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viernes, 22 de enero de 2016

INTERNET Y VOYERISMO

Por Abdón Ubidia 

¿Qué es un voyeur? Un mirón. Alguien que disfruta clandestinamente del placer de mirar. Alguien que roba, en la distancia, las formas triunfales de un cuerpo que ignora tal acecho. El signo del voyeur es la ventana. Y también el ojo de la cerradura que es, por cierto, una ventana pequeñita. Así, el voyeur inmiscuye su mirada sedienta en un espacio luminoso y prohibido. Mira sin ser mirado. Desea sin ser deseado. Su oficio es oscuro por naturaleza. El voyeur reina en la oscuridad. Y en la soledad. Es un solitario contumaz.

La cultura del siglo XX descubrió que todos somos voyeurs. Consumismo y sociedad de masas se dieron la mano para aprovechar ese descubrimiento asombroso. Una sociedad entera hecha de seres masificados pero "solitarios" en esencia; cultores de la luz en todas sus formas (sol, playas, campos deportivos, espacios abiertos, luminarias, rótulos destellantes) pero "oscuros" por dentro; esa sociedad, decimos, empezó a proliferar sus ofertas voyeristas: magazines, posters, anuncios de carreteras, spots televisivos. No importa lo que se venda: la bella muchacha en cueros (o casi) es el anzuelo natural. Uno la desea y de paso desea subliminalmente el auto, el traje, los zapatos, la computadora o una cerveza que la acompañan. Deseo por contagio, deseo por ósmosis. Solo que cada quien desea no solo una carne tersa y juvenil, sino, además, todo lo que no tiene.  De este modo, millones de nuevas ventanas se abrieron al mundo: fotos, vitrinas, la misma pantalla de la televisión, el cine en primer lugar. Ante ellas, el individuo actual mira y remira. No se cansa de mirar. Es, pues, un voyeur en toda la línea.

Si en el siglo XX, el cine y su hermana menor la televisión, fueron los medios voyeristas por excelencia, en el XXI, todo parece indicar que será el Internet. El mundo entero puede ser espiado desde esa ventana. La raíz erótica del voyerismo ha conquistado, por cierto, un gran espacio en ella. Gracias al Internet, el erotismo y la pornografía, están volviendo a ser lo que fueron en sus comienzos, allá en la antigua Grecia: las dos caras de una misma medalla. Todo puede ser "visto" en el Internet. Desde los juegos sexuales más extraños, hasta los candorosos desnudos de las bellas del siglo XIX  o las pésimas fotografías de aficionados que se atreven a mostrar trozos elocuentes de sus novias o esposas.

La caída de las punto com, nos deja, al respecto, una enseñanza. Así como en la economía fue un error de desastre el confiar solo en los negocios virtuales, olvidando el mundo real y concreto de todos nosotros; así también, el voyerismo erótico del Internet puede hacernos descuidar, por momentos, el voyerismo vivo y directo que también forma parte de los juegos amorosos, bellos, exaltantes, insustituibles, de los cuerpos reales y concretos.

Estos son unos pocos de los miles y miles de sitios web dedicados a los voyeristas

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