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E c u a d o r - S u d a m é r i c a

domingo, 11 de agosto de 2013

LA MUERTE DE ROLDÓS: ¿UNA CENSURA INCONSTITUCIONAL?

Por Leonardo Parrini

La censura ejercida por la cadena de cines Súpercines al documental La muerte de Roldós del realizador ecuatoriano Manolo Sarmiento, que le niega la exhibición en sus 19 salas disponibles en el país, ha generado el rechazo del público en redes sociales por considerarse “antidemocrática e inconstitucional”.  

Las razones políticas que esgrime la empresa para no exhibir el film, por contener supuestas alusiones “muy fuertes” al ex presidente León Febres Cordero, se enmarcan en una beligerancia ideológica que termina conculcando el derecho ciudadano al acceso a la creación cultural y artística, prerrogativa contemplada en el artículo 380 de la Constitución ecuatoriana. Dicha norma constitucional señala que es responsabilidad del Estado “Asegurar que los circuitos de distribución, exhibición pública y difusión masiva no condicionen ni restrinjan la independencia de los creadores, ni el acceso del público a la creación cultural y artística nacional independiente”.

Silencio cómplice

El hecho político que implicó la muerte de Jaime Roldós, primer presidente ecuatoriano elegido luego del retorno a la democracia en 1978, ha estado signado por el mutismo cómplice, ante un eventual asesinato del ex primer mandatario. Precisamente, el documental de Sarmiento es un sobrio, pero incisivo alegato por romper el silencio y contribuir a desentrañar el misterio que rodea la muerte de Roldós, acaecida el 24 de mayo de 1981 mientras viajaba en el avión presidencial que se siniestró sobre una zona montañosa en el sur del país. El impedimento que niega la proyección pública del documental, es un hecho que se sumaría a la ya extensa cadena de omisiones y silenciamientos en torno al caso, que impiden que la verdad sobre las auténticas causas de la muerte del joven líder ecuatoriano salga a la luz.

La empresa Súpercines no tiene la obligación legal de proyectar el film, no obstante la responsabilidad de asegurar un buen producto a sus clientes forma parte del derecho ciudadano a que “proveedores públicos y privados oferten bienes y servicios competitivos, de óptima calidad, y a elegirlos con libertad”, contemplado en la Ley de Defensa del Consumidor. Esta prerrogativa ciudadana adquiere más importancia puesto que, según manifiesta Manolo Sarmiento, director del largometraje, “ellos detentan un porcentaje importante del mercado cinematográfico. Nosotros nos dedicamos a hacer películas para ese mercado. En diez ciudades del país, ellos son el único exhibidor de películas”.

Cuando aún la Ley de Culturas es una asignatura pendiente, la censura al documental de La muerte de Roldós desnuda un hecho que ya hemos observado anteriormente entre las debilidades del cine ecuatoriano: el limitado acceso a los circuitos de distribución y la ausencia de canales propios para la circulación de sus productos. Esta situación pone en el tapete la necesidad de tomar muy en cuenta la cuota de programación que debe existir para la difusión de productos culturales nacionales en salas privadas.

Si bien la cultura no “funciona” por decreto, no es menos cierto que dentro del libre juego democrático de una sociedad diversa, debería existir la posibilidad de que el flujo de las ideas no encuentre escollos en el camino. Para que ello suceda, los concurrentes al mercado de productos cuya “materia prima son las ideas”, deben mostrar un “espíritu abierto a la polémica”, según el oportuno petitorio de Manolo Sarmiento.

sábado, 10 de agosto de 2013

JUSTICIA INDÍGENA: ENTRE EL DIÁLOGO Y LA TRAICIÓN



Por Leonardo Parrini

“Indio traidor, indio muerto”, reza una sentencia -no escrita- en la ley de los pueblos aborígenes ecuatorianos. La justicia indígena, como mandato ancestral supremo, rige la vida de los 14 pueblos, nacionalidades y comunidades nativas que cohabitan el territorio del Ecuador. Esta  justicia autóctona, según el historiador Juan Paz Y Miño, hunde raíces en la historia con presencia en cuatro momentos evolutivos culturales: precerámico, formativo, desarrollo regional e integración. Desde tiempos remotos destaca la influencia del Incario que impuso su “organización estatal, el idioma quichua, el culto al Sol, y los principios del ama killa, ama llulla, ama shwa” -no ser ocioso, no mentir, no robar- pilares de la cosmovisión política, social y cultural de las comunidades indígenas ecuatorianas.

Ya en la aplicación práctica, la justicia indígena -refiere Paz y Miño-, registra a través de la historia castigos reñidos con los derechos humanos, como azotes, apaleamientos, despeñamientos, ortiga, mitimaes, incluida la muerte. No obstante, la Constitución ecuatoriana en el artículo 171, reconoce la vigencia de la justicia indígena “con base en sus tradiciones ancestrales y su derecho propio” dentro de su ámbito territorial, con la garantía de “participación y decisión de las mujeres” y considerando la potestad de las autoridades indígenas para “aplicar normas y procedimientos propios”.

Estos basamentos que empoderan a los pueblos indígenas tutelan las relaciones con el Estado ecuatoriano para la defensa de sus territorios, tradiciones y manifestaciones culturales. Su observancia está inmersa en el principio de lealtad y no traición a la cosmovisión, creencias y mitos ancestrales, precepto implícito que rige el comportamiento consuetudinario de los individuos en sus comunidades. El desacato a esta ética indígena implica un castigo con extenuantes caminatas por la selva para que sus hijos retornen a la sabiduría de sus ancestros y vuelvan a empoderarse de los espíritus que les ayudan a sobrevivir en armonía con la Pachamama -Madre Tierra- y con la comunidad a la que se pertenecen. La traición a estos fundamentos por parte de algún miembro del ayllu supone, incluso, la expulsión física de su comunidad. 

¿Un líder traidor?

La invitación oficial hecha a Humberto Cholango, Presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, a la recepción ofrecida al Presidente boliviano Evo Morales, generó una corriente de opinión contraria al máximo dirigente de la CONAIE, con voces discrepantes -como la de Carlos Pérez, ex presidente de la Ecuarunari- que hablan de traición.

Humberto Cholango ha defendido su presencia en el Palacio presidencial por invitación de Rafael Correa, señalando que “si tuviera que volver a ir lo volvería a hacer, porque no estoy actuando, como se ha intentado decir, por una amistad personal, sino porque creo en una línea y una orientación política de izquierda”. Descartó la crítica de los dirigentes que “caen en la trampa de la derecha”, diciendo que en el “debate intenso” que sostienen las organizaciones sobre sus relaciones de poder “hay preocupación sobre la intención del Estado de poner un límite a la administración de justicia indígena, pero también dentro de las bases de la organización hay un firme compromiso de avanzar en un proceso que se construya con el nuevo Estado Plurinacional del que tanto se habla en este tiempo”.

Diálogo de buena fe

Organizaciones indígenas de la sierra centro solicitaron mantener diálogos con el Gobierno de Rafael Correa bajo coexistencia armónica con el Estado, frente a lo cual Cholango dijo no estar “cerrados al diálogo; nosotros tenemos toda la predisposición de dialogar y resolver los conflictos”.

Una de las situaciones “conflictivas” que amerita respuesta a la preocupación de las bases indígenas se relaciona con la decisión estatal de ampliar la frontera petrolera a la región suroriente ecuatoriana. La tradición oral indígena practicada en asambleas y diálogos comunitarios muestra ser un mecanismo legítimo e idóneo para la consulta previa que la ley exige realizar, en restitución de derechos inherentes a las comunidades que habitan las posibles zonas de intervención hidrocarburífera. “Las bases tienen varios conflictos y si estos  se pueden solucionar por la vía del diálogo debemos apostar, si no, el movimiento tiene sus estrategias como marchas y movilizaciones”, manifestó Humberto Cholango.

En cuanto a las relaciones de la CONAIE con el Presidente Correa, "mal vistas" por algunos sectores del movimiento indígena, Cholango es enfático en señalar que “se intentó confundir a las organizaciones de base, eso lo reconozco, pero una vez que se ha explicado que no fui a un diálogo con el Presidente, obviamente lo saludé, intercambié unas palabras, pero hasta allí hemos llegado, no hay ninguna traición o deslealtad”

El ducho dirigente de la CONAIE, reconoce con sinceridad que “con el presidente Correa tenemos varias coincidencias: Unasur, no firmar TLC, sacar las bases militares, la Celac, recuperar los recursos naturales para la dignidad y la soberanía...”

De cara a los retos del movimiento indígena en la etapa de transformación social que vive el Ecuador, y de las políticas públicas que reclaman la inclusión de todos los sectores del país, Cholango hace un llamado urgente: “He dicho al interior de Pachakutik que se deben revisar las estrategias, las actuaciones y actitudes de varios líderes, y no podemos quedarnos encerrados en tratar de decir que somos un movimiento que vamos a continuar en este proceso de lucha, sin mirar el contexto nacional e internacional”.

Y para que nadie se equivoque, el Presidente de la CONAIE saca una tarjeta de presentación donde tácitamente se describe su perfil humano: “Soy amigo de la Revolución Cubana, fui amigo del presidente Hugo Chávez, soy amigo de Evo Morales. Mi tendencia es de izquierda, progresista, humanista”. Humberto Cholango, miembro de una estirpe de dirigentes llamados a reinsertar al movimiento indígena en la senda de la influencia social y mejoramiento de la calidad de vida que reclama el Sumak Kawsay, es pieza clave en las relaciones armoniosas que deben primar entre la fuerza de los pueblos ancestrales y el Estado plurinacional e incluyente.

jueves, 8 de agosto de 2013

EL CINE ECUATORIANO: UNA PROYECCIÓN EN EL TIEMPO


Por Leonardo Parrini

Lejos están los días en que íbamos al cine del barrio a ver a los chullitas enfrentarse con los “malos de la película”, por puro placer de entretenernos. Salíamos de la sala en penumbras con los ojos entrecerrados hasta acostumbrarnos a la reverberación de la calle y descubrir que nuestros gestos eran más decididos: caminábamos como el “chullita de la película”, el más rápido del Oeste, o el karateka más devastador del suburbio. No nos hacíamos lío con el mensaje: hay que ser bien parado en la vida como el chullita, lo demás viene solo. No importa si el enemigo es indio, blanco o mestizo. Para eso los cowboys le daban duro a los indios Cheyennes y demostraban ser bien machos a la hora de matar. Y así fuimos aprendiendo que en la vida el que pega primero, pega dos veces; que no hay que ahuevarse frente a nadie y qué… En el amor también había que ser duro, como el chullita que las enamoraba y después si te he visto no me acuerdo, o las atrapaba en manada, para eso era el más guapo !Ah los días de cine de barrio y su didáctica cartelera dominical!

Hasta que un buen día vimos la primera película criolla Dos para el camino de Jaime Cuesta (1980), protagonizada por nuestro chullita, el inolvidable Don Evaristo, que en su peregrinar por los caminos del Ecuador setentero, sentimental y agrario, iba dejando una estela de sabiduría popular y risas entre los espectadores. Y así, como diría Evaristo, vení acá, el cine nos convocaba a regocijarnos con el hechizo de sus imágenes y sonidos, a vivir una vida recreada en la pantalla como una parodia. El cinematógrafo criollo reflejaba conflictos, vivencias y sueños de un país que pujaba por romper el cascarón provinciano en el que la clase dominante -gamonales agroexportadores- hacía su agosto en el negocio del cacao y el banano.

Y en ese avatar, las relaciones cotidianas se habían vuelto cada vez más contradictorias; entonces el cine, puesto los ojos en la literatura local que daba cuenta de la realidad de los más humildes, también daba a luz la primera película con “sentido social”: el cortometraje Los Hieleros del Chimborazo (1980) de Igor Guayasamín. Luego vendrían Daquilema (1981), Una araña en el rincón (1982) y Luto Eterno (1982). Casi una década tuvo que transcurrir para que la producción local produjera un nuevo film de tono social que se convertiría en la película más taquillera del cine nacional: La Tigra (1989) de Camilo Luzuriaga, basada en los cuentos montubios de José de la Cuadra. La lucha política de los años sesenta alcanzó su máxima metáfora en la novela Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique Adoum. Suficiente estímulo para que Luzuriaga lleve a la pantalla, en 1996, la ya clásica historia de un grupo de militantes comunistas de la época.

La experiencia del cine ecuatoriano en ciernes se multiplicó y, por lo mismo, buscó nuevas fuentes de motivación y realización. Es así que se produjeron largometrajes que ya son piezas de antología de la filmografía autoral ecuatoriana: Ratas, ratones y rateros (1999), Fuera de Juego (2002), Cara o cruz (2003), Mientras llega el día (2004), Crónicas (2004), Qué tan lejos (2006), Esas no son penas (2006), Cuando me toque a mi (2007), Alfaro Vive Carajo (2008), Retazos de vida (2008), Impulso (2009), Rabia (2009), Los canallas (2009), Vale Todo (2009), Blak Mama (2009), Zuquillo exprés (2010), A tus Espaldas (2010), Prometeo deportado (2010), En el nombre de la hija (2011), Con mi corazón en Yambo (2011), Pescador (2011), Sin otoño sin primavera, (2012), La Llamada (2012), Mejor no hablar de ciertas cosas (2012) y La bisabuela tiene Alzheimer (2012), además de una decena de filmes que están en este momento en postproducción.

Retos del cine criollo

La producción de cine en el Ecuador comenzó en la década de 1920, con la realización del primer largometraje argumental: El tesoro de Atahualpa, dirigido por el ecuatoriano Augusto San Miguel, y estrenada en los teatros Edén y Colón de Guayaquil, el 7 de agosto de 1924. En los años siguientes se proyectaron las películas Se necesita una guagua (1924), Un abismo y dos almas (1925) y Guayaquil de mis amores, primer filme sonoro producido en el país, en 1930, por el chileno Alberto Santana.

El cine ecuatoriano, expresión autoral por excelencia, ha pasado de la etapa quijotesca a una situación de apoyo estatal, a través de políticas públicas del Consejo Nacional de Cine que fomentan la producción y la distribución de las realizaciones cinematográficas, sin que por ello el cine criollo haya alcanzado -quién sabe si para mejor- el rasgo de industria. El CNCine ha distribuido USD 4. 589 000 entre 248 proyectos que incluyen procesos de capacitación, festivales y muestras, según su Director Ejecutivo, Juan Martín Cueva, quien afirma que “la producción nacional ha logrado consolidar una multiplicidad de voces”.

Amparado en la Ley de Cine, el séptimo arte es el espejo donde hoy se refleja la nueva realidad del cine ecuatoriano que recrea las vicisitudes de un país mucho más consciente de sus diversos rasgos identitarios y señas particulares. Durante el año 2012 las salas del país estrenaron ocho largometrajes nacionales, que fueron vistos por 200 mil personas de los 14 millones de espectadores que entraron al cine. En esto radica el nuevo desafío del cine ecuatoriano: entrar en los grandes circuitos de distribución o generar sus propios canales donde mostrar sus productos. Lejos están los días en que ir al cine del barrio era un encuentro, desde lo más íntimo, con lo extraño. Hoy el reto pendiente es hacer de ese encuentro con el cine, un acto masivo con lo nuestro.

lunes, 5 de agosto de 2013

SARAYAKU: LA MÍTICA DEFENSA DE LA SELVA VIVIENTE


Por Leonardo Parrini

La sonoridad de las voces amazónicas de origen ancestral es musical y mítica. Nombres como Sarayaku tienen la resonancia de un coro emergido de la Pachamama, que se volvió emblemático en la lucha de los pueblos y nacionalidades indígenas de la Amazonía ecuatoriana por el derecho a la vida y convivencia comunitaria. En la cosmovisión kichwa, Sarayaku significa Rio de Maíz, y designa una comunidad de la provincia suroriental de Pastaza. Emblemático vocablo, porque hace un año la Corte Interamericana de Derechos Humanos CIDH, sentenció a favor del pueblo Sarayaku la restauración del daño ambiental y social ocasionado por la transnacional argentina Compañía General de Combustibles CGC, durante sus operaciones en la región. La sentencia llegó tras una denodada lucha contra la petrolera, tras impedirle la continuación de su actividad de exploración que comenzó en 1996 con la concesión que recibió la CGC para explotar el Bloque 23. En el 2003 la empresa demandada comenzó la búsqueda de crudo y para ello sembró explosivos de pentolita en la zona en la etapa de exploración sísmica. Entonces la comunidad de Sarayaku acudió ante el Sistema Interamericano de Derechos Humanos (SIDH) para conseguir su impedimento.

La resolución de la sentencia dictada hace un año incluye indemnización compensatoria y reintegro económico por daños materiales e inmateriales, además de disculpas públicas y garantías de no repetición que debe dar el Estado a la comunidad agredida. La semana pasada se realizó la transferencia de un millón 250 mil dólares a la cuenta del pueblo Sarayacu, y el reintegro al fondo de las víctimas, más pago de costas y gastos del proceso. José Gualinga, Presidente del Pueblo Sarayaku, manifestó en entrevista con Lapalabrabierta que “hemos recibido un millón de dólares que representa el 1% de la indemnización que se reconoció a la CGC que fue de 20 millones de dólares. Una empresa que fue destruyendo la biodiversidad, que dejó instalando 1.400 kilos de explosivos, que atentó contra la vida, que organizó un cerco paramilitar y que afectó la vida de la selva viviente” Ante esta sensación de “injusticia”, Wilson Mayorga, Subsecretario Derechos Humanos y Cultos, señaló que “es un acto de justicia cumplir la sentencia y ese acto es el que estamos haciendo como gobierno ecuatoriano.”

De la sentencia dictada por la CIDH queda pendiente cumplir con el retiro de la pentolita, convertida "en trampa mortal para los habitantes" del pueblo Sarayaku, que por acuerdo han decidido que sean efectivos del GIR quienes extraigan la dinamita. Así mismo, como parte de la compensación sentenciada, la comunidad afectada solicita que sea el presidente Rafael Correa quien otorgue las disculpas, mientras que el Estado decidió delegar al Ministro de Justicia, Lenin Lara. La diferencia de criterios no es mera controversia administrativa, sino un tema político de fondo. El pueblo Sarayaku pretende doblar la mano al Estado con la exigencia de que sea su máximo representante quien exprese las disculpas. Cabe notar que los daños de la empresa CGC fueron cometidos durante los gobiernos de León Febres Cordero, Abdalá Bucaram y, especialmente, Lucio Gutiérrez, por tanto al régimen actual corresponde ejecutar la sentencia nada más. Estos hechos sientan un precedente clave para las futuras relaciones de las comunidades amazónicas asentadas sobre yacimientos hidrocarburíferos, el Estado ecuatoriano y las compañías que postulen a explotar el crudo.

Una historia de atropellos

Para comprender el caso Sarayaku en sus connotaciones profundas amerita entender que las lógicas del Pueblo Sarayaku y del Estado difieren de fondo, puesto que corresponden a cosmovisiones, a momentos, diametralmente opuestas. La visión ancestral concibe a las culturas como “expresiones dinámicas, con modificaciones constantes, que crean pertenencia de grupo en un contexto determinado y, sobre todo, establecen relaciones y diferenciaciones con otros grupos”. En eso consiste su vitalidad social, cultural y política. En el caso concreto del universo social del pueblo kichwa de Sarayaku Llacta, de 135 mil hectáreas, existe la superposición de varias situaciones de relaciones familiares, consanguíneas y de pertenencia con derechos sobre la tierra ganados en el trabajo productivo. En el espacio de los centros de Sarayaku conviven grupos familiares ampliados o ayllus conformados por el huasi, o núcleo familiar, que se relaciona con otras unidades similares.

“Somos un pueblo, somos una nacionalidad, no somos una organización social, si nos tratan de meter en un saco como un sector social, jamás lo vamos aceptar”, ha dicho José Gualinga, máximo líder de Sarayaku. El Estado, en su afán colonizador se refiere a ellos como “grupos étnicos”, e ingresa a las comunidades con mecanismos socializadores comunitarios, bajo la lógica integradora estatal de acortar las brechas culturales y crear ciudadanía. O, en el peor de los casos, como ocurrió en otros tiempos, practicando “el exterminio directo de grupos y su confinamiento en reservas étnicas”.

Esta dinámica responde a la visión que superpone lo social a lo natural, subordinando la naturaleza a lo político y entendiendo sus elementos como un “recurso natural”, y el entorno geoespacial como “ambiente natural”. Cierto es que la Constitución ecuatoriana reconoce los derechos de la naturaleza, pero hay una diferencia entre el reconocimiento formal y la concepción de lo natural como un ámbito intrínsecamente vinculado a lo social como lo entiende la cosmovisión indígena de selva viviente. Para los habitantes de Sarayaku los elementos naturales son parte indisoluble de su organización social, seres que “interactúan con el pueblo kichwa” brindándoles sabiduría en una relación onírica, a través de la interpretación de los sueños; y en una relación simbólica, a través de la creación de dioses que habitan los sitios sagrados de la selva. El shaman es el intermediario entre los espíritus selváticos y la comunidad, relación que adquiere su mayor significado en los lugares consagrados de donde obtiene su sabiduría. Cuando la operación de la CGC derribó el árbol de Lispungu de uno de los shamanes de Sarayacu, provocó un impacto cultural de consideración porque alteró “el universo de sus significaciones”. Testimonios recogidos por la CIDH hablan de que la presencia de la CGC “produjo la muerte o desaparición de la mitad de los amos espirituales del bosque selvático”.

El habitante de Sarayaku cree que la extracción de petróleo ahuyenta a los espíritus de ucupacha o subsuelo, seca la selva y trastorna las relaciones de sus habitantes, los animales migran junto con los espíritus de la selva y ésta muere. El daño provocado por la CGC en las “chacras, purinas, zonas de caza y pesca, el bosque y lugares sagrados, limita y pone en peligro las posibilidades de reproducción cultural” del pueblo Sarayacu, debido a que las líneas de exploración sísmica donde se sembró explosivos pasan por esos lugares de la comunidad. 

Diálogos de buena fe

Es preciso comprender que la historia otorga la razón al pueblo de Sarayaku. La diferencia radica en que esa historia ha cambiado en favor y en beneficio del país y de sus habitantes. Ahora el Estado redefine un nuevo rol en el manejo de los recursos naturales y coexistencia con las diversas culturas y nacionalidades que habitan el territorio ecuatoriano. La claridad y asimilación política de este aspecto es un punto esencial para entender y ejecutar diálogos interculturales de buena fe. Ahora los pueblos amazónicos tienen la opción de dialogar, sin intermediarios, con un Estado incluyente y que hace esfuerzos por consensuar, mientras que ya no es necesario interlocutar desde la comunidad con las voraces compañías extranjeras de manera desigual e impositiva.

El Estado ecuatoriano argumenta y se define, constitucionalmente, bajo los principios de plurinacionalidad e interculturalidad; esto supone garantizar el sostenimiento de una nueva dinámica institucional con los pueblos, nacionalidades y comunidades ancestrales amazónicas. Implica, además, el establecimiento y puesta en marcha de una política pública dirigida hacia esa región del país, bajo una nueva actitud diálogo y respeto mutuo. Los argumentos del Estado son claros, pero pueden no ser suficientes: Garantizar una explotación hidrocarburífera social y ambientalmente sustentable de sus recursos no renovables, mediante una estricta mitigación de riesgos ambientales y la redistribución prioritaria de la renta petrolera para las comunidades localizadas en las zonas de exploración y producción hidrocarburífera. Consolidar la soberanía del Estado sobre los recursos naturales y apoyarse en la inversión extranjera para la búsqueda de nuevas reservas hidrocarburíferas y para la reactivación de la producción de los campos maduros, con reglas de juego contractual claras y estables.

El qué hacer está definido, pero el cómo hacer todavía acusa deficiencias que deben ser superadas de mutuo acuerdo con las comunidades amazónicas, si se quiere lograr consenso y entendimiento teórico y práctico en función de objetivos compartidos. Para ello hay que comenzar reconociendo el derecho de los hombres y mujeres amazónicos “a ser y vivir como pueblos diversos, con sus propias culturas, en sus territorios”. Y dentro de ese reconocimiento, comprender también que todos los pueblos tienen derecho a la libre determinación.

Todavía está pendiente la tarea de crear nuevos mecanismos de acercamiento y consenso entre el Estado y los pueblos ancestrales de la Amazonía. La tarea consiste en generar un panorama impregnado del nuevo espíritu de reconocimiento del otro y respeto mutuo. El desafío de este camino es complejo y está plagado de incertidumbre; precisamente, el esfuerzo radica en romper la desconfianza, despejar el discurso de prejuicios y fórmulas abstractas. La misma selva enseña que se puede caminar en ella desbrozando sus misterios y abriendo un sendero expedito, cuando se quiere ir al encuentro de su ancestral sabiduría. 

sábado, 3 de agosto de 2013

LA CAJA DE LA IDIOTEZ

Por Leonardo Parrini

Desde que la televisión fue denominada la caja de la idiotez, a la luz de la incisiva teoría comunicacional de Herbert Marcuse, ha sumado reveladores apelativos que dan cuenta de su condición como medio de manipulación. Uno de los calificativos más certeros es el que dio Abdón Ubidia a la televisión como el medio del olvido. Idiotez y olvido son, a fin de cuentas, rasgos ineludibles de evasión. Y evadirse ya es en sí mismo un verbo obsceno que supone rehuir cierto grado de responsabilidad.

¿Qué rehúye la televisión en su luminosa idiotez y olvido? Pues evade el compromiso con la realidad circundante, y lo hace a despecho de su propio nombre, porque televisión debió entenderse desde un comienzo como la acción de ver a la distancia. Es precisamente el distanciamiento de la televisión, que opera desde un olimpo mediático, el que la convierte en un medio impersonal, no participativo, vertical y extraño a las posibilidades de retorno del mensaje. La televisión -a diferencia de los diarios- no recibe cartas al director, al menos los presentadores rara vez leen ante cámaras un remitido de los televidentes. Y los testimonios de la “comunidad” o del “vecino del barrio”, no dejan de ser un sucedáneo de la preocupación por los reales problemas comunitarios.

En los últimos años se ha puesto de moda en la televisión ecuatoriana la producción de sketch realizados con actores de incierta condición profesional y libretos repetitivos que apelan a un humor ramplón. Pastiches copiados de formatos foráneos basados en situaciones absurdas que buscan la hilaridad fácil del televidente. Estos programas ubicados en horarios “estelares” disputan el rating con enlatados, noticieros, telenovelas o shows emplazados en pantalla con la misma prosopopeya mercantilista.

El humor es transformador, -revolucionario, decía Lenin- porque activa la matriz del cambio al enfatizar aquello que a través de la crítica humorística, la broma o la caricaturización, es forzado a ser reemplazado por algo diferente y superior. Pero esta condición innovadora del humor no existe en el show bussines criollo, puesto que nuestros payasos y comediantes televisivos son poco suscitadores y, por lo mismo, no revolucionan nada. Sus rutinas se suceden como retahíla de frases estereotipadas que, por lo general, aluden a situaciones sexuales, machistas o defectos físicos y mentales de sus interlocutores, tan limitados como los propios protagonistas. Y esta fórmula es repetida hasta las náuseas en la pantalla.

Por eso no es exagerado constatar que la televisión es una ventana a la banalidad cotidiana y chismorrea vulgar. Una prolífera agenda relacionada con intimidades y “pitos” de famosillos de la farándula que en su avatar diario, refleja el mediocre nivel de convivencia profesional que les caracteriza. En estos programas la idiotez de la que hablaba Herbert Marcuse, se reproduce a sí misma en interminables series que, a golpe de zapping, descubrimos vertiginosamente como plato fuerte de una televisión hecha con criterio de acomodaticia complacencia con un público que pide chabacanería a cuenta de emociones fuertes.

El show de la noticia

Otro tanto ocurre con los informativos de la televisión que oscilan entre la frivolidad y el proselitismo. En la pantalla abundan espacios saturados de notas triviales, en ausencia de una agenda con temas de mayor relevancia. Incluso los formatos incluyen comentarios banales de los presentadores al más puro estilo comediante. O, caso contrario, vetustos conductores de noticias ensayan todo tipo de juicios de valor sobre aspectos de la política pública de los organismos del Estado, a modo de campañas orquestadas con claros fines proselitistas. ¿Dónde queda el rigor informativo que merece el televidente?

A pesar de sus contenidos y formas, la televisión ecuatoriana capitaliza sintonía y puntos de rating con el afán obsesivo de captar y copar la atención de la teleaudiencia y, a cambio, proliferan en la pantalla escenas de violencia, sensacionalismo y manipulación informativa. La cobertura mediática puesta en marcha, a propósito de la muerte del futbolista quiteño Christian Chucho Benítez, desplegada al unísono por canales privados y públicos con morbosa obsesión por el sufrimiento humano, se convirtió en catarsis popular que confirmó qué tan lejos estamos de asegurar sobriedad en los contenidos. Y esto ocurre aun contando con una Ley de Comunicación que sanciona la desmesura de los medios en su agenda informativa. En el otro extremo, la televisión pública ecuatoriana mantiene en su franja infantil de los sábados las series La Casa de Mickey Mouse y Las Aventuras de Mickey y Donald,  “héroes” del mundodisney, denunciados por Armand Mattelart -en su libro Para leer al Pato Donald- como historietas nocivas para los menores por sus antivalores que propician la desestructuración familiar con personajes que no mantienen relaciones parentales, sino de tíos a sobrinos; las relaciones sociales improductivas en un mundo de la compraventa donde los oficios son terciarios; el menosprecio del trabajo; y el enriquecimiento de magnates ociosos que acumulan en bóvedas riquezas de oscuro origen. A este panorama cultural del mundo Disney, hay que sumar las “aventuras” que emprenden los personajes de sus historietas como si se tratara de agentes en misiones encubiertas, que tienen como escenario el territorio latinoamericano. 

Para Herbert Marcuse, medios de comunicación, industrias culturales y expresiones de la publicidad comercial, reproducen y socializan el sistema dominante a través de sus contenidos y valores. De este modo imponen un statu quo ideológico que frena la conciencia crítica del televidente. El efecto mediático conseguido es un escenario socio cultural unidimensional que coarta la libertad del telespectador y propicia un pensamiento único que condiciona la conducta del individuo. Los mass media generan una estructura de dominación bajo la apariencia de una conciencia feliz, que inhibe la posibilidad de cambio social. El discurso unidireccional de la televisión no ofrece explicaciones ni conceptos, sino imágenes raudas que no dan tiempo a la reflexión del televidente. La vertiginosidad televisiva del olvido que refiere Ubidia, descontextualiza los hechos ocultando su referencialidad histórica, por eso es evasión conseguida con idiotez. Lejos de moverse entre la verdad o la mentira, la televisión se limita a imponer un modelo social y cultural. Al mismo tiempo, con cierta frecuencia la televisión alterna su función evasiva con una persuasiva. Ambas generan el aletargamiento acrítico del televidente. Esto explica la resistencia de los medios audiovisuales a acatar de buen talante la nueva Ley de Comunicación, un instrumento legal que se propone desmontar la parafernalia monopólica que, con fines mercantilistas y proselitistas, ha dominado durante décadas el engañoso espectro mediático del Ecuador como un poder omnímodo.