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viernes, 20 de febrero de 2015

DOS, UNA INSTALACION AUDIOVISUAL ENTRE EL INICIO DEL OLVIDO Y LA MEMORIA



Por Leonardo Parrini 

Sobre la nueva instalación auspiciada por Arte Actual de la FLACSO en Quito, se anuncia que DOS, SOBRE EL INICIO DEL OLVIDO es un evento visual y sonoró producido por Paula Parrini y Fabiano Kueva. DOS, SOBRE EL INICIO DEL OLVIDO nace de una experiencia personal de la artista multidisciplinaria, Paula Parrini, con una terapia denominada PNL (Programación Neurolingüística), la cual, a través de los sentidos, pone énfasis en la estimulación alterna de las dos partes del cerebro para crear nuestro universo. 

A partir de esta experiencia, surge un proyecto visual y sonoro, donde se hace referencia a la memoria colectiva que los quiteños tienen de su relación con el antiguo aeropuerto que convivió con la ciudad y sus habitantes entre 1960 y 2013.

Proyecciones de imágenes de aviones a gran escala, sonidos de pasajeros, turbinas y transeúntes, testimonios de vecinos del antiguo aeropuerto, empleados de aerolíneas, todos estos elementos se agrupan dentro del Project Room, para hablar sobre el inicio del olvido, es decir, la construcción de los recuerdos que parten de esta nostalgia del vuelo fugaz de las aeronaves que abrazaban con sus alas el cielo de la ciudad.
  
La memoria amorosa

La experiencia de reencontrar en la memoria poética aquello que amamos -como sugiere Milan Kundera-, hace de DOS. SOBRE EL INICIO DE OLVIDO una experiencia sensorial y emotiva encadenada a las vivencias de un sitio emblemático de toda ciudad: un aeropuerto. Esa puerta de entrada y salida, donde se conjugan las bienvenidas y los adioses. 

Quito es aquella puerta de inmigrantes y emigrantes, que vienen y van, de una ciudad que se declaró apta para vivir en ella. Pero también para revivirla en la distancia que propina el olvido contra la memoria, como un suceso en el que la evocación se convierte en gesto esencialmemte amoroso y urgente. Porque si hay una facultad de nuestra naturaleza que puede considerarse maravillosa, esa es la memoria...  


DOS. SOBRE EL INICIO DE LA MEMORIA

ARTE ACTUAL de la FLACSO, QUITO 

Viernes 20 a Martes 24 de febrero , de 17h00 a 20h00


Paula Parrini. Ecuador, 1982. Fotógrafa y productora ecuatoriana. Estudio comunicación y teatro. En el 2002 se vincula al cine desarrollando varios proyectos culturales, produciendo películas, festivales y proyectos sobre imagen. Desde el 2006 trabaja como fotógrafa independiente. En el 2008 gana el Premio del Ministerio de Cultura para la realización del proyecto fotográfico documental sobre el barrio La Floresta de Quito, realizando una exposición individual y lanzando el libro Barrio en el 2009. Ha participado en las exposiciones colectivas: Historias de la Ciudad, FLACSO (2010); y, Fotografía a Cielo Abierto FACA, del Centro de Arte Contemporáneo de Quito (2011). Es miembro del colectivo de fotografía Paradocs Foto. Actualmente produce y documenta el proyecto multidisciplinario Luz de América, sobre la luz en Quito, que incluyen una película documental, un webdoc y una instalación.

Fabiano Kueva. Ecuador, 1972. Artista, productor y gestor cultural. Estudió Comunicación Social en la Universidad Central del Ecuador. En 1992 fundó el colectivo de videoarte Películas La Divina. Es parte del Centro Experimental Oído Salvaje, colectivo de arte sonoro y radio arte creado en 1996. Ha desarrollado proyectos artísticos en museos, espacios públicos y contextos comunitarios; transmisiones por aire, satélite y web. Tiene varios discos y libros publicados sobre arte sonoro, poesía, músicas tradicionales y memoria. Obtuvo el 1er Premio en la 3ra Bienal Latinoamericana de Radio, México (2000); el Premio París en la 9na. Bienal Internacional de Cuenca, Ecuador (2007); artista participante en la 10ma. Bienal de la Habana (2009) y la 2da. Bienal de Montevideo. Ha participado en las residencias artísticas en Apexart (New York, E.U.A.), Villa Waldberta (Munich, Alemania) y Lugar a Dudas (Cali, Colombia). Recibe el Prince Claus Foundation Grant en 2010. Participa en eventos internacionales de arte contemporáneo, comunicación, arte sonoro, música experimental y radialismo. Actualmente vive y trabaja en Ecuador.
Más información en www.arteactual.ec

viernes, 22 de febrero de 2013

EN CADA AEROPUERTO UN AMOR


Antiguo aeropuerto de Quito 
Por Leonardo Parrini
 
Los marineros tienen en cada puerto un amor, dice un adagio poético. Parodiando la frase reconozco que, al menos, yo tengo en cada aeropuerto un afecto, en el de Santiago de Chile y en el viejo terminal aéreo de Quito.

Entrados los años ochenta mi madre me visitaba con frecuencia en Quito y lo hacía en los pintorescos aviones de Ecuatoriana de Aviación, tropicalísimamente pintados de mil colores, como para no extraviarlos de vista nunca entre las nubes quiteñas, las más bellas del mundo. Precisamente tengo la imagen del viejo Boeing de la flota ecuatoriana surcando el cielo de Quito un sábado glorioso que recibí a mi madre por primera vez en mi hogar quiteño. El arribo estaba programado para las 13h30 y, retrasado a la cita, pude ver la aeronave cruzar el Parque de La Carolina cuando aún estaba a varias cuadras de la pista del aeropuerto Mariscal Sucre.

Era un día soleado y la nave destelló con un brillo tan intenso, como la emoción de saber que en ese avión llegaba mamá. Ya en la sala de arribo internacional reconocí la figura de mi madre, rodeada de maletas y bolsos de mano llenos de regalos y de ese vino tinto, cabernet sauvignon chileno con el que pretendo un día despedirme de este mundo con el corazón en bandolera. Mi madre, de pie junto a la reja de salida, era la imagen misma de la seguridad extraviada en la infancia. Allí estaba esa mujer de potente figura que te disipa los temores ante la vida. Allí, ese día aprendí, por qué mis más intensos afectos filiales están ligados al viejo terminal aéreo de Quito.

Las estadías de mamá en nuestro hogar quiteño activaban un pulso de tiempo medido en horas de dicha, en minutos de algarabía, en días compartidos entre el ir y venir de un lado a otro de la ciudad y del país. Era época de los mangos maduros, sus preferidos. Días de  paseos dominicales al santuario de Guápulo y caminatas por el parque El Ejido, hasta que un tiempo inexorable marcaba la hora de su partida. Entonces, nuevamente, el aeropuerto de Quito era el escenario de estremecedoras emociones ante la incertidumbre de no saber si volvería a verla y la ansiedad por las turbinas encendidas, como el corazón a punto de volar con ella a Santiago. El llanto ahogado en la garganta y la escena de siempre: ella, mi madre, desapareciendo detrás de los filtros de seguridad con maletas ahora llenas de recuerdos del viaje. Siempre sus últimas palabras eran de aliento, con esa convicción que te dan los afectos, con ese anhelo con que enfrentamos el futuro como un desafío. Yo trataba de imaginar la vida en espacios cotidianos después de esos adioses dolorosos, sin pensar en el futuro, porque entonces se volvían augurios premonitorios de ausencias definitivas. Al día siguiente de su partida solíamos hablar por teléfono, como si nada hubiera pasado y nuestras vidas transcurrieran en un día a día compartido, sin contar los cinco mil quinientos cincuenta kilómetros que separan la capital chilena de la ecuatoriana.

El último adiós

En el año 2006 mi madre me pidió que la visitara en Santiago para arreglar ciertos asuntos de herencias. Acudí a su llamado a la brevedad posible, como el preludio de la despedida final. 

Durante los dos meses que permanecí en su casa mantuvimos largos conversatorios, en los que revisamos el tiempo perdido. Una tarde, mi madre sentada ante una pequeña cámara de video, me dijo: Me fallaste, te fuiste y no regresaste más. Me hubiera gustado tenerte cerca, si no aquí en casa, al menos cerca en esta ciudad. Por eso odio a Pinochet, porque por ese viejo salvaje te fuiste y te perdí como hijo. Yo la observaba a través del visor de la cámara, sin mover un músculo, y le respondí: No me has perdido, mamá, estoy aquí y siempre me has tenido, en la distancia. Mentira. La distancia es la forma perfecta de perder lo que amamos. Es la sentencia irredarguible de que ya no volveremos a ser los mismos. La distancia, terrenal o temporal, es un veredicto de ausencia y olvido. Esa entrevista grabada con mi madre debió ser un corto metraje, pero aún permanece inédita como un signo insuperado.  

Al cabo de dos meses en Chile, en agosto de 2006, regresé a Quito. La tarde que mamá me despidió en el aeropuerto de Santiago le tomé la última fotografía sentada en su silla de ruedas, mientras su rostro lucía un gesto de indescriptible amargura y tristeza. Tuve la certeza, como un rayo, que no volvería a verla. Besé su rostro tibio y húmedo de lágrimas y le dije que la amaba. Caminé hacia el filtro de seguridad y antes de perderla de vista me detuve, gire y disparé mi cámara. El resultado es la fotografía más dolorosa que he tomado en mi vida: la última imagen de mi madre, perdiéndonos para siempre. Dos años después, ella murió de infarto cerebral un 24 de febrero del que hoy se cumplen cinco años.

Corrijo el inicio de esta narración: no tengo un amor en cada aeropuerto, sólo hay uno fundido a los rotundos afectos de mi vida. Hoy que el viejo aeropuerto de Quito ha cerrado sus puertas, he regresado a sus instalaciones a buscar la imagen de mi madre arribando alegre a Quito. Vital, entera como una promesa que borre de mi memoria para siempre ese instante infinito en que tomé la fotografía del postrimero adiós al ser humano más importante, ese único amor evocado entre dos aeropuertos inolvidables.

lunes, 18 de febrero de 2013

TABABELA: LA NUEVA PUERTA DE QUITO ABIERTA AL MUNDO


Por Leonardo Parrini

Los abuelos quiteños decían hace algunos años: ¡Vamos a los campos de aviación! para referirse al aeropuerto Mariscal Sucre, creado en agosto de 1960 por decreto ejecutivo del viejo caudillo J. M. Velasco Ibarra. La historia aeronáutica del Ecuador había comenzado cuatro décadas atrás con la proeza del piloto italiano Elia Liut, que realizó el primer vuelo en cielos ecuatorianos entre Guayaquil y la austral ciudad de Cuenca en noviembre de 1920. Los antecedentes aeronáuticos de la ciudad de Quito se remontan al año 1935, con el primer aterrizaje de otro italiano, Ferruccio Guicciardi, que alternó vuelos con Liut en las rutas Cuenca-Riobamba-Quito-Ibarra-Tulcán-Pasto-Cali.

El aeropuerto Mariscal Sucre que hoy cierra sus operaciones funcionó en el sector de Chaupicruz sobre una altiplanicie a 2.880 metros s.n.m., y durante sus 53 años de servicio fue catalogado como uno de los más riesgosos del mundo, según afirman publicaciones del diario británico Daily Mail, la revista estadounidense Flying y el portal USA Today. Las razones son claras: debido al crecimiento de la ciudad el aeropuerto quedó ubicado en una zona residencial congestionada de gente. Cuando se inauguró el terminal aéreo la ciudad tenía aproximadamente 350.000 habitantes; actualmente más de 2,2 millones de personas habitan en Quito. Para los moradores del sector, el aeropuerto es considerado un “vecino peligroso”.

Una pista con historia

Aterrizar en la capital del Ecuador siempre fue un desafío para los pilotos, dice Stephen Pope en la revista Flying. En el sector de la ciudad donde operaba el antiguo aeropuerto soplan fuertes vientos que aumentaban el riesgo de aterrizar en una pista estrecha y de poca longitud. El resultado, al término de medio siglo de operaciones comerciales del aeropuerto quiteño, registra 10 serios accidentes aéreos acaecidos por despiste de aeronaves y estrellamientos en tierra. A esa historia trágica se suman algunos hitos importantes como la innovación del aeropuerto que tuvo lugar entre el 2000 y el 2003, con la instalación de seis puentes de embarque de pasajeros, ampliación de terminales de salida y arribo internacional, adecuación de salas de preembarque y modernización de equipos para chequeo de pasajeros.

En su palmarés histórico el viejo aeropuerto de Quito registra el arribo de personajes de trascendencia mundial. El líder cubano Fidel Castro arribó a la capital ecuatoriana, en noviembre de 2002, para asistir a la inauguración de la obra arquitectónica la Capilla del Hombre, de Oswaldo Guayasamín. Kofi Annan, secretario general de la Organización de Naciones Unidas, arribó a Quito en visita oficial, en el 2003. El Papa Juan Pablo II visitó Ecuador en enero de 1985. Las candidatas a  Miss Universo llegaron en mayo del 2004 para participar en el certamen que en esa ocasión se realizó en el país. Los integrantes de la banda Iron Maiden arribaron a la capital ecuatoriana en su avión privado, en marzo de 2009. A la nómina de celebridades que arribaron al aeropuerto se suman una extensa lista de presidentes, deportistas y personalidades públicas. En contraste, por el antiguo aeropuerto de Quito, salieron millones de ecuatorianos migrantes en busca de mejores oportunidades en los EE.UU y Europa.

Una obra monumental

La planicie de Tababela fue visitada y bautizada por la Misión Geodésica francesa a su arribo al Ecuador, en 1736, cuando vino a medir un arco de meridiano desde la latitud cero al Polo Norte, para comprobar la forma de la Tierra. El lugar se convirtió en hacienda y luego en la zona donde hoy se emplaza el Nuevo Aeropuerto Internacional de Quito, a 37 kilómetros al oriente del área urbana de la ciudad. Su nombre se debe a que los franceses consideraron a la planicie como una tababela o tabla bella.

Los trabajos de construcción del nuevo aeropuerto internacional de Quito, a un costo de 630 millones de dolares, comenzaron en enero de 2006 y generaron 7.000 puestos de trabajo. La obra de 1.600 hectáreas concluyó en mayo del 2012 y la pista de 4.100 metros -la más extensa de América Latina- fue inaugurada por un avión-laboratorio tripulado de la DAC que aterrizó en Tababela. Dos meses más tarde tocó pista el primer avión comercial, un Boeing 757 de American Airlines al mando del capitán Bryan Will, luego de transportar en 9 minutos, desde el antiguo aeropuerto hasta la nueva pista, a las autoridades de la ciudad y a un equipo de periodistas invitados.

El Nuevo Aeropuerto Internacional de Quito (NAIQ) cuenta con instalaciones para un terminal con capacidad de recibir 6 millones de pasajeros anuales, área de carga y de combustibles, servicios de catering, equipos de ayuda en tierra, Policía, Bomberos, torre de control, hangares y el lado aire (plataformas, puentes de embarque, mangas y pista). El alcalde de Quito, Augusto Barrera, indicó que se ha resuelto la ubicación de dieciocho instituciones públicas y privadas que operan en el aeropuerto, entre otras, Policía, Aduana, SRI y las Fuerzas Armadas. Durante el periodo de concesión por 35 años, la operación del NAIQ generará USD 800 millones al Municipio. El terminal aéreo atenderá a 12 aerolíneas de pasajeros y a 5 flotas de carga.

El Cabildo percibirá el 12% de las tasas aeroportuarias pagadas por pasajeros y aerolíneas, cantidad que redondea los $ 6.666 millones de dólares. El costo de la tasa para nacionales y extranjeros es de $ 3,00, ingresos que deberán amortizar el costo de siete filtros con rayos X de seguridad para ambas categorías de pasajeros. También deberá financiar la custodia del aeropuerto y el aumento de 260 a 538 agentes de seguridad que controlarán 14 puertas de salidas y 20 de llegadas y 4 filtros de aduana. Con la apertura del flamante Aeropuerto Internacional Mariscal Sucre de Quito, comienza una nueva etapa en la aerotransportación ecuatoriana. Un signo de progreso del Ecuador que abre una nueva puerta al mundo, dando inicio al inédito capítulo de una historia de altura.