria poética, aquella que dice Kundera, nos permite recordar sólo las cosas que amamos.

Llegaron en un tiempo de iniciaciones y se quedaron para siempre entre las cosas evocadas con estremecimientos. No caben en baúl alguno de los recuerdos. Suelen revivirse con tal nitidez, que apenas es cuestión de cerrar los ojos y añorar el primer juguete y el primer amor, para volver a ser el niño que fui y que se perdió a la vuelta de una vida.

sábado, 22 de diciembre de 2012

CUENTO DE NAVIDAD

Por Leonardo Parrini
 
Evocar el primer juguete es tan emocionante como recordar el primer amor. Las conmociones pueden ser las mismas, el recuerdo del estremecimiento corporal por la emoción de sentirlo cerca es igual. El primer juguete y el primer amor tienen en común el descubrimiento lúdico, prodigioso del mundo. Pero además van unidos a esa provocación irrefrenable de los sentidos. 

El primer juguete pudo oler a madera, a plástico, a lata; el primer amor huele a fruta, a cuerpo tierno y chocolate. El primer juguete emerge a través de sonidos y susurros de la infancia. Suele tañer a matraca, a roce de maderas, a desenrollar un mecanismo a cuerda que lo impulsaba de un lado a otro. El primer amor tiene el eco de una risa, la armonía de una melodía lejana, el zumbido de un moscardón atrapado en un visillo en una tarde de siesta. El recuerdo de aquellos primeros afectos siempre viene asociado a resonancias íntimas, secretas. 

El primer juguete, probablemente, fue hecho por las manos hábiles y febriles de algún artesano. Mago de la madera y de la cola blanca, hacedor de artefactos que se animan por la mano de un niño. Mi primer juguete era una catapulta de madera. Mi primer amor era una muchacha de porcelana. Ambos alborotaron mi infancia de distinta y similar manera. Con esa emoción de las cosas amadas, que advienen, se quedan y van en un juego de ser y no ser. Esas cosas queridas sobre las cuales no alcanzas a sentir posesión ni pertenencia, por la sencilla razón de que son fugaces, como si fuesen prohibidas. 

Con el primer juguete jugaba en solitario, al primer amor amaba a escondidas. Ambos sabían de rincones y penumbras, de escondites secretos. La catapulta era de color verde y disparaba unos pequeños dardos de madera. Olía como huele la madera recién lijada y aroma de pintura al agua. Mi primer amor era una niña del barrio que olía como huelen las flores silvestres. 

Solía yo pasar las tardes jugando con la catapulta, disparando a monstruos imaginarios con la emoción que te confiere el poder sobre las cosas que dan o quitan la vida. Esa sensación de ser un pequeño dios, con el don de la ubicuidad en el mundo, que me hacía sentir poderoso. Con la misma plenitud que me provocaba estar junto a mi chiquilla amada. Ella solía asomarse a la ventana de su casa, tras los visillos como una imagen etérea, difusa, con un blazer marrón sobre una blusa turquesa. El cabello recogido sobre un rostro pálido y angelical, incorpóreo. 

Con el recuerdo de lo amado el tiempo quiso ensañarse y sepultar en el olvido a mi primer juguete y a mi primer amor, sin conseguirlo. Perviven como un antiguo anhelo, como una vivencia extinguida que, por lo mismo, perdura como estigma en la memoria poética, aquella que dice Kundera, nos permite recordar sólo las cosas que amamos.

Llegaron en un tiempo de iniciaciones y se quedaron para siempre entre las cosas evocadas con estremecimientos. No caben en baúl alguno de los recuerdos. Suelen revivirse con tal nitidez, que apenas es cuestión de cerrar los ojos y añorar el primer juguete y el primer amor, para volver a ser el niño que fui y que se perdió a la vuelta de una vida.