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viernes, 28 de junio de 2013

LA CRISIS Y EL ARTE:¿POR QUÉ NO CREER EN EL FUTURO?


Por Leonardo Parrini

La crisis de fe en el futuro y las posibilidades del arte en épocas de crisis, son algunos de los tópicos que preocupan a José Ovejero, como signos de nuestro tiempo. El escritor español ganador del Premio Alfaguara de novela 2013 y Anagrama de ensayo 2012, de visita en Ecuador, ha dicho que “el escritor fue visto en una época como una persona rara, que usaba un lenguaje distinto al del común de los mortales, ahora tiene un lugar privilegiado y de incidencia en la opinión pública.”

¿Cuál es ese lugar? Ya en otras épocas, no hace mucho tiempo, nos habíamos preguntado dónde están las causas por las cuales inmolarse y dónde buscar los referentes a seguir. Cuestión frente a la cual, Ovejero sugiere que el intelectual, a pesar de su posición de privilegio, ya no es el principal referente, ya que “los escritores han perdido buena parte de ese valor de ser una referencia moral, una conciencia de la sociedad. Ahora parece que son los actores y los cantantes los que salen en los periódicos, y los escritores estamos en la retaguardia. Creo que el mundo de hoy no busca un discurso complejo, sólo quieren titulares”

Pastiches en pastillas

Algo de aquello que señala Ovejero ya lo encontramos en la construcción de los discursos, a partir de las simulaciones de los contenidos en las plataformas cibernéticas que imperan en la actualidad. A falta de otros referentes, se imponen los pastiches en cápsulas, -por decirlo de alguna manera-, frases clisés que abundan fuera del texto, imágenes vacías de contenido. En este contexto, las utopías y las causas sociales no pasan por los estamentos culturales, sino por la calle del pueblo llano como aspiraciones no resueltas, mientras que las grandes quimeras son motivo de descrédito y sospecha intelectual. La crisis es una Gorgona de mil rostros: crisis de sobrevivencia material, ruptura de modelos políticos y culturales, cambio en las costumbres cotidianas, derrumbe de creencias inapelables, etc. Cualquiera sea el rostro de la crisis, la primera respuesta humana que debiera ofrecer consistencia es el arte, más no por sus respuestas, sino por sus cuestionamientos.

Compartimos la idea del divorcio existente entre la necesidad y la libertad humana. Es decir, hoy día la lucha por la sobrevivencia se da en dos andariveles: las hambrunas materiales por un lado, y las inaniciones intelectuales por otro. Ambas están siendo transadas en espacios diferentes. En la ideología del discurso de la sociedad posmoderna, no advertimos una potente carga de denuncia contra las injusticas. Y no vemos en el arte la osadía de suscitar la transformación de esa realidad. “No creemos en el futuro. No creemos en la posibilidad de sacrificio, -dice Ovejero-, hay una situación de desánimo general, lo que paradójicamente es bueno para la literatura, pues el arte suele crecer en épocas de crisis, de tensión, como en Cuba, que vivió un renacimiento de su literatura, o en Alemania, con la caída del muro de Berlín”.

En un intento por devolver al arte la función creadora de universos inéditos, Ovejero cree que “mientras haya lectores que consideren que la ficción aporta algo en sus vidas, es legítimo seguir escribiendo”. Sin embargo, más allá de la tentativa del arte por resignificar la realidad por medio de la ficción de la palabra y de la imagen, nada advertimos, pero apostamos en un arte que arranque de un realismo que supere lo virtual.

Se trata, por decirlo en términos de Ovejero, de una “crisis ética” que es expresión de la claudicación ante la idea de construcción, motivado por el “desánimo” que señala el autor español. No creemos ya en el verbo construir, sospechamos de los materiales y de la obra en sí, como elementos capaces de actuar en la realidad. Sigue pendiente el qué hacer y el cómo hacer, para que el arte que “suele crecer” en épocas de crisis, proponga espacios de sobrevivencia. Bien sea como propuesta de salida del estado crítico, o sentencia sobre la imposibilidad de superarla.

En medio de esta disyuntiva amerita preguntarnos ¿por qué no creer en el futuro? La respuesta acaso empiece a germinar cuando renunciemos a la idea de que la crisis es un estado transitorio y enfrentemos un claro designio: la crisis puede ser una condición existencial. El arte de hoy en tiempos de crisis, “cumple un papel de desintoxicación, porque va más allá del mercado, se nutre del mismo, vive gracias a él, pero, también, muestra su visión de largo alcance”, dice Joan Lluís Montané y tiene razón. Esto a condición de que motivado por la utopía social, el arte como testigo de su época, pueda arrojar nuevas luces en medio de la opacidad.

lunes, 12 de noviembre de 2012

EL PODER PACIFICADOR DEL ARTE


Por Leonardo Parrini

No había leído en este último tiempo una idea más alentadora que la de Steven Pinker: la época actual es la menos violenta de la historia de la humanidad. Alentadora, mas no menos desconcertante, puesto que vivimos quejándonos de la violencia política, delictiva o deportiva y añorando un mundo de paz. Estas percepciones ciudadanas contradicen la tesis central del libro Los Ángeles que llevamos dentro, texto en el que su autor Steven Pinker, catedrático de Psicología Experimental en la Universidad de Harvard, apuesta por el declive de la violencia ya que de acuerdo con las estadísticas los crímenes, guerras y violencia familiar han disminuido en las últimas décadas.

La época en que vivimos - constata Pinker- es menos cruel en los ámbitos de la familia, la ciudad, las naciones y las relaciones internacionales. Nunca antes hubo menos genocidios, torturas, guerras, represiones y, por lo mismo, ha disminuido la posibilidad de morir de una muerte violenta.

¿Tendemos o no los seres humanos de manera innata a la violencia? Esta interrogante de Pinker no es menos inquietante, puesto que involucra la idea de que la violencia pueda ser consustancial a la naturaleza humana. Si nuestra condición ontológica como especie implica tener una carga genética de instintos violentos, equivale a negar una mejor opción al convivir pacífico entre los hombres. Pinker busca una respuesta intermedia y afirma que junto a los instintos violentos hay impulsos contrarios, como ángeles interiores, que ponen un equilibrio en la conducta humana.

El psicolingüista norteamericano, considerado “la estrella pop de la psicología evolutiva” por la revista Times, abriga la esperanza de que la violencia en sus formas históricas de tortura, esclavitud y ejecuciones no se vuelva a repetir. Pinker constata que el cese de hostilidades bélicas entre las naciones más desarrolladas es un hecho tangible desde hace 67 años. Sin embargo, sostiene que la discriminación no desaparecerá de la faz de la tierra y tampoco los homicidios, aun cuando el ser humano mantiene una convivencia pacífica sustancialmente distinta a las generaciones anteriores.

El arte de hacer la paz

Pinker cree en el poder de la música, literatura o del arte para expandir la empatía de la gente, puesto que el ser humano invierte “una enorme cantidad de tiempo en explorar mundos imaginarios”. Es decir, nos encantan las historias que para Pinker incluyen “formas narrativas tan dispares como los chistes, las leyendas urbanas, los programas de televisión o las películas”. De este modo los conflictos de intereses cobran una nueva dimensión “en el recinto seguro de la mente” y producen placer y empatía al verlos representados.

La función expansiva del hecho artístico como generador de empatía humana que señala Pinker, emerge a nuestro entender de la condición del arte como una actividad esencial del ser humano que restaura su capacidad de respuesta ante sus dramas y cuestionamientos existenciales. Precisamente, cuando la política, la economía o la religión se agotan como discursos que segmentan a los hombres entre sí, el arte surge como empatía, afinidad y congregación afectiva. Es en ese estado esencial de la creación estética que el hombre encuentra lucidez ética para reflexionar acerca de su condición humana. Si bien la idea original de Pinker nos sitúa  hoy en una época menos violenta que nos aleja del exterminio de la humanidad, concebir al arte como un poder pacificador es un buen síntoma de lo mucho que aún se puede avanzar en el camino que conduce a una disminución gradual de la violencia en el mundo.
                                                            

domingo, 2 de septiembre de 2012

EL FALSO ARTE



Fotografía Arte Spain
Por Leonardo Parrini

¿Cómo puede el arte, a partir de una falsa expresión, cumplir con el rol de transgredir, transformar y dar sentido a la realidad? Esta es una interrogante imperativa que suscita la lectura de un artículo acerca de la valoración que hace del acto estético Avelina Lésper, crítica de arte mexicana.

Lésper apunta los fuegos contra lo que denomina “la carencia de rigor, el vacío de creación, la ocurrencia y la falta de inteligencia del falso arte” que llega a museos y exhibiciones sin ningún impedimento. La falsedad del arte contemporáneo, el dogma inconfesable, denunciado por la mexicana desnuda de cuerpo entero a más de un pintor de galería.

El mercantilismo imperante impone -como fin último- la transacción de piezas entre curadores y coleccionistas. Obras emergidas de las manos de pintores que realizan una producción en serie, más cercanos de la artesanía que del arte. Su trabajo es “mover obra” en un mercado de consumidores para quienes las piezas adquiridas cumplen una función como artefactos decorativos. Esto me remite a la sincera confesión de un pintor amigo que reconoce que sus clientes compran sus obras por encargo, cuadros que deben tener una dominante tonal acorde con el color de las paredes de su nueva casa “para que hagan juego con diferentes ambientes”.

Esta tendencia a la trivialización del asunto artístico habla de la desnaturalización del arte como gesto transgresor y transformador de la realidad, convertido en pastiche donde lo accesorio prima por sobre lo esencial y lo ornamental desplaza a lo estético.

La obra es acepada en "sumisión con una autoridad que impone sus criterios", afirma Lésper. Pero es que ni siquiera impone criterios, simplemente sacraliza lo que considera válido en la obra a partir de una actitud de oráculo. Hay críticos que todo lo que tocan con su palabra sacra, convierten literalmente en oro. Basta que la obra sea mencionada por ciertas vacas sagradas de la crítica para que “exista” y se cotice en los circuitos donde se transan y transitan las mercancías del arte. Ecuador no es la excepción, aunque a escala y medida de las posibilidades de nuestros traficantes criollos de obras.

Lésper arremete también contra el ready made o “lo ya visto” del arte hecho con “objetos encontrados”. Tendencia creada por Marcel Ducham que denomina arte a objetos producidos industrialmente y sacados de su contexto original, desfuncionalizados y convertidos en obra artística. Arte –por lo demás- deliberadamente utilitario y obviamente decorativo, ejecutado sin ninguna intervención y declarado como tal, por el hecho de que “arte es lo que se denomina arte”, según Ducham. Una provocación, a todas luces, como la exhibición que hizo Ducham de una rueda de bicicleta y un urinario en 1915, trastocando todos los cánones estéticos de la época.

A la falta de singularidad del arte, Lésper añade a su crítica la idea de la sustitución de los artistas por la masificación de la actividad en la que “todo está predestinado a ser arte”, desde las excrecencias, las fobias, hasta los mensajes de internet. Se impone entonces “un ejercicio ególatra” que no distingue entre los excrementos, performances del llamado arte en vivo o artefactos hechos con “abrumadora simpleza creativa”.

Esta banalización de contenidos aleja definitivamente la posibilidad de que el arte devuelva el sentido de fruición estética al espectador. La trivialización de la obra artística cuando es exhibida por los mass media para consumo masivo, hace que ésta sea empastillada en breve entregas, -por ejemplo un fragmento de opera en la voz de Pavarotti-, ya que “el arte no vende” -como en una ocasión me anticipó un funcionario de Ecuavisa- pero hay que estar al aire con un producto “artístico” televisivo que, de todos modos, debe ser maquillado de pieza exclusiva y utilitaria.

El actual es un arte segregacionista y excluyente que desprecia al espectador poco versado, encarándole una ignorancia insuperable. Un artificio que se sitúa a años luz de ser un arte para la integración transformadora de la realidad en el camino de un mundo más humanizado. Un arte que, nada más, requiere ser vendido al mejor postor en pura complacencia de mercaderes y patrocinadores. Un fraude de simuladores que volvieron la espalda a sus semejantes en un simulacro de la realidad artística, frente a la cuál claudica toda redención liberadora de un arte del hombre para el hombre.

domingo, 23 de octubre de 2011

CRONICAS EXISTENCIALES DE CARMEN SILVA




















Por Leonardo Parrini

Volver a admirar la pintura de Carmen Silva, expuesta ahora en la muestra Retorna al Ecuador, en el Centro Cultural Metropolitano en Quito, resulta una experiencia reveladora al descubrir que la artista chilena es ella en una sola y, al mismo instante, ella en todas las mujeres retratadas en sus cuadros. Mujeres de enormes ojos color agua marina; desmesurados como los suyos, de no ser por la poderosa  afección que destellan.

Carmen, que habitó en Ecuador exiliada por la dictadura de Pinochet entre 1973 y 1986, se afincó en Quito donde hecho raíces que germinaron entrañables afectos en amigos y discípulos. Ahora, al cabo de tres años de su partida definitiva en 2008, la artista retorna al Ecuador de la mano de una obra que trasciende por su enorme poder estético y comunicacional.

Discípula de grandes exponentes de la plástica mundial, como André Racz, Nemesio Antúnez, Bernard Buffet, William Hayter, Sewel Sillman y Roberto Matta, recibió enseñanzas que cultivaron en ella el sentido de la fina poética desplegada en sus cuadros. Dotada, por sí misma, de un raro dominio del dibujo, Carmen Silva, no exacerba de color sus pinturas, sino en detalles simbólicos de rojos que reclaman nuestra atención para significarnos el dolor físico o moral de sus personajes inmersos en atmósferas de tonos apastelados.

Militante de la solidaridad y la ternura, nada del sufrimiento humano le fue ajeno, será por eso acaso que la temática subyacente en la obra de Carmen Silva es, frecuentemente, una crónica existencial del amor, la desolación, la violencia o la dura tarea de sobrevivir en un espacio inhóspito, que tan bien simbolizan los grises y azules acerados difuminados sobre el lienzo como fondo de sus oleos, dibujos y técnicas mixtas, manufacturados  con virtuosismo por una artista que se describe a sí misma como una “periodista de la pintura”.

Volver a tener a Carmen Silva entre nosotros, es evocar a nivel sensorial incluso, su presencia ausente. Es de nuevo verla caminando por el campus de la Universidad Central en Quito, arrebujada en sus negros y largos vestidos con su chal de lana sobre los hombros; dueña de esa atmósfera de misterio que exhalaba su querida presencia y que hoy descubrimos, como una transparente revelación, plasmada sobre la tela de sus maravillosos cuadros.

viernes, 22 de octubre de 2010

¿TIENE SENTIDO EL ARTE?














Por Leonardo Parrini 

Los griegos lo tenían claro, saber pensar y concebir el mundo era para ellos la epísteme, saber hacer era cosa de la tecné. Así los roles entre esclavos y filósofos, entre guerreros y artistas estaban bien definidos. Hoy el arte ha perdido sentido. Este laconismo no es más que la constatación de que las manifestaciones de arte se han convertido en una repetición de expresiones audiovisuales e iconográficas en serie, tamizadas por la tecné que se impone por sobre la epísteme.

Una de las cuestiones claves para dilucidar el sentido del arte consiste en  ver si este oficio sigue teniendo el significado que la historia le atribuye, desde la aparición de los policromos rupestres en las cuevas de Altamira, como registro del quehacer humano en este mundo. 

Ahora impelido a sobrevivir en el caos tumultuoso de la posmodernidad, donde la muerte de la utopía lo empuja de bruces a un arte sin vocación de futuro, el artista enfrenta el reto superior de redimirse a través de una creación que otorgue un sentido a la realidad circundante.

 ¿Cómo se hace arte en un mundo donde sobrevivimos, solos, sin dioses o utopías posibles?   
La expresión multimedia es el prototipo del arte actual, un fruto del triunfo de la tecné por sobre la epísteme, un contacto inestable entre personas y mensajes que se difunden y propician lecturas diversas. El resultado es una heterogeneidad fugaz e inasible, entendida como participación segmentada y diferencial de un emporio internacional de mensajes que penetra por todos lados y de maneras inesperadas al entramado local de la cultura.

Se inauguran de este modo los rasgos de un arte impuro, con predominio de collages de textos e imágenes en un súper mercado de inversiones; un arte que ha perdido mística, energía transformadora y carga afectiva. Un arte que privilegia la somera diversión de los sentidos, cultura light, democrática y mediocre que posterga toda contemplación crítica por la fruición hedónica. Un producto de las industrias culturales que no difiere de los artefactos engendrados con modos de producción a gran escala. Este arte crea un público al que no le interesan nuevas temáticas - si es que las hay -, sino nuevas formas, ornamentales y seductoras formas de presentarle más de lo mismo. Aguda dicotomía, mientras la cultura de masas busca dispersión, el arte reclama recogimiento.

Un arte así producido pierde todo sustrato cultural, nos recuerda Aldous Huxley, condición y posibilidad de la distancia necesaria, entre obra y espectador, para que éste último pueda recogerse y contemplarla. Una obra así reproducida, no sería ya una obra de arte, sino un pastiche convertido en fetiche donde solo prima su valor exhibitivo, útil y funcional.

Se bifurcan así dos salidas posibles: un espacio dogmático para elites consumidoras de productos de circulación restringida, que se basa en la premisa de que para entender el arte hay que tener no sólo educación, sino una cierta disposición estética. Y otro circuito pragmático de amplia difusión que busca llegar a públicos masivos, que otorga lo que se dice que desean: experiencias fragmentarias de cultura; retazos de formas y fondos distintos y decorativos. 

El arte posmoderno ha perdido sentido. Se impone el simulacro, meras actuaciones que representan aquello que no es; simulaciones que fingen acciones sociales en las prácticas culturales de un mundo donde lo virtual, en su función simuladora,  prevalece por sobre lo real. 

¿Qué sentido queda entonces al arte actual? Por un lado la práctica de un sujeto que tiene la opción de jugar al artista socialmente incomprendido, de élite o marginal, premunido de una epísteme que busca dar significado ontológico a la realidad. O por el otro, un individuo-masa, dominado por la tecné, que puede arriesgarse a combinar géneros y estilos, y convertirse así en otro híbrido de la caótica y tumultuosa cultura de la posmodernidad.