GRANDES TEMAS - GRANDES HISTORIAS

E c u a d o r - S u d a m é r i c a
Mostrando entradas con la etiqueta Deporte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Deporte. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de octubre de 2012

ASÍ ES LA VIDA




















Por Leonardo Parrini

Era mi ídolo y lo sigue siendo. Cada pedaleada que doy trepando en ascenso o en la explanada pienso cómo lo haría él, montado en el caballito de acero. Es que los ídolos son, nada más y nada menos, esa otra parte que no somos y queremos ser. Son aquella fuerza que se necesita para no doblegarse y nos impulsa a ser mejores. A ser buenos, en el sentido de superación después de haber luchado – si no vencido – con espadas limpias y sentirse ganador incluso en la derrota que deja un sabor moral de victoria. Y los ciclistas lo sabemos, porque este deporte de hombres nobles que en plena competencia ayudan a su contrincante ante una caída en la ruta, nos enseña una fortaleza espiritual, acaso más notable que la potencia física, en los músculos del alma.

Cuando leí la noticia que el ciclista Lance Amstrong, vencedor siete veces consecutivas del Tour de France, había sido descubierto en una larga carrera de fraudes deportivos que lo hicieron obtener un tremendo palmares de medallas de oro, aupado por estimulantes y sustancias esteroides, sentí una doble sensación de impotencia y estupor.

Se había caído el ídolo del pedestal de mi admiración por un competidor fraguado en el consumo de estupefacientes que lo convirtieron en el súper hombre que cruzó la meta de la inmortalidad,  como el mejor ciclista de todos los tiempos, luego de vencer al cáncer. Y no se trata de moralismo estériles, sino de un sentimiento de derrota que rasga los pliegues del alma más al fondo de lo que uno cree. Ese sentimiento de decepción te hace descubrir - de improviso-  que el mundo funciona exactamente al revés de lo que uno imagina en la idealización de las cosas posibles o en la exaltación de las cosas buenas.

Acto seguido fui a mirar la foto que guardo de Amstrong cruzando la meta, luego del sprint final. Lo observe un instante con los brazos alzados, con esa estampa de gladiador invencible y me dije: ¡qué carajo, si la vida es así! Al menos así nos la pintan aquellos que manejan los hilos de esta fábula de lo absurdo. Así es el mundo contrahecho que termina por hacernos trizas el último sueño de niño, la postrera ilusión en un mundo ideal y seguro, y me dije, qué carajo, la vida siempre ha sido así.

Así, cuando una suerte de malhadada comedia de las equivocaciones nos hace aceptar lo que no debe ser como posible, y considerar paisaje natural aquello que no lo es. La vida es así, me dije, cuando se encarga de mostrarnos el revés de las cosas sin porvenir, con el rostro más decepcionante de la mentira, con la lógica del absurdo convertida en casualidad de lo admisible.

La vida es así cuando el negro pasa por blanco y la opacidad por luz. Cuando ya no es de creer en quien creíste y el credo es una patética oración en los labios. Cuando los puntos cardinales de la vida extravían y consideramos natural que la izquierda sea derecha y la revolución, involución. Así es la vida de pantomima cuando un indio traiciona su estirpe ancestral y posa con un banquero populista sobre una tarima electoral. Así de absurda es la vida cuando los referentes no son más que espejismos y vivimos el simulacro como real.

Qué carajo, así es la vida. Amstrong aun me tenía reservada una lección adicional. Un motivo para seguirlo admirando, ahora con los pies puestos en la tierra. Aun cuando el caballito de acero luce inmóvil, con esa patética quietud que tienen las cosas móviles cuando quedan quietas, como dice Cortázar. El ciclista Lance Amstrong, que cruzó la meta de mis sueños con los brazos alzados, aun en sus victorias, aun en su derrota, me hace comprender que la vida puede ser así. Un renacer de ave fénix, subidos al podio y laureados con una mirada más realista de la existencia. Un fugaz momento que nos impulsa a soñar en la posible imposibilidad que la vida no siga siendo así. 

lunes, 13 de agosto de 2012

EL TAMAÑO DE NUESTROS SUEÑOS


Fotografía El Comercio
Por Leonardo Parrini

Apagada la antorcha olímpica queda para unos el sabor de la victoria y para otros la resaca de lo imposible. El medallero olímpico es señal que hay países capaces de competir y ganar y otros en capacidad de ir y jugar. EEUU, Inglaterra, China entre los primeros, y Cuba, como mejor latinoamericano de las Olimpiadas, seguido por Colombia, Brasil, México y Argentina. Mientras que Ecuador se ubica en el segundo grupo con una actuación “decorosa” para zutano y “heroica” para mengano, y para  la mayoría normal, es decir, a la medida de lo que somos como pueblo.

Una de las jornadas más vibrantes fue, sin duda, la que protagonizó el deportista costeño Alex Quiñonez que nos hizo ilusionar con una medalla, luego de acceder a la final tras una carrera codo a codo con Usain Bolt, el hombre más veloz del mundo. No obstante, lo que en la semifinal fue ilusión en la final fue complaciente resignación, incluso, con sabor a triunfo porque el ecuatoriano avanzó del octavo al séptimo lugar entre los especialistas mundiales en 200 metros planos.

¿Eso es todo? No, porque un gesto de Alex Quiñonez, segundos antes de iniciar la prueba de su vida en la final, nos retrató de cuerpo entero como país. Alex hizo el típico gesto ecuatoriano con la mano para decirnos ¿Y ahora?... ya me jodí! Un gesto que dejó entrever qué pasaba por su mente en ese momento. Horas antes había dicho a la prensa que se sentía “presionado”, pero en ese instante crucial no hubo tal presión. Lo que hubo fue un aflojamiento mental, propio de quien ya no quiere competir para ganar, sino sólo participar. No decimos que no puso todo lo que tenía de sí, pero lo que tenía era lo que aprendió en su formación deportiva y humana en este país y no en otro.  En ese momento que se sintió solo ante sí mismo trató de vencerse y lo logró; pero, no vencer a los demás. No estaba preparado para aquello porque recibió una formación distinta a Usain Bolt, el gladiador olímpico que enfrentó la cámara y la carrera con un gesto desafiante, aguerrido y triunfador. Tardamos toda una vida en convencernos de que sí se puede competir en el fútbol, de igual a igual, con el resto del mundo y lo demostramos en la cancha en su momento; pero no estuvimos convencidos de que sí se podía en la pista londinense y el gesto de Alex ante la cámara impertinente así lo demostró, pese a su esfuerzo que lo engrandece.

Somos lo que somos

Nuestra identidad es nuestra cultura, dice Jorge Enrique Adoum y tiene mucha razón, porque somos los que somos culturalmente hablando. En este caso, un pueblo que se siente patria chica, como refiere Adoum, en el excesivo uso de diminutivos, que por tanto le ocurren cosas a su medida. Nos expresamos, según la percepción que tenemos de las cosas. Hablamos en chiquito, porque pensamos en chiquito. No soñamos en grande, por lo mismo nos conformamos con poco. Nos declaramos héroes aún en las derrotas y en las enfermedades, como aquel ministro de salud que declaró héroes nacionales a los contagiados de SIDA en una clínica de Guayaquil.

La fecundidad de una sociedad también se mide por la riqueza de sus imágenes míticas, dice Octavio Paz. Nuestros héroes lo son, no por su forma de vivir, sino por el hecho y forma de morir. Es el caso de Abdón Calderón que, antes de ser herido de muerte en la Batalla de Pichincha, luchó en seis batallas independentistas y sobrevivió. Nuestros hombres y mujeres son heroicos ante nuestros ojos porque, simplemente, queremos que lo sean, en ese sentido vivimos una realidad aspiracional, más que una realización de verdad. Cada pueblo crea héroes a su medida.

Menoti dice que se juega como se vive. El deporte es competencia; los héroes olímpicos del pasado así lo concibieron. El deporte es medición de fuerzas, de velocidad, de elasticidad y, por sobre todo, de temple anímico, espíritu de combate y mentalidad ganadora. No nos engañemos: no se compite por competir, se compite por ganar, sino preguntemos a los norteamericanos, cubanos, chinos o ingleses.

Benjamín Carrión propuso que si no pudimos ser potencia económica, política o militar, fuéramos potencia cultural. Nuestros gestores culturales hicieron lo suyo y allí está Ecuador engrandecido por su creación artística y literaria.  Faltó para cumplir a plenitud el sueño de Carrión, según Raúl Pérez Torres, apoyo del Estado durante nuestra historia. En nuestra cultura deportiva sucedió igual, la tricolor cumplió en su momento, Jefferson Pérez, Rolando Vera consiguieron triunfos con esfuerzo propio, allí donde el apoyo estatal brilló por su ausencia. Hoy que el Estado, por primera vez, entregó 6 millones de dólares para la participación de los deportistas olímpicos ecuatorianos en Londrés, habrá que preguntar al COE cómo invirtió ese dinero y con qué resultados.

Y aunque Jorge Enrique Adoum nos recuerda que no tenemos vocación de futuro, estoy convencido que la opción de futuro de un país se mide por el tamaño de sus sueños. Por su decisión de vencer la inseguridad, impotencia y sensación de fracaso. Los griegos cuando crearon las olimpiadas lo hicieron para demostrar su capacidad de desafiar a los dioses del Olimpo. Para sus gladiadores competir era un asalto al cielo. Soñaban en grande, por eso los hombres atenienses desafiaban a sus deidades. El día que el Ecuador se proponga un asalto al cielo, nuestros sueños crecerán y viceversa: para asaltar el podio olímpico del deporte y de la vida no hay más que soñar en grande.

lunes, 9 de julio de 2012

¡AHORA SÓLO NOS QUEDA BARCELONA, ÑAÑO!


Fotografía El Comercio
Por Leonardo Parrini

Esa sentida arenga de un hincha de Barcelona Sporting Club de Ecuador ante la tumba del otro “ídolo del Astillero”, Julio Jaramillo, alude a la clara raigambre popular de una institución deportiva que desde su fundación, el 1 de mayo de 1925, ha escrito una historia deportiva con sudor y lágrimas, muchas veces de alegría y otras de tristeza. Era el invierno del 78 cuando los hinchas lloraban a mares la partida de Julio Jaramillo, apodado el Ruiseñor de América, el cantante ecuatoriano de mayor proyección internacional con un palmarés de éxitos como intérprete de boleros, pasillos, valses y tangos que lo catapultó a la fama en  los años 60.

Este fin de semana último la euforia volvió a las huestes barcelonistas que vieron como su ídolo, al cabo de una década, vuelve a clasificar para la final del campeonato de fútbol ecuatoriano, consiguiendo un cupo para la Copa Libertadores 2013. Otra vez el malecón porteño fue un rio amarillo y el astillero se llenó de júbilo. Algarabía deportiva que inundó las picanterías y cantinas del puerto de Guayaquil que aún perviven, pese al modernismo urbanístico que arrasa toda tradición. Era la celebración de pueblo humilde, ese que sólo conoce alegrías en los estadios cuando gana el ídolo amarillo, y en las rockolas, cuando canta el otro ídolo también de pecho amarillo, Julito el maestro, como lo recuerdan los estibadores del puerto, y que según reconocen, entre biela y biela: “está cantando mejor que nunca, ñaño!”

“La plena ñaño, qué falta que hacía un triunfo del Barcelona”, dijo un hincha saliendo del estadio azuayo donde el club guayaquileño perdió en reciente partido frente al local Deportivo Cuenca uno por cero, pero que aún así, gracias al empate entre el Independiente del Valle y Liga de Loja y a ese capricho de las aritméticas deportivas, clasificó para jugar la final de la primera etapa del campeonato de fútbol ecuatoriano 2012. “Ya era hora”, dijo otro hincha en la puerta del estadio cuencano. Y seguro que la hinchada joven no sabe este detalle: el ídolo del Astillero, ese que cuando da alegrías paraliza al puerto de puro contento, ha conseguido hazañas como La Victoria a Millonarios, La Hazaña de la Plata, las 2 finales de Copa Libertadores 1990 y 1998 y otras gestas que hicieron al Barcelona el equipo más popular del Ecuador. Además, ha ganado 13 campeonatos nacionales con lo cual se convirtió en el equipo que más títulos ha conseguido en la Serie A de Ecuador.

Y aunque al borde de la cancha morlaca los jugadores barcelonistas, comandados por Narciso Minda, celebraron alegres y luego se “armó la rumba” en los camerinos, otro hincha luego del partido fue a cerrar el círculo de una añoranza popular, potente y sincera, ante la tumba de Julio Jaramillo. Alli puso una flor amarilla y prometió nunca más dejar de creer en su equipo, así tenga que sacar fuerzas de flaqueza y fe de donde sólo queda la ilusión. Porque ante tu ausencia, Julito, ahora sólo nos queda Barcelona, ahora que estamos a punto de invitarte para que cantes mejor que nunca ñaño, en la próxima celebración de un nuevo campeonato ganado con sudor de pueblo, ese que empapa la amarilla hasta el alma.