GRANDES TEMAS - GRANDES HISTORIAS

E c u a d o r - S u d a m é r i c a

sábado, 16 de agosto de 2014

NARRAR LA MUERTE, UN RITO PURIFICADOR


Por Leonardo Parrini

Si escribir sobre la vida es ya de por sí difícil, no se diga hacerlo sobre la muerte. Y lo es, porque racionalizar sobre un hecho que tiene puramente componentes emocionales supone un pequeño gran reto intelectual que invita a diluir la cursilería, el dramatismo extremo o, simplemente, la excesiva frialdad frente al tema, en un ácido muchas veces caustico. Cuando se escribe acerca de la muerte del otro se lo hace desde una perspectiva de la nostalgia evocadora, actitud suficiente para perder el tono reflexivo que debe primar por sobre los exabruptos sentimentales.

Los duelos no suelen ser un tema precisamente estimulantes, porque implica erigirse por sobre el dolor de la ausencia y en eso la literatura tiene un renglón vital. Una reciente investigación de Leila Guerrero sobre libros escritos después del desgarro arroja una gélida luz sobre cómo entender la agonía propia ante la muerte del otro. Escritos dos meses después, o dos años más tarde, o al pie de la cama donde yace la carne querida. Amparados en la piedad de las elipsis, o repletos de detalles drenados al recuerdo. Bajo la forma de diarios, de epístolas, de canciones de cuna con ardiente error de paralaje. Erizados de esquirlas de un incendio que no cesa. Hijos de un género al que nadie querría dedicarse. Libros que cuentan el fin (la muerte del padre, el tormento del hijo) y que, para contar el fin, deben empezar por el principio. Y, para empezar por el principio, hay que recordar.

He ahí el primer escollo: la memoria dolorosa es obsesiva, se aferra a los detalles y no permite el escaneo mental sobre otros acontecimientos y así, acaso, se convierte en un sedante para el olvido. Por eso que en los episodios de la búsqueda de Guerrero es fácil hallar, prendidos en un papelito fijo sobre una pared, episodios de neurótica obsesión por algún elemento que remite a la ausencia del ser perdido.

“Tu hijo ha muerto y debes empacar una maleta para viajar hasta donde te espera su cadáver. Y lo haces. Alguien te ayuda, dice un pantalón negro, dice es mejor meter los zapatos en una bolsa”, escribe la colombiana Piedad Bonnet en Lo que no tiene nombre. Esta cita muestra como esa fijación por los detalles tienen que ver con la muerte que se focaliza en pormenores a veces mórbidos del sujeto amado y perdido. Lo que no tiene nombre empieza con una escena inocente: Bonnett, sus hijas y su marido entran a un departamento en el que parecen haber estado antes. En la segunda página, Bonnett escribe: “Me pregunto qué sucedió aquí en los últimos veinte minutos de vida de Daniel”. Dos párrafos después, una pareja de vecinos pregunta si son parientes del estudiante que se mató ayer. Y así, de una manera lateral, el lector entiende que la autora está en el departamento de su hijo, y que su hijo se ha suicidado, apunta Guerrero. Ninguna indagación soslaya los detalles obsesivos: Para reconstruir las horas que precedieron al suicidio, Bonnett averiguó, juntó las piezas: a tal hora, Daniel habló con su hermana, a tal otra subió a la terraza. Y eso, duro como fue, no lo fue tanto como reconstruir los padecimientos previos a la muerte.

En el estudio de Guerrero asoman una larga retahíla de obras que hablan de la muerte del otro. Entre las cuales destacan El libro de mi madre, de Albert Cohen (1954); Una muerte muy dulce (1964) y La ceremonia del adiós (1981), de Simon ede Beauvoir; Una pena en observación, de C. S. Lewis (1961); Desgracia impeorable, de Peter Handke (1972); Mortal y rosa, de Francisco Umbral (1975); La invención de la soledad, de Paul Auster (1982); Mi madre, in memoriam, de Richard Ford (1988), podrían sumarse títulos recientes, varios de ellos con ventas importantes y muchas reediciones, como La ridícula idea de no volver a verte (2013), de Rosa Montero; Tiempo de vida, de Maarcos Giralt Torrente (2010); El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince (2006); Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett (2013); La hora violeta, de Sergio Molino (2013); Di su nombre, de Francisco Goldman (2011); Canción de tumba, de Jukian Herbert (2011); Memorias de una viuda, de Joyce Carol Oates (2011); Un mar de muerte, de David Rieff (2008); Mi libro enterrado, de Mauro Libertella (2013); Ojalá octubre, de Juan Cruz Ruiz (2007); Diario de un duelo, de Roland Barthes (escrito entre 1977 y 1978, publicado en 2009); Mi abuela, Marta Rivas González, de Rafael Ggumucio (2013); El año del pensamiento mágico (2005) y Noches azules (2011), de Joan Didion.

Se trata de libros que emergen de un género en el fondo vilipendiado, porque el memoir de duelo -dice Guerrero- es quizás “un síntoma de que algunos escritores queremos reconquistar el territorio que ahora saquean los gurús y los depredadores de lo cursi”, según la afirmación del español Sergio del Molino. Un transgénero literario que llena una estantería de piezas que “intentan recuerdos tristes -el rastro del cuerpo del niño en las sábanas vacías, las huellas de los dedos de la mujer en el envase de champú— para hacer, de una pesadilla, una pieza de literatura”.

Otro ejemplo literario es citado por Guerrero como un paradigma de este género: La ridícula idea de no volver a verte de Rosa Montero que cuenta la vida de Madame Curie a partir de un diario que empezó a escribir al enviudar de su esposo el periodista Pablo Lizcano: Imagínate esa habitación de hospital en penumbra, los niquelados brillando con un destello oscuro como de nave espacial (…), la soledad infinita”. Él abre los ojos y dice dos palabras: un código de enorme intimidad. Y, punto y seguido. Montero -citada por Guerrero- desbarata cualquier sensiblería: “Lo que acabo de hacer es el truco más viejo de la humanidad frente al horror. La creatividad es justamente esto: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza”. Sera por eso que un dolorqueda en la zona de lo indecible”. Es posible hablar de un dolor, de lo bello que hay en ese dolor: Creo que esa es la función del arte: convertir carbones en diamante, concluye la autora. “La creatividad es justamente eso: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza”, dice Montero.

Ahí recién entonces emerge la fórmula posible para que narrar sobre la muerte, resulte ser un rito de purificación: Hundir palabras en el dolor para que su materia terrible suelte esquirlas luminosas, astillas de una última, posible, herida belleza. Como otro botón de muestra, Guerrero relata la vivencia del chileno Rafael Gumucio ante la muerte de su abuela narrada en Mi abuela, Marta Rivas, 2013: “Me entrenaba, me aleonaba, pero cuando empezaba la pelea abandonaba mi rincón (…) Porque en su desprecio por lo que yo escribía había ante todo preocupación, temor a verme hecho polvo. El resultado de la escritura es paradójico. Yo pude hablar con los muertos, estar con mi abuela los últimos cinco años. Lo que no pude hacer es que estuviera viva”. El proceso de escritura da sentido a todo lo que parece no tenerlo, pero, a la vez, exige chapotear en fango de dolor, concluye Guerrero. Un día, finalmente, hay que poner en marcha los relojes, deshacer el hechizo, y ponerse a escribir sobre la muerte como un rito de purificación. Uno escribe para no morir, o para que la gente no muera, dice Gumucio. Se lo creo, como un lenitivo necesario para revivir lo que amamos. 

domingo, 3 de agosto de 2014

COCA CODO SINCLAIR, “UNA OBRA COLOSAL”


Fotografía Leonardo Parrini
Por Leonardo Parrini

“Es un privilegio estar trabajando en la obra más grande que se construye aquí en el Ecuador. Esta es una obra colosal”. Herman Hidalgo, obrero guayaquileño de 35 años hilvana la frase con emoción en su voz, tratando de superar al ruido producido por las maquinarias en acción. Herman cumple labores de controlador de calidad de la obra y de los materiales del proyecto Coda Codo Sinclair, el más emblemático de la ingeniería hidráulica del Ecuador. Hidalgo forma parte de los 6.896 trabajadores que construyen este proyecto hidroeléctrico considerado el más grande del país y uno de los más representativos del mundo.

La construcción del proyecto Coca Codo Sinclair que inició en julio del 2010, lleva cumplido dentro de cronograma el 7O% de la ejecución. La central generará 1.500 MW, es decir el 36% de los 4.000 megavatios demandados por el consumo nacional. La obra está ubicada a cuatro horas de Quito, en la vía Baeza-Lago Agrio, en la cuenca de los ríos Quijos y Salado que forma el río Coca. La obra se yergue rodeada por una exuberante vegetación en la región selvática de las provincias de Napo (cantón El Chaco) y Sucumbíos (cantón Gonzalo Pizarro), donde llueve los 7 días a la semana. Por esta razón el proyecto toma el nombre de Coca, en honor a su locación; Codo, por el meandro del rio que describe una curva justo en el punto de la obra. Y Sinclair, por el ingeniero norteamericano Joseph Sinclair, quien habría enunciado que una misma vertiente de agua tiene un declive único permitiendo el flujo de agua en caída natural, principio que habría inspirado la construcción de centrales hidroeléctricas.

El proyecto Coca Codo Sinclair está conformado por una presa de captación de enrocado con pantalla de hormigón, vertedero, desarenador y compuertas de limpieza. El sistema, en su conjunto, permite transportar el caudal captado hacia el embalse compensador, a través de un túnel de conducción de 24,85 km. El túnel registra un desnivel de 620 mts. y un caudal medio anual de 287 m3/s aprovechables para generación hidroeléctrica. Desde el embalse compensador hasta la casa de máquinas, se  transformará la energía potencial en energía eléctrica, a través de 8 unidades tipo Peltón de 187,5 MW cada una. El vertedero de 160 metros está diseñado para una crecida de 10 años con 9.750 m3 por segundo.  

La inversión realizada en el proyecto es de alrededor de $ 2.000 millones de dólares y se financia con recursos del Estado ecuatoriano y de la empresa Eximbank China. Para la construcción se estableció un contrato IPC con la constructora internacional Sinohydro Corporation de China, encargada de revisar el diseño que proporcionó Ecuador, comprar equipos, turbinas, construir y entregar la central funcionando. La propietaria del proyecto es Coca Codo Sinclair EP, que luego de terminada la construcción podría pasar a constituirse en una empresa de generación hidroeléctrica.

Obreros de nuevo tipo

Luis Olivares, de 48 años, con un diplomado en la ESPOCH en Nutrición en Salud Pública y Ocupacional, es el responsable de la Supervisión de Seguridad Industrial de la obra. Con notorio entusiasmo cuenta que su trabajo consiste en “prevenir accidentes o incidentes”. Felizmente -agrega- no se han producido episodios que lamentar y que una de las acciones preventivas consiste en que la gente utilice la mascarilla de protección respiratoria. Y ese no es el único riesgo que enfrentan los operarios de la obra, en un ambiente cerrado al interior de la fosa de la montaña, donde la contaminación de gases es una amenaza latente. Es bien duro trabajar así 24 horas al día, los 365 días del año – dice Arturo Rosero ingeniero civil que se desempeña como inspector de construcción para fiscalización-, hay ratos buenos y ratos malos, depende de la actitud, en definitiva es bueno el trabajo. Nos sentimos motivados por el conocimiento que se adquiere. Rosero gana un sueldo básico de $1.600 dólares, más las horas extras, y dice que no debe quejarse porque pagan bien y a tiempo. En este proyecto él ha cumplido el sueño de su vida: No lo había pensado, ni siquiera en los sueños, trabajar en una obra de tal magnitud. Es un orgullo.

Si bien los trabajadores del proyecto son los primeros beneficiarios directos, la obra favorece además a 16 mil habitantes, a través de programas de desarrollo integral y sostenible como: construcción y mejoramiento de sistemas de alcantarillado, agua potable y tratamiento de desechos; y apoyo en la infraestructura en varios centros educativos. Un proyecto de desarrollo social concreto está en marcha en la finca La Cristalina, de propiedad de doña Mariana Recalde que recibió capacitación del INIAP para cambiar su producción agropecuaria de ganado vacuno –altamente erosionante-, por cuyes, truchas y tilapias, cerdos y frutales, como naranjilla y tomate de árbol, fomentados con abonos orgánicos. En medio de un paisaje bucólico donde se advierte el orden en cada área productiva, Mariana, mientras da de comer a los conejos, comenta sentirse apoyada en su nueva línea productiva agropecuaria. El asesoramiento que ella recibe es un “estímulo al trabajo cotidiano por parte del Estado”. Mariana participa de un grupo de mujeres emprendedoras de la zona, dispuestas a sostener un proyecto agrícola con asistencia del Estado. La inversión estatal en el cantón asciende a 12 millones de dólares y estimula la agroproducción, el turismo sostenible y provee de servicios básicos como agua potable, urbanización y saneamiento ambiental en el cantón El Chaco. Los resultados, según las autoridades, registran un 93% de la demanda satisfecha en cuanto a obras de beneficio comunitario.

Cambio de la matriz cultural

Coca Codo Sinclair representa un símbolo de la nueva política pública que rige el modelo de gestión en los sectores estrategicos de la economía. Desde este importante componente del Estado se ha propuesto el cambio de la matriz productiva del país -o proceso de industrialización acelerado- impulsada por el Vicepresidente de la República, Jorge Glas, quien también ha hablado de un cambio de la matriz cultural del país. El cambio de la cultura industrial del Ecuador se refleja en las cifras de impacto económico y social que genera el proyecto Coca Codo Sinclair: la central hidroeléctrica permitirá ahorrar 17 millones de barriles de combustible al año y, con ello, el país se ahorrará $ 1.360 millones de dólares. El proyecto, a partir de su inauguración en febrero del 2016, proporcionará una energía media de 8.734 Gwh/año, impulsando la búsqueda de autonomía energética, al permitir el reemplazo de la generación térmica, la reducción de emisiones de CO2 en aproximadamente 4,4 millones de Ton/año y sustituir definitivamente la importación de energía.

lo definió como un proceso de industrialización tardío pero acelerado.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección: http://www.elcomercio.com.ec/video/jorge-glas-explica-matriz-productiva-industrias.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com
lo definió como un proceso de industrialización tardío pero acelerado.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección: http://www.elcomercio.com.ec/video/jorge-glas-explica-matriz-productiva-industrias.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.coimpulsada por el Vicepresidente de la República, Jorge Glas, quien también ha hablado de un cambio de la matriz cultural del país. El cambio de la cultura industrial del Ecuador se refleja en las cifras de impacto económico y social que genera el proyecto Coca Codo Sinclair: la central hidroeléctrica permitirá ahorrar 17 millones de barriles de combustible al año y, con ello, el país se ahorrará $ 1.360 millones de dólares. El proyecto, a partir de su inauguración en febrero del 2016, proporcionará una energía media de 8.734 Gwh/año, impulsando la búsqueda de autonomía energética, al permitir el reemplazo de la generación térmica, la reducción de emisiones de CO2 en aproximadamente 4,4 millones de Ton/año y sustituir definitivamente la importación de energía.
¿Cómo entender la sugerencia del Vicepresidente Glas, de cambiar la matriz cultural del país? Los gestores culturales reflexionan en torno de este novedoso concepto. Raúl Pérez Torres, Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana considera que Coca Coda Sinclair es un proyecto extraordinario que cambiará el rostro de nuestra patria. Pérez, que dice apoyar la gestión de Jorge Glas, recuerda que “la cultura es transversal a todo. Cortázar decía un puente es un hombre cruzando un puente en el sentido de humanizar las obras”. El destacado intelectual ecuatoriano propone “un cambio de matriz creativa. No puede haber una revolución ciudadana si no hay una revolución cultural. La obra no tiene que ver con el hierro, sino con el espíritu”.

La sugestiva aserción vicepresidencial de cambiar la matriz cultural, bien podría ser entendida como la transformación en el modo de producir cultura. Entendiendo que la cultura supone un proceso de producción simbólica. O, en su efecto, entender ese cambio como la revolución cultural que reclama el actual proceso de cambio que vive el país, en cuanto al modo de producir y consumir el conjunto de bienes en la sociedad.

El escritor Omar Ospina señala que se nota una acción del Estado para cambiar rumbos. En ese cambio se inserta la idea de sembrar el petróleo, invirtiendo en obras de gran impacto social. Ahora se invierte en el país y para el país, ahora no se llevan las regalías las transnacionales, concluye Ospina. El intelectual guayaquileño Klever Julian Montece, sostiene que para establecer el cambio cultural tiene que establecerse el cambio productivo. Lo que hemos visto en los últimos tiempos, es la inversión que se está haciendo en educación, salud y vialidad con obras de gran magnitud. Nosotros haremos un efecto multiplicador para dar a conocer al país lo que hemos visto. 

Cae la tarde en El Chaco y concluye uno de los tres turnos diarios de operaciones en la obra en construcción. Obreros y técnicos del proyecto Coca Coda Sinclair retornan a su hogar provisional en el campamento de la obra. Sus rostros muestran el efecto de una ardua jornada de trabajo. Su gesto denota serenidad, pero también ese destello de legítimo orgullo por ser protagonistas de una historia que está cambiando.